El Dr. Gonzalo Aróstegui como pediatra

 

 


 

 

Por el carácter que ostento, tan honroso como inmerecido, de Presidente de la Sociedad Cubana de Pediatría he sido designado para consumir un turno en esta Sesión Solemne, con que la Academia de Ciencias Médicas Físicas y Naturales de la Habana, en un plausible y bien secundado acuerdo, reúne en esta noche de luz, que prende en todos los corazones la llamarada del alborozo, la más selecta y distinguida concurrencia, integrada por personalidades de alto relieve, tanto científico como social, representativa de cuanto brilla y significa en nuestra patria en ambos sectores, para rendir justa pleitesía de admiración y respeto, a través de este merecidísimo homenaje, al Dr. Gonzalo Aróstegui y del Castillo, caballero de sólidos prestigios, médico distinguido de vastísima cultura, compañero insustituible de esta Academia, e ilustre miembro fundador de la Sociedad Cubana de Pediatría.

No podría yo, seguramente, dedicado por entero a los complicados problemas de la medicina, pero profano en ese difícil arte de la locución, que permite al pensamiento traducirse en amenas, galanas y brillantes frases, arriesgarme en los empeños de un discurso, abrumado como estoy por la suprema distinción que acabáis de conferirme dándome participación en este homenaje, participación que, si en el orden personal es alto honrosa, trae aparejada responsabilidad enorme que gravita sobre mi pensamiento, a punto tal, que no acierto a llenar mi cometido con la brillantez y hermosura que este acto requiere. Cumpliré, pues, tan grata encomienda, con breves palabras, que sin alcanzar la alta envergadura de las de un discurso de ritual, me permitan decir en forma regocijada y sencilla lo que venga del corazón a los labios rectamente, sin aventurarse por los intrincados vericuetos literarios, donde la sinceridad suele hacer crisis.

El Dr. Gonzalo Aróstegui y del Castillo, nació en la Ciudad de Puerto Príncipe, Camagüey, el 27 de Junio de 1859, siendo sus padres el austero patriarca Martín Aróstegui y la distinguida dama Matilde del Castillo, cuya casa fue mansión de buenaventuranza y respetuoso ejemplo hogareño de aquellos buenos tiempos.

Desde muy niño aún, demostró tan rara vocación por los estudios, que a la temprana edad de nueve años ingresaba en el Instituto de Segunda Enseñanza de su ciudad natal, para cursar el Bachillerato.

Al comenzar la guerra del 68, fue clausurado dicho Instituto, teniendo que ingresar en el Colegio "San Francisco" de los Padres Escolapios, donde, por su constante aplicación y perseverancia en los estudios, llegó a ser el alumno predilecto de los oradores sagrados los Presbíteros Campaña y Terrados. Más tarde terminó el Bachillerato en el Seminario "San Carlos" al que asistió como alumno externo, graduándose finalmente de Bachiller en el Instituto de la Habana.

Desde bastante joven, demostró gran predilección por la política, escribiendo frecuentemente, tanto en los periódicos liberales de Puerto Príncipe como en los de la Habana, donde colaboró con gran eficacia en los Periódicos "El País" y "El Triunfo", en cuyos artículos abogaba por la Reforma Política.

Una vez terminado el Bachillerato, ingresó en la Real Universidad de la Habana, iniciando sus estudios de medicina, que cursó hasta el cuarto año, viéndose precisado a trasladarse, para continuar los mismos, en la Universidad de Madrid, encomendado muy eficazmente su cuidado al Senador por Camagüey Don José Ramón Betancourt, y en esa Universidad española dio término a sus estudios el día 29 de Diciembre del año 1881, a la edad de 22 años.

No satisfecho con los conocimientos adquiridos en dicha Universidad, experimentó ansias de ampliarlos, con ese objeto pasó a París, donde en la vieja Universidad de la Sorbona, cursó dos años de ampliación. Practicó intensamente en el Hospital Dieu y otros centros hospitalarios, en donde él estimó podrían ensanchar sus conocimientos de ampliación. Más tarde, se traslada a New York para conocer los sistemas y métodos empleados en esa gran Ciudad, regresando a Madrid, donde comenzó el ejercicio de su carrera profesional. Tuvo a su cuidado al Senador Don José Ramón Betancourt y al gran patriota General Calixto García que se encontraban en esos momentos en España, así como a Don Calixto Bernal, coincidiendo todo este proceso de su vida, con la Paz del Zanjón.

