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Cuaderno de Historia No. 80, 1995

Presencia cubana en los orígenes de las organizaciones internacionales de salud pública

Por el Dr. Gregorio Delgado García1
  1. Historiador del Ministerio de Salud Pública de Cuba y jefe del Departamento de Historia de la Salud Pública de la Facultad de Salud Pública.
A la memoria de los doctores Jorge Aldereguía Valdés-Brito y Roberto Pereda Chávez, que representaron a Cuba digna y destacadamente ante las organizaciones internacionales de salud en el período revolucionario de nuestra historia.

Introducción

Durante más de un siglo la presencia cubana se ha hecho sentir en todas las organizaciones internacionales ya sean políticas, económicas, jurídicas, culturales, educacionales, de comunicaciones, del trabajo, de la salud pública y otras. En muchas de ellas nos han representado de manera relevante grandes figura de la historia, de la cultura y de las ciencias cubanas.

Así nuestro Héroe Nacional y Apóstol de la Independencia, José Martí, se destacó en la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América en 1881 como delegado del gobierno de la República Oriental del Uruguay, en la que figuró también como Secretario de las Comisiones de Derecho Internacional y de Extradición su antiguo maestro y destacado intelectual y político cubano doctor José Ignacio Rodríguez Hernández y en la I Conferencia Internacional Americana (1889-1890) figuró el discípulo predilecto de José Martí, licenciado Gonzalo de Quesada y Aróstegui como Secretario de la delegación de la República de Argentina, la que presidía el gran amigo de la independencia de Cuba doctor Roque Sáenz Peña.

Cuba formalmente independiente participó por derecho propio en las organizaciones internacionales y el doctor Cosme de la Torriente Peraza, coronel del Ejército Libertador de Cuba, fue vicepresidente de la III (1922) y presidente de la IV Asamblea de la Liga de las Naciones (1923), el más importante cargo internacional desempeñado por un cubano; el doctor Antonio Sánchez de Bustamente Sirvén, una de las más altas figuras del derecho internacional de todos los tiempos, fue por muchos años magistrado y presidió el Tribunal de Justicia Internacional de la Haya y el doctor Orestes Ferrara Marino, historiador eminente y discutido político, fue miembro del Consejo Ejecutivo de la Unesco.

Y en el período revolucionario, el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana doctor Fidel Castro Ruz presidió la VI Cumbre del Movimiento de Países No Alineados en La Habana en 1979 y el Movimiento de Países No Alineados (1979-1983); el doctor Juan Marinello Vidaurreta, eminente escritor de prestigio internacional, fue miembro del Consejo Ejecutivo de la UNESCO y el doctor Ricardo Alarcón de Quesada, actual presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, presidió el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por sólo citar una mínima fracción de los cubanos destacados en las organizaciones internacionales.

En el presente trabajo trataré solamente de la presencia cubana en los orígenes de algunas de las organizaciones internacionales de salud pública, como modesto aporte a este I Encuentro Iberoamericano de Historiadores de la Salud Pública.

Presencia cubana en la V Conferencia Sanitaria Internacional

La V Conferencia Sanitaria Internacional fue el primero de estos importantes eventos que se celebró en el continente americano y el primero también, a que asistieron nuestros países.

A causa de los estragos ocasionados por la extensión de la fiebre amarilla en los Estados Unidos, el Congreso de dicha nación acordó el 14 de mayo de 1880 invitar a los países marítimos cuyos puertos pudieran ser infectados por la enfermedad, a celebrar en su capital la quinta de dichas conferencias durante los meses de enero a marzo de 1881.

Aceptaron la invitación 26 países: 12 de Europa, 3 de Asia, 1 de Africa, 1 de Oceanía y 9 de América. Estos últimos eran: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Estados Unidos de América, Haití, México, Perú y Venezuela, a los que pudieran agregarse Canadá, que envió un delegado especial incluido en la delegación de Gran Bretaña y aunque eran entonces provincias hispanas, Cuba y Puerto Rico estuvieron representadas por un delegado especial dentro de la delegación de España. Fueron ellos los países pioneros de América en la colaboración sanitaria internacional.

Después de la delegación de los Estados Unidos, era la de España la más numerosa de las asistentes a la Conferencia y estaba integrada por tres delegados: el señor Felipe Méndez de Vigo, Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante el Gobierno de los Estados Unidos; el doctor Rafael Cervera, notable médico oftalmólogo, miembro de la Academia de Medicina de Madrid, político de ideas republicanas, seguidor de don Nicolás Salmerón, que había sido diputado a las Cortes Constituyentes republicanas y como delegado especial por las provincias de Cuba y Puerto Rico el doctor Carlos J. Finlay Farrés, reconocido ya como un consagrado conocedor de la fiebre amarilla, miembro de número de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, presidente de la Comisión de Fiebre Amarilla de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana y miembro muy destacado de la Comisión Auxiliar que asesoró en La Habana a la I Comisión Americana para el Estudio de la Fiebre Amarilla en 1879, la cual incluyó como apéndice de sus resultados finales el importante trabajo del investigador cubano titulado Informe sobre la alcalinidad de la atmósfera observada en La Habana y otras localidades de la Isla de Cuba.

La participación del doctor Finlay le dio indiscutiblemente una mayor relevancia histórica a dicha Conferencia. En su primera intervención el 18 de febrero de 1881, después de justificar su involuntario retraso en la incorporación a las actividades, que habían comenzado el 5 de enero anterior, dio a conocer lo que en Cuba se hacía por entonces en el campo de los estudios sobre la fiebre amarilla.

Mencionó las Tablas Obituarias que desde hacía más de quince años publicaba en La Habana, por propia inicativa, el doctor Ambrosio González del Valle Cañizo y la lista de defunciones, con los nombres, edad, nacionalidad y enfermedad a que se atribuía las muerte, que diariamente aparecía desde el año anterior en el periódico habanero La Correspondencia de Cuba; describió los trabajos de la Comisión de Fiebre Amarilla de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, de la que era presidente fundador, en sus cuatro secciones: de Hospitales, presidida por el doctor Antonio Pardiñas Martínez; de Clínica Experimental, por el doctor Joaquín García-Lebredo Lladó; de Estadísticas, por el doctor Vicente Benito Valdés y de Bibliografías, por el doctor Antonio Mestre Domínguez.

A continuación el doctor Cervera leyó un proyecto en el que se proponía la constitución de comisiones científicas, sanitarias y temporarias para el estudio integral de la fiebre amarilla en los distintos países, lo que ya en Cuba se hacía, que comprendiera la etiología, la epidemiología, la profilaxis y el tratamiento de la enfermedad. El doctor Finlay junto al doctor Cervera y los delegados especiales de Portugal, México y Países Bajos, firmó el proyecto.

El delegado especial de Portugal, profesor José Joaquín Silva Amado, leyó a seguida otro proyecto que completaba el del doctor Cervera y que firmó también el doctor Finlay.

Después que usaron la palabra los delegados de Turquía, señor Gregoire Aristarchi Bey y de Estados Unidios, doctor James L. Cabell, quienes optaron por el proyecto del doctor Cervera, hizo uso nuevamente de la palabra el doctor Finlay para explicar su posición y dar a conocer su idea original sobre el modo de trasmisión de la fiebre amarilla. Textualmente dijo lo siguiente:

"Deseo explicar porque he firmado al mismo tiempo el proyecto del Dr. Cervera y del Dr. Amado. Es que considero urgente la adopción por esta Conferencia de resoluciones favorables a la investigación científica de la fiebre amarilla y estimo además que cualquiera de esas medidas que fuese aceptada, constituirá un gran paso hacia el logro de nuestras aspiraciones sanitarias.

Sin entrar en consideraciones técnicas que no serían del caso y simplemente como ejemplo que haga palpable, por decirlo así la necesidad de la investigación solicitada por los Dres. Cervera y Amado, séame permitido recordar a mis colegas presentes este hecho: que las medidas sanitarias generalmente aconsejadas en la actualidad para impedir la propagación de la fiebre amarilla están basadas en un modo de considerar esa enfermedad enteramente en desacuerdo con un número considerable de hechos observados. Tenemos, por una parte, a los contagionistas, y por la otra, a los anticontagionistas, cada cual esforzándose en negar el valor de los hechos por el partido contrario en apoyo de su opinión. Pues, señores, declaro imposible que nadie con ánimo imparcial examine los hechos aducidos, sin llegar a esta conclusión: que un gran número de las pruebas que abonan una y otra de esas opiniones contradictorias deben aceptarse como perfectamente auténticas; conclusión que conduce necesariamente a esta otra consecuencia, que es preciso admitir la intervención de una tercera condición independiente para poder explicar esas dos categorías de hechos.