Cursó un año más de estudios para poder optar por el título de Doctor en medicina, escribiendo para dicho grado de doctor una interesante tesis sobre la Corea, trabajo que mereció los comentarios y elogios de distintos diarios.

De regreso a Cuba, contrajo nupcias con la distinguida señorita Felicia González de Mendoza y Pedroso, constituyendo un hogar santificado por el amor y devoción mutua de ambos cónyuges, de cuyo matrimonio –deshecho en 26 de Abril de 1929 por la inexorable ley, por la inapelable sanción del destino que nos exige el humano tributo a la tierra– le han quedado seis hijos: cinco hembras que, con las virtudes, ternura y devoción heredadas de su inolvidable progenitora, han endulzado la viudez, eternamente llorada de su padre, y un varón, heredero de su talento, fiel continuador de sus ejemplares huellas, su legítimo orgullo y más cara adoración, el hoy prestigio y honra de la Cirugía cubana: Dr. Gonzalo Aróstegui y Mendoza.

Pero volvamos a su polifacética vida pública y profesional. Al inicio de esta última, ejerció la medicina general y la Psiquiatría en particular, rama médica que estudió con interés, por experimentar hacia ella verdadera vocación.

 


Pero es innegable que existen aptitudes latentes, disposiciones ignoradas, que se manifiestan tan pronto como se pierde en asentimiento la vocación que prevalecía. Por eso ha dicho Rodó: "Rara será el alma donde no exista, un germen o potencia, capacidad alguna fuera de la que ella sabe y cultiva, como, raro es el cielo tan nebuloso que jamás la puesta del sol haga vislumbrar en él una estrella, y rara la playa, tan callada, que nunca un rumor suceda en ella al silencio del mar". Esta ley se produjo en el Dr. Aróstegui. Desviado de su inclinación primera, cultivó más tarde la Pediatría con toda intensidad y ferviente esmero, pasando a ocupar un lugar destacado entre los primeros médicos de aquella época en donde ejercían la misma especialidad otros compañeros de bien ganada reputación y nombre; como los Dres. Mestre, Jover, Montalvo, Delfín, Dueñas, Madan, de Matanzas, etc.

No debe sorprender la absoluta dedicación del Dr. Aróstegui a la Pediatría, si advertimos su estudio cuidadoso de esta materia en las Clínicas Pediátricas, cuyos profesores son de nombre conocidos como Bouchult, Jules Simón, Oliver, Hutiner, Cadet de Gassicourt, Paupón, etc.

En el año 1886 fue nombrado médico de la Casa de Beneficencia, cuyo Establecimiento era dirigido por el Dr. Antonio Mestre, fungiendo de médico visitador el Dr. José Ramón Montalvo. A pesar de la solvencia en que naciera el Dr. Aróstegui, –y de la que ha disfrutado durante toda su vida– dedicó 47 años de ésta a su asistencia diaria a la Casa de Beneficencia, prestando allí su valioso concurso y llegando a sustituir al único Facultativo de aquel Establecimiento, el referido Dr. José Ramón Montalvo que, como anteriormente expreso, era el Médico de Visitas de esa Institución.

Al cumplir los 47 años de ininterrumpidos servicios le fué ofrecido un homenaje de gratitud y simpatía en el propio Establecimiento, en cuyo acto se descubrió una tarja, se le hizo entrega de una medalla de oro y de un bello diploma, y mi buen amigo y compañero el Dr. Cándido Hoyos tuvo a su cargo el discurso de ritual, en el que, con palabras llenas de afecto, de simpatía y de admiración, elogió la actuación valiosísima del Dr. Aróstegui. Su contestación a dicho discurso fué, como todas sus locuciones, una verdadera obra literaria, en cuyas palabras palpita todo su amor a la niñez desvalida y a aquella Institución a la que dedicara los mejores años de su vida, y en cuyo párrafo final estampa estas bellas, admiradas y sentidas frases: "Sólo aspiro, en correspondencia a tan señalado honor, seguir visitando hasta el día de mi desaparición, este mi segundo hogar, que si me llena de recuerdos en esta edad de mi vida, no ha borrado todavía las esperanzas de la alborada. No en balde ha dicho Carlos Richet: 'en la juventud, las esperanzas, en el ocaso los recuerdos".

Ocupó distintos puestos de gran importancia, todos relacionados con su dedicación. Así lo vemos formando parte como fundador, de la Junta Superior de Sanidad de la República, en la Habana; nombrado posteriormente por el Dr. Enrique José Varona, durante el período interventor, miembro de la Junta Escolar de la Habana, de la que llegó a ser su Presidente, proponiendo la creación y el nombramiento de Inspectores Escolares, moción que fue desechada en aquella época por la referida Junta.

En el año 1909, pronunció el discurso de apertura del curso escolar, ante la Junta de Educación, con la asistencia del Secretario de Educación Pública y el Alcalde de la Habana en aquel entonces, Dr. Julio de Cárdenas, cuyo lema titulado "Reunámonos, Instruyámonos, Mejorémonos, Tengamos Patria", está basado, como se ve, en el inspirado pensamiento de Don José de la Luz y Caballero, desenvolviendo de una manera Magistral el tema sobre "Historia y Desenvolvimiento de la Instrucción Primaria".

En el año 1919, fue designado Secretario de Instrucción Pública en el Gobierno del General Menocal. Su rápido paso por dicha Secretaría no dejó, empero, de sentir sus influencias, y así vemos como sus vivos deseos de dotar a la República de Institutos de Segunda Enseñanza en cada Provincia, plasmaron en realidad, construyendo el Instituto de Camagüey y Matanzas, esmerándose en el empeño de que el aula magna del Instituto de esta última ciudad, constituyera un recinto apropiado y digno de aquella Institución. Allí tuvieron efecto las Sesiones de la "Sociedad Cubana de Pediatría" en su última Jornada a dicha Capital matancera.

Y esta Ciudad, en gratitud a sus empeños y esfuerzos, por su mejoramiento, lo nombró su "hijo adoptivo", honor que le fuera conferido en un solemne acto oficial organizado al efecto.

Es miembro fundador, como al comienzo de este escrito apunté, de la "Sociedad Cubana de Pediatría", de la que me cabe el honor de ser su actual Presidente, y en el seno de la cual se tomó el unánime acuerdo de adherirse al merecido homenaje de que es objeto el Dr. Aróstegui, por iniciativa de esta Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana.

En cuanto a los trabajos originales del Dr. Aróstegui, en materia de Pediatría, son éstos tan múltiples, que siendo imposible enumerarlos todos, haré sólo mención de algunos, por considerarlos de suma utilidad.

En el año 1890, estudió y lanzó el Reglamento para la Asistencia Médica-Dentista de los niños socorridos por la "Sociedad Protectora de la Isla de Cuba" ponencia que mereció sendos elogios.

En el año 1905, escribió también otro interesante trabajo sobre "El tétano infantil, la tos ferina y septicemia puerperal", ponencia que le fuera encomendada por la Junta Superior de Sanidad.

Numerosas traducciones sobre "Patología del lactante", "el médico de niños" , "la vida mental" , "aspecto de los niños tuberculosos", "los niños débiles", "dispepsia infantil", etc.

El 19 de mayo de 1923, y en la Sesión Solemne celebrada por esta Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana, con motivo del aniversario de su fundación, leyó un trabajo sobre "Asistencia pública y asistencia social de los niños cubanos", tema de gran actualidad en aquellos momentos.

Y ahora, un aparte especial para referirme a la más benefactora –a mi juicio– de todas sus concepciones, inspiradas siempre en el mayor beneficio para la infancia.

La ferviente dedicación del Dr. Gonzalo Aróstegui a esa rama de la ciencia denominada "Puericultura", sus afanes, sus empeños, sus luchas por la difusión y delineamiento de la pauta a seguir en nuestro medio, encaminada a la propulsión de tan interesante como benefactor método en pro de la niñez que tanto él ama, data de época que se pierde en el recuerdo; pero su consagración plena, definitiva, imperecedera, está estampada con caracteres indelebles en el monumento literario que es el trabajo por él presentado y leído en esta Academia, en su Sesión Solemne de 19 de mayo de 1904, que constituye, a mi entender, el más elevado exponente de lo que esta ciencia significa para la niñez cubana, y cuya lectura –en la que se deleita el espíritu por su galanura y amenidad– nos permite aquilatar en su íntegro valor el alcance de esta ciencia, de la cual es infatigable apóstol.

"Puericultura", palabra derivada del latín, quiere decir cultura o cultivo del niño, y el conocimiento de esta ciencia no puede ser de mayor importancia, ya que en la misma se estudia el cuidado del niño sano; lo contrario de la Pediatría, que atiende sólo el cuidado del niño enfermo. ¡Cuán grandes ventajas, pues, proporciona la aplicación de esta ciencia, eminentemente preventiva o profiláctica, que permite a la medicina moderna la protección y cuidado de la vida del niño sano!