Mi opinión personal es que tres condiciones son, en efecto, necesarias para que la fiebre amarilla se propague:

Primero. La existencia de un caso de fiebre amarilla, comprendido dentro de ciertos límites de tiempo con respecto al momento actual.

Segundo. La presencia de un sujeto apto para contraer la enfermedad.

Tercero. La presencia de un agente cuya existencia sea completamente independiente de la enfermedad y del enfermo, pero necesaria para trasmitir la enfermedad del individuo atacado de fiebre amarilla al hombre sano.

Esto, me dirán, no pasa de ser una hipótesis; y así lo entiendo; más la creo pausible y tiene, por lo menos, el mérito de explicar cierto número de hechos hasta ahora inexplicables por las teorías actuales. No necesito más, supuesto que mi único objeto es demostrar que si mi hipótesis u otra análoga llegase a realizarse, todas las medidas que hoy se toman para detener la fiebre amarilla resultarían ineficaces; toda vez que se estaría combatiendo las dos primeras condiciones en lugar de atacar la tercera, para destruir el agente de trasmisión o apartarlo de las vías por donde propaga la enfermedad. Ya veis, señores, cuanto nos importa estudiar a fondo esta cuestión si no queremos extraviarnos recomendando, con la mejor intención, sin duda, medidas que no han de alcanzar el fin que nos proponemos".

De esta forma sencilla, breve y clara, daba a conocer el doctor Finlay la formulación teórica de su genial doctrina metaxénica del contagio de enfermedades, que seis meses más tarde daría a conocer completamente, en el caso de la fiebre amarilla, con el nombre del agente transmisor el 14 de agosto de 1881, en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, en su inmortal trabajo El mosquito hipotéticamente considerado como agente de trasmisión de la fiebre amarilla.

Inicio de las Convenciones Sanitarias Internacionales de las Repúblicas de América y Fundación de la Oficina Sanitaria Internacional

Al celebrarse en Ciudad de México, del 22 de octubre de 1901 al 22 de enero de 1902, la II Conferencia Internacional de los Estados Americanos, Cuba no pudo participar en ella pues aún no había arribado a su independencia. El X Comité o de Política Sanitaria Internacional de dicha Conferencia, presentó un informe en enero de 1902, el cual fue aprobado y en el que se recomendaba que la Oficina Internacional de las Repúblicas Americanas convocara una Convención general de representantes de las oficinas de salubridad de las Repúblicas de América para formular acuerdos y disposiciones sanitarias y celebrar periódicamente convenciones de salud. Las convención general debería designar una junta ejecutiva permanente que se denominaría Oficina Sanitaria Internacional y tendría su sede en Washing-ton DC.

Cuatro meses más tarde Cuba arribaba a su independencia formal, aunque limitada por una enmienda extranjera a su constitución, el 20 de mayo de 1902 y al celebrarse del 2 al 5 de diciembre del propio año la I Convención Sanitaria Internacional de las Repúblicas Americanas, en cumplimiento del acuerdo de la II Conferencia Internacional de Estados Americanos, pudo ya enviar una delegación integrada por las dos figuras más destacadas de la medicina cubana de todos los tiempos, los doctores Carlos J. Finlay Barrés y Juan Guiteras Gener. El doctor Finlay ocupaba en aquellos momentos los dos más importantes cargos de la salud pública cubana, Jefe Nacional de Sanidad y Jefe del Departamento de Sanidad Municipal de La Habana, que comprendía además los municipios de Marianao, Guanabacoa y Santiago de Las Vegas y el doctor Guiteras presidente de la Comisión de Enfermedades Infecciosas, director del Hospital de Enfermedades Infecciosas "Las Animas" de La Habana y profesor titular de Patología General y de Patología de las Afecciones Intertropicales de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana.

Fueron por tanto estos dos ilustres científicos cubanos de los fundadores de las Convenciones Sanitarias Internacionales de las Repúblicas de América y años después de las actuales Conferencias Sanitarias Panamericanas. Y si el doctor Finlay en 1881, en la I Conferencia Sanitaria Internacional que se celebró en nuestro continente, dio a conocer su inmortal descubrimiento, que entonces pasó anadvertido, veinte años después en esta verdadera I Conferencia Sanitaria Americana presentaba su trabajo Es el mosquito el único agente de transmisión de la fiebre amarilla, cuando ya el mundo científico aceptaba como verdad comprobada su teoría, aunque también comenzaba la injusta negación de su paternidad.

A la I Convención asistieron diez países: Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua y Paraguay y el mismo día de su inauguración, el 2 de diciembre de 1902, quedaba constituida la Oficina Sanitaria Internacional en Washington DC y se elegía poco después su consejo Directivo integrado por: presidente, doctor Walter Wyman (Estados Unidos); secretario, doctor Juan J. Ulloa (Costa Rica) y vocales los doctores A.H. Doty y Rhett Goode (Estados Unidos), Juan Guiteras (Cuba), Eduardo Licéaga (México) y Eduardo Moore (Chile).

El doctor Guiteras no sólo va a ser uno de los fundadores de la Oficina, sino también de sus dirigentes más importantes durante sus primera dos décadas de existencia. En la II Convención Sanitaria Internacional (Washingotn, 9 al 14 de octubre de 1905) fue de los que discutieron y aprobaron el primer Código Sanitario Panamericano y fue reelecto vocal de la Oficina. En la III (México DF, 2 al 7 de diciembre de 1907) ocupó una de las vicepresidencias de la Convención, la presidencia de la Comisión de Fiebre Amarilla, el cargo de vocal del Comité de tracoma, beri-beri y meningitis cerebro-espinal y reelecto como vocal de la Oficina en ésta y sucesivas convenciones hasta el 20 de mayo de 1921 en que fue nombrado Secretario de Sanidad y Beneficiencia de la República de Cuba, el más alto cargo entonces de la salud pública cubana, con el que coronó su brillante carrera de sanitarista.

fig 8

Otras personalidades médicas cubanas brillaron en las primeras décadas de la Oficina Sanitaria Internacional. El doctor Hugo Roberts Fernández, General de Brigada del Ejército Libertador de Cuba, hombre de confianza en la guerra de independencia del Generalísimo Máximo Gómez y del Lugarteniente General Antonio Maceo, fue la más alta autoridad cubana en sanidad marítima y fundador del Servicio de Cuarentenas de la República de Cuba en 1902. El doctor Hugo Roberts ocupó los cargos de vocal del Comité de tracoma, beri-beri y meningitis cerebro-espinal de la III Convención Sanitaria Internacional, vicepresidente de las IV, V y VI Conferencias, miembro de la Comisión de malaria y fiebre amarilla de las IV y V, electo vocal de la Oficina en la V (1911) y en la VII, ya Conferencia Sanitaria Panamericana, fue de los más activos miembros de la Comisión que estudió y recomendó el Código Sanitario Panamericano de 1924.

El doctor Mario García-Lebredo Arango, después del doctor Guiteras, la más importante personalidad cubana en la Oficina Sanitaria Internacional, director del Hospital de Enfermedades Infecciosas "Las Animas" de La Habana y director de Sanidad de la Secretaría de Sanidad y Beneficiencia, fue vicepresidente y miembro de la Comisión de tuberculosis, fiebre amarilla, malaria, tracoma y anquilostomiasis de la VI Conferencia Sanitaria y presidente de la VII, Director de Honor de la Oficina Sanitaria y su vicedirector efectivo desde 1927 hasta su lamentable muerte en La Habana el 5 de julio de 1931.

El doctor Arístides Agramonte Simoni, eminente tropicalista de prestigio internacional, miembro de la IV Comisión del Ejército de los Estados Unidos para el Estudio de la Fiebre Amarilla, presidente de la Comisión de Enfermedades Infecciosas de Cuba, Secretario de Sanidad y Beneficencia y profesor titular de Bacteriología y Patología Experimental de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, representó a Honduras en la VII Conferencia Sanitaria en la que presidió la Comisión de Enfermedades Endémicas y Epidémicas y formó parte muy activa de la Comisión del Código Sanitario Marítimo Panamericano y en la Oficina fue miembro de las comisiones internacionales informadoras.