El niño simboliza el fundamento de la raza; el cuidado de su salud y de su fortaleza, es tema de palpitante y capital importancia en nuestros días, y el empeño de obtener mujeres y hombres fuertes y saludables, hace que la misión de la Puericultura sea, no sólo enfrentarse con el niño inmediatamente después de su ingreso en la vida, sino extenderse a un problema aún más vasto y trascendental: la salud humana. Por eso, el Profesor Pinard ha definido la Puericultura como 'la ciencia que tiene por objeto el estudio y la investigación de las causas relativas a la conservación y el mejoramiento de la raza humana".

Pero el marco de la Puericultura es tan inmenso, tan hermoso, que no sólo atiende al niño, ya nacido, sino que se preocupa por él también antes del nacimiento, y aún más allá, antes de su concepción, luchando así por conseguir que se cumplan, se garanticen y consoliden las mejores condiciones de su vida y de su salud.

Si los preceptos de la Puericultura se cumplieran, los ciudadanos futuros de la patria estarían garantizados, gracias al cuidado de que han sido objeto antes de ser concebidos, cuando han sido engendrados, en el momento de su nacimiento, inmediatamente luego de nacidos, y por último, en todas y cada una de las etapas de su desarrollo y su desenvolvimiento.

No puede, así, decaer el interés, siempre en cresendo de esta ciencia, puesto que preocupándose ella del perfeccionamiento de la raza, para la consecución de tan elevado fin, inicia su acción en el período pre-concepcional, lo continúa en la vida intrauterina y lo mantiene en la vida post-natal.

Sin carecer ninguno de los tres capítulos señalados, de un extraordinario interés e importancia, me atrevería a mantener el criterio de que los cuidados pre-concepcionales revisten a su capítulo del prestigio de un superlativo interés, de un provecho indiscutible, criterio que queda corroborado, con sólo mantener in mente el objeto primordial del cuidado pre-concepcional, que no es otro que la consecución de que los factores de la procreación: madre y padre, reúnan el grado máximo de garantías de salud, tanto física como moral, a fin de que el futuro de su unión, represente un magnífico ejemplar de las mejores condiciones vitales.

Obtener una buena generación es el ideal de la medicina preventiva; de ahí la nueva ciencia denominada "Eugenesia", lanzada e introducida por Francisco Galton que la define así: "es el estudio de los factores que, bajo la dirección de la sociedad, pueden mejorar o empeorar los caracteres raciales de las generaciones futuras, tanto en el aspecto psíquico como en el físico".

Todo cuanto tratan los anteriores párrafos, pone de relieve la importancia del brillante trabajo presentado por el Dr. Aróstegui en esta Academia el 19 de mayo de 1904, y al cual vengo aludiendo. Desde esa época, repito, ya el Dr. Aróstegui se afana, lucha y marca el camino a recorrer; su preocupación sobre estos problemas lo llenaban de pavor; el panorama desolador que él presenció durante, y vislumbró como secuela de nuestra guerra emancipadora, inspiró su gran trabajo, moviéndolo a señalar en el mismo lo útil, más que útil, indispensable, que él consideraba la aplicación de la Puericultura en Cuba. De ahí este párrafo de su discurso: ... "no es posible considerar este problema fríamente; no es posible olvidar el cuadro de los niños harapientos, sin alimentos y sin abrigo, sin lumbre y sin agua, llevados en perpetua exhibición como modelos de la miseria, de la desnudez, de la maldad y de la guerra; entre gemidos y sollozos imploraban un pan, y más parecían esqueletos envueltos en amarillo y manchado pergamino, o hinchados y transparentes, faltos de vida, exhalaban en la calle el último suspiro. ¡Qué las dulces víctimas de la libertad y de la independencia protejan, con el recuerdo de la inocencia y de su martirio, el porvenir de los niños cubanos". El anterior párrafo termina con estas frases, en que palpita todo el duelo de su corazón –dedicado plenamente a prodigar el bien– impresionado por aquellos cuadros de miseria y desamparo, imborrablemente impresos en su imaginación: ... "en aquellos tristes días, diezmada la Habana por la guerra, la que hoy es ciudad limpia y deliciosa, parecía, según la célebre frase de Fenelón 'un gran hospital desolado y sin provisiones".