El doctor Francisco María Fernández Hernández, Secretario de Sanidad y Beneficencia y profesor de enfermedades de los ojos con su Clínica en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, fue Secretario General de la VII Conferencia Sanitaria y Secretario de la Oficina Sanitaria Panamericana. Otros sanitaristas cubanos ilustres que representaron a Cuba y otros países en las Convenciones Sanitarias lo fueron: Enrique B. Barnet y Roque de Escobar, José A. López del Valle Valdés, Diego Tamayo Figueredo, José Varela Zequeira, José de Cubas Serrate, Domingo F. Ramos Delgado y Fernando Rensoli Machado.

Proyecto de creación de un organismo internacional de salud pública único

Cuatro años después de la XI Conferencia Sanitaria Internacional de 1903, doce países entre ellos dos americanos (Brasil y Estados Unidos) en cumplimiento de un acuerdo de dicha Conferencia, firmaron el 9 de diciembre de 1907 el Acuerdo de Roma para la fundación en París de la Oficina Internacional de Higiene Pública (OIHP), cuya tarea principal sería la distribución a los estados miembros de informaciones de interés general para la salud pública especialmente las relativas a las enfermedades transmisibles, en primer lugar el cólera, la peste y la fiebre amarilla y las medidas adoptadas para combatirlas. Se le encomendó asimismo a la Oficina que sugiriera modificaciones encaminadas a mejorar las convenciones sanitarias internacionales y que publicara un boletín mensual. El idioma oficial de la agrupación y de su boletín sería el francés.

Fruto de más de medio siglo de cooperación en cuestiones sanitarias, principalmente entre los estados de Europa, la nueva Oficina en sus comienzos tuvo la orientación en lo fundamental europea, pero años más tarde, casi sesenta países, no todos soberanos, se adhirieron al Acuerdo de Roma y le confirieron un carácter más genuinamente intercontinental. Cuba no firmó tal acuerdo y por tanto no figuró como miembro de la Oficina Internacional de Higiene Pública.

Terminada la Primera Guerra Mundial fue redactado en París por una comisión nombrada al efecto el Pacto de la Liga de las Naciones, el cual fue unánimente aprobado y aceptado por los representantes de las potencias aliadas, en sesión plenaria de la Conferencia de la Paz, el 28 de abril de 1919. Quedaba así fundada la Liga o Sociedad de las Naciones con sus tres principales organismos: la Asamblea, el Consejo y la Secretaría Permanente.

La inauguración de la Liga tuvo efecto el 16 de enero de 1920 en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia al celebrar el Consejo su primera sesión. La Secretaría Permanente establecida en un principio en Londres, se trasladó más tarde a Ginebra, residencia oficial de la organización y pocos meses después, el 15 de noviembre, comenzó la existencia de la Asamblea.

Cuba firmó el Pacto de la Liga de las Naciones y su delegación a la primera asamblea estuvo presidida por el doctor Arístides Agüero Betancourt, de profundas raíces y brillante actuación patriótica, doctor en Farmacia y en Ciencias Físico-Químicas, ocupó por oposición la cátedra de Química General e Inorgánica de la Universidad de La Habana y diplomático de vasta experiencia asistió como miembro de la delegación de Cuba a todas las asambleas de la Liga hasta la de 1932. También figuró en la primera delegación el doctor Rafael Martínez Ortiz, médico, capitán del Ejército Libertador, diplomático muy experimentado y autor de un libro clásico de nuestra historiografía, Cuba, los primeros años de independencia. París, 1920, dos tomos.

La inclusión en el Pacto de la Liga de las Naciones del Inciso (f) del Artículo XXIII, en virtud del cual los miembros "se esforzarán por adoptar medidas de orden internacional para evitar y combatir las enfermedades" y el Artículo XXIV en el cual se decía que todas las oficinas internacionales establecidas por tratados colectivos quedarán colocadas, contando con el asentamiento de las partes, bajo la autoridad de la Sociedad determinó que se creara como primer paso la Sección de Higiene de la Secretaría de la Liga de las Naciones y que se iniciaran gestiones encaminadas a llevar a formar parte de la Liga a la Oficina Internacional de Higiene Pública en París.