En su anhelante afán de que sus pensamientos cristalizaran y los dictados de su gran corazón –a los generosos impulsos del cual había dedicado sus actividades en pro de la niñez, ofreciéndole toda su devoción, su ciencia toda– encontraran el eco; la comprensión que él consideraba auxilio espiritual imprescindible para tan alto postulado, hacía un llamamiento, una exhortación al alma de la mujer cubana, –presta siempre al santo ejercicio de la caridad– dirigiéndole las elocuentes y conmovedoras frases que siguen:

... ¿y quién, señores, mejor que la mujer para realizar la obra maravillosa, moral y socialmente considerada, de mejorar en los niños a los hombres futuros, proponiéndose corregir sus vicios de desarrollo, sus defectos mentales, sus impulsos e instintos primitivos? Todo lo bueno puede esperarse de la mujer en este y en los demás órdenes de la actividad humana, con tal que se despierte en ella el sentimiento de la ternura y de la bondad. La vida de la mujer se compendia en la cuna de sus hijos; cada cuna es un misterio; cada cuna es una esperanza; quien pone en ella toda su vida, su saber, su fe, sus recursos y sus ilusiones es la madre, es la mujer, de quien ha dicho una ilustre escritora, Mme. Bentzon, que 'no es parecida al hombre ni su igual tampoco; sería de parte suya prueba de gran humildad pretender serlo, porque desde el principio del mundo lo fue superior al ser madre.


¿Qué mayor tributo de admiración y de inquebrantable reconocimiento –a fe mía– puede otorgársele a tan acertado como justicieramente homenajeado doctor Aróstegui, que la apreciación de sus propias palabras llenas de galanura, de sentimiento y de hondo afecto hacia la niñez, a cuyo cuidado dedica toda una existencia? Cada una de las frases estampadas en el papel, es una plegaria evocativa, fiel reflejo de sus sentimientos, de sus afanes en pro de la niñez desvalida.

No es solamente médico de niños el Dr. Aróstegui; es el cubano austero, el patriota sin tacha, que percata al niño de hoy como al ciudadano del mañana, procurando por todos los medios a su alcance, prepararlo para que cuando arribe a la edad adulta, sea un ciudadano útil a su patria, sin tara, sin estigmas, modelo de vigor, de mente sana y cuerpo hercúleo, preparado para concebir generación perfecta, capaz de toda obra grande, para más tarde llegar, a través del tiempo, a consolidar una patria venturosa. Esta maravillosa convicción de su espíritu ha sido su divisa durante toda su vida; su mente clara y lúcida lo hace pensar igual que nuestro gran pensador y patriota Dr. Enrique José Varona, que al conocer la pavorosa mortalidad de la niñez cubana escribiera:

...que es pérdida difícilmente reparable en el orden económico y mucho más en los otros órdenes de los intereses sociales; porque el enorme hueco que hasta ahora existe entre nuestros infantes, subsistirá mañana entre los hombres y las mujeres de edad más adecuada para el trabajo fructuoso, para mantener preponderancia de los nativos en las diversas relaciones intelectuales y morales de la existencia social y para el aumento de la población.


El precitado trabajo de Puericultura del Dr. Aróstegui, trata con la extensión requerida de todos los métodos que en aquella época se practicaban. La parte dedicada a la Puericultura intrauterina, responde de manera eficiente a todo lo concordante a esa materia. Pasa luego a tratar, en un capítulo todo lleno de interés y de bellas imágenes literarias, todos los preceptos indispensables para obtener una inmejorable Puericultura intrauterina, y finalmente, en brillantes párrafos nos da a conocer la Puericultura colectiva. Como se desprende, es dable valorar en el contenido de ese discurso, que abarca todos los aspectos de ella, los distintos métodos de Puericultura que debemos aplicar.

¿Qué beneficiosos frutos podemos desprender de estos conocimientos? Pues que es indispensable ejercitar la protección de la infancia, protección que debe comenzarse antes de su nacimiento, llegando si es preciso a la implantación de leyes, como en algunos Estados de Norteamérica, que impiden la unión de seres enfermos, viciosos o tarados, capaces de hacer pesar su desgraciada influencia sobre la futura generación.

Toda circunstancia –aún la más trivial– que nos ocurra coincidiendo con algún acontecimiento trascendental de nuestra vida, queda en nuestros recuerdos tan estrechamente ligados, tan indisolublemente unidos, que jamás podremos evocar uno sin que surja la otra. Eso me ocurre con la fecha en que tuve el honor de conocer al Dr. Aróstegui. Fue en el año 1900 pocos días después de abandonar las aulas universitarias, con mi anhelado y flamante título de doctor en medicina, etapa en que iniciaba el ejercicio de mi profesión con ese brío, con ese optimismo característico de la juventud. ¡Quién me hubiera dicho entonces, que al decursar de los años, habría de caberme la satisfacción de cooperar a este justo homenaje, rememorando tan lejana como grata circunstancia!