Esto sin embargo, no pudo lograrse a pesar de las múltiples proposiciones de la Liga, primero de integrar un organismo único y después de una efectiva colaboración, a lo que contribuyó de la manera decisiva el no ingreso de Estados Unidos de América en dicho precursor de la Organización de Naciones Unidas y la opinión de su gobierno de "que no podía aceptar que una organización internacional cualquiera de la que fuera miembro se incorporara a la Liga de las Naciones". Debido a esto el Comité Permanente de la Oficina Internacional de Higiene Pública reunido en abril de 1921 rechazó de plano la proposición del secretario general de la Liga de las Naciones en la cual se pedía la creación de un comité técnico, con carácter temporal, que se encargara de iniciar los pasos pertinentes para la creación de un organismo internacional.

Los países de América adoptaron distintas posiciones ante este conflicto. Las veintiuna repúblicas formaban parte de la Oficina Sanitaria Panamericana en 1923, no así Canadá. A la Oficina Internacional de Higiene Pública en París pertenecían ese año: Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay. Y a la Liga de las Naciones y su Sección de Higiene: Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Haití, Honduras, Panamá, Paraguay, El Salvador, Uruguay y Venezuela y no acreditaron en ese año delegaciones: Argentina, Bolivia, Guatemala, Nicaragua y Perú. Pero en 1937 pertenecían 18 países de América y sólo estaban ausentes Brasil, Costa Rica y Panamá, con los Estados Unidos.

En la IV Asamblea General de la Liga de las Naciones (Ginebra, del 3 al 29 de septiembre de 1923), presidida por nuestro ilustre jurisconsulto y patriota, doctor Cosme de la Torriente y Peraza, Cuba realizó ingentes gestiones para que la unión de los organismos internacionales de salud pública se llevara a cabo.

La delegación cubana entre sus consejeros técnicos contó con el doctor Domingo F. Ramos Delgado, alumno eminente con la beca de viaje de la Universidad de La Habana en las carreras de medicina y ciencias naturales, iniciador en Cuba con el profesor Eusebio Hernández Pérez de la eugenesia y puericultura, profesor titular de Patología General de la Universidad de La Habana y destacado delegado de Cuba al II Congreso Internacional de Eugenesia (New York, septiembre de 1921).

En el tema 2, higiene, de la II Comisión (organizaciones técnicas) de la IV Asamblea el doctor Ramos Delgado integró una subcomisión, compuesta además por delegados de Japón, Australia, Imperio Británico, Países Bajos, Francia, Portugal y Venezuela, encargada de la redacción de un proyecto de organización permanente de higiene. Con la reconocida y destacada participación de los delegados de Cuba y Venezuela (de esta última don César Zumeta, gran amigo de José Martí) se redactó el proyecto, el cual fue aprobado por la Asamblea.

En comunicaciones del doctor Ramos Delgado al doctor Arístides Agüero y al gobierno de Cuba, fundamentaba aquél que nuestro país debía aspirar a ocupar un cargo de miembro del futuro Comité Internacional de Higiene y que el candidato pudiera ser seleccionado entre los siguientes ilustres sanitaristas: doctores Juan Guiteras Gener, Arístides Agramonte Simoni, José A. López del Valle, Mario GarcíaLebredo y Federico Grande Rossi.

Nada sin embargo pudo hacer variar la posición intransigente de la institución fundada en 1907 y esta decisión dio por resultado que existieran simultáneamente durante treinta años dos organizaciones internacionales de salud pública independientes entre sí: una en París, la Oficina Internacional de Higiene Pública y otra en Ginebra, la Sección de Higiene de la Liga de las Naciones. Cuba continuó perteneciendo a esta última solamente.

Creación de la Organización Mundial de la Salud e integración a ella de la Organización Panamericana de la Salud como organismo regional

El viejo sueño de una organización internacional de salud pública única se verá al fin hecho realidad a la terminación de la Segunda Guerra Mundial.