Recuerdo que fui llamado por una familia amiga de la mía, para que examinara a una niñita procedente del campo –pueblo de Cabañas– cuyo estado era de gravedad suma; acudí presto al llamamiento, gozoso de la oportunidad que me permitía mi debut profesional, asistiendo a mi primer cliente. Llegué, pues, a la casa, encontrándome ante el enternecedor cuadro de una pobrecita criatura macilenta, descarnada, con su carita, –simiesca por lo arrugada– contraída por una mueca de dolor, los ojos perdidos en las profundidades de sus órbitas, las manitas entre los labios, mamando con ansiedad sus deditos afilados, y dejando escapar de la triste boca plañidera un grito incesante de hambre y de dolor. ¡Clamor inmenso y desgarrador el de estos niños, que parecen implorar clemencia al Todopoderoso y al médico un poco de piedad para sus males!

Esta infeliz niña nace prematura, con un peso de tres libras, siendo sostenida en los brazos de su madre, colocada sobre una almohadita, por su estado de enflaquecimiento, alimentada artificialmente por carecer la mamá de leche para su lactancia. Pronostiqué de suma gravedad su estado e hice partícipe a la familia del fatal desenlace de la niña, si no se le administraba leche de pecho como único tratamiento. La familia, impuesta de mi manera de enjuiciar e interpretar el estado de la enfermita, me propuso verla en consulta con un especialista de niños y designó al doctor Gonzalo Aróstegui. La consulta se acordó para ese mismo día por la tarde, y las horas que me separaban de ella, fueron para mí interminables, plenas de duda, de preocupación inmensa, sufriendo la angustiosa incertidumbre que asalta al médico joven al asistir por primera vez a una Junta médica con un clínico avezado en el diagnóstico y de gran reputación, como lo era el Dr. Aróstegui; miles de conjeturas acudían a mi mente; el temor al fracaso, el propio temor de no haber llenado tal vez algunas indicaciones precisas y que la inexperiencia suele hacernos olvidar; la duda, en fin, ese dardo implacable que hiere y lacera nuestro pensamiento.

Llegó, al cabo, la hora de la Consulta. Fui el primero en llegar a la cita, ansioso de escuchar la opinión de tan distinguido Pediatra; en efecto, al llegar el doctor Aróstegui lo saludé; yo no tenía el honor de conocerlo; pero su aspecto caballeroso, su distinguido porte, su afabilidad exquisita, su corrección impecable y la bondad infinita de su alma reflejada en su noble rostro, me inspiraron súbita confianza, me produjeron aliento, y animado del mejor propósito, le expuse el cuadro clínico de la enfermita con lujo de detalles; él escuchaba atentamente mi narración sin dar señales de impaciencia, sin pronunciar una sola frase durante mi relato, terminado el cual pasó a la habitación de la niña; la examinó cuidadosamente y después nos reunimos nuevamente para oír su opinión. Mi corazón aceleró su ritmo; todo mi ser estaba pendiente de las palabras que iban a pronunciar sus labios; se sentó, y con un lenguaje afectuoso, casi paternal me dijo: "compañero, usted ha estudiado cuidadosamente el caso; yo estoy de acuerdo con usted; lo único que necesita esta niña es un buen pecho y así se lo recomendaré a la familia; no hay otra cosa que hacer, fuera de los cuidados higiénicos y una alimentación natural".

Con caracteres indelebles, Dr. Aróstegui, ha quedado impreso en mi memoria el momento tan feliz que su bondad me proporcionara, haciéndome bendecir una y mil veces la hora en que la suerte me deparó hallar en mi camino un hombre como usted, de espíritu tan superior, de alma tan comprensiva, que supo llegar atinadamente a lo más hondo del corazón de un médico novel, sin herir con aparatosas lecciones doctrinales la susceptibilidad del joven médico que iniciaba su marcha vacilante por el camino árido y escabroso del ejercicio profesional.

Esa estela de virtud, llena de bondad, de afecto insuperable, que usted ha sabido dejar en su camino, son, Dr. Aróstegui, los galardones más preciados que adornan la historia de su vida sincera, pura y límpida cual espejo inmaculado, donde podrán siempre mirarse las generaciones médicas del presente y del porvenir.