Los representantes de 50 naciones reunidos en la Conferencia de San Francisco, California, del 25 de abril al 26 de junio de 1945, redactaron la Carta de las Naciones Unidas. Esta se firmó el 26 de junio de ese año y las Naciones Unidas quedaron constituidas oficialmente el 24 de octubre siguiente, al ser refrendada la carta por las cinco grandes potencias y por una mayoría de los demás firmantes, entre los que se encontraban los delegados de la República de Cuba.

A punto de partida de un memorandum presentado por la delegación de Brasil, en la carta se menciona la salud como una de las esferas de competencia de las Naciones Unidas y posteriormente, las delegaciones de Brasil y China, en declaración conjunta, solicitaron la pronta convocatoria a una conferencia general encargada de establecer una organización sanitaria internacional. La Conferencia de San Francisco, aprobó por unanimidad la declaración conjunta presentada por las dos delegaciones, lo cual fue ratificado por la Primera Asamblea General de las Naciones Unidas (enero de 1946) y comienza a partir de entonces el proceso de integración de la Organización Mundial de la Salud que culminó el 7 de abril de 1948, al entrar en vigor su Constitución y pasar a ser uno de los organismos especializados establecidos en virtud de la Carta de Las Nacions Unidas. Quedaban asumidas por ella todas las funciones de la Oficina Internacional de Higiene Pública y la Organización de Higiene de la Liga de las Naciones. Entre los países fundadores se encontraban las 21 repúblicas de América y Canadá.

El 24 de mayo de 1949 el Director General de la Organización Mundial de la Salud y el Director de la oficina Sanitaria Panamericana, firmaron el acuerdo que reconoció a la Organización Sanitaria Panamericana como entidad independiente y como Oficina Regional de la Organización Mundial de la Salud para las Américas.

La reorganización de la Oficina Sanitaria Panamericana

La XII Conferencia Sanitaria Panamericana (Caracas, del 11 al 24 de enero de 1947) ha pasado a la historia como una de las más importantes llevadas a cabo. En ella se aprobó un plan de reorganización por el cual quedaba establecida la Organización Sanitaria Panamericana (OSPA), con cuatro organismos denominados:
  1. La Conferencia Sanitaria Panamericana.
  2. El Consejo Directivo.
  3. El Comité Ejecutivo.
  4. La Oficina Sanitaria Panamericana.
Esta última como órgano ejecutivo de la Organización Sanitaria Panamericana. Pero esta reorganización no sólo comprendía estos cambios estructurales sino también ampliaba sus horizontes de acción para abarcar los aspectos médicos sanitarios de la prevención, la asistencia y la previsión social.

Sobre estos últimos cambios había luchado tesoneramente para que se incorporaran a la Organización Sanitaria Panamericana, el doctor Víctor Santamarina y Salanueva, destacado pediatra cubano, impulsor de la hidrología y la climatología médicas en nuestro país, y director general de Asistencia Social del Ministerio de Salubridad y Asistencia Social, el cual presentó una moción referente al asunto, que fue tomada en consideración, al Consejo Directivo de la Oficina Sanitaria Panamericana reunida en La Habana en octubre de 1946 y otra moción en la XII Conferencia sanitaria Panamericana que se aprobó e incorporó a la reorganización.

Formaron parte también de la delegación cubana a dicha trascendental Conferencia, entre otros, el doctor Arturo Curbelo Hernández, la más alta personalidad de la microbiología cubana, profesor de bacteriología de la Universidad de La Habana durante casi cuatro décadas, autor de once libros y 260 trabajos científicos y el doctor Pedro Nogueiras Rivero, Director General de Salubridad del Ministerio de Salubridad y Asistencia Social, inolvidable director de la histórica Unidad Sanitaria de Marianao y que para dicha de todos los cubanos arriba este año, entre nosotros, al 60 aniversario de su graduación de doctor en medicina en la Universidad de La Habana.

Son éstas, a grandes rasgos, algunas de las huellas de la presencia cubana en los orígenes de las organizaciones sanitarias internacionales.

Bibliografía consultada

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  4. Actas de la Sexta Conferencia Sanitaria Internaciona de las Repúblicas de América. Publicadas por la Oficina Sanitaria Internacional. Washington D.C. E.U.A. 1921.
  5. Actas de la Séptima Conferencia Sanitaria Panamericana de las Repúblicas de América. Publicadas por la Oficina Sanitaria Panamericana. Washington D.C. E.U.A. 1925.
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