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Cuaderno de Historia No. 80, 1995

OTROS TRABAJOS DE LA OFICINA DEL HISTORIADOR DEL MINISTERIO DE SALUD PUBLICA

Daniel Alcides Carrión y su aporte al conocimiento clínico de la fiebre de la Oroya y verruga peruana1

Por los Dres. Gregorio Delgado García2 y Ana M. Delgado Rodríguez3
  1. Trabajo presentado ante el I Congreso Nacional de Historia de la Ciencia y la Técnica. La Habana, Noviembre 15 de 1994.
  2. Historiador Médico del MINSAP. Jefe del Departamento de Historia de la Salud Pública de la Facultad de Salud Pública.
  3. Doctora en Medicina.

Introducción

Uno de los objetivos fundamentales de la historia de la medicina y quizás el más grato a los que nos dedicamos a ella, es el estudio del enfrentamiento del hombre a las enfermedades, para su conocimiento y dominio, a través de los tiempos.

Entre las enfermedades autóctonas de América que más atractivos ofrece, ninguna como la conocida con los nombres de sus dos grandes formas clínicas, fiebre de la Oroya y verruga peruana, pues ella se originó, se ha mantenido en tierras de nuestro continente y ha dado oportunidad a ser estudiada con originalidad y brillantez tal por los médicos suramericanos, que la entidad y su agente etiológico llevan los nombres de dos de sus ilustres figuras: Daniel Alcides Carrión y Alberto Barton.

El presente breve estudio lo dedicamos a destacar el aporte al conocimiento clínico de la enfermedad llevado a cabo de una manera conmovedoramente dramática por el estudiante de medicina peruano Daniel Alcides Carrión, quien se inmoló para ello voluntariamente a la edad de 28 años, al pedir y ser inoculado con la sangre de un botón verrucoso, para dar al mundo la más completa descripción de su sintomatología, arrancada a los sufrimientos que le provocaba la forma grave de la enfermedad que lo llevó a la muerte.

A las puertas del 110 aniversario de su entrada gloriosa a la inmortalidad de las ciencias, le ofrecemos este modesto homenaje cubano de recordación, de reconocimiento y de eterna admiración en nuestro Primer Congreso Nacional de Historia de la Ciencia y la Técnica.

La Enfermedad de Carrión

Conocida por los incas como sirki, los conquistadores españoles le llamaron verrugas, berrugas o tumores sangrantes y posteriormente en sus estudios, los médicos la denominaron verruga peruana, fiebre de la Oroya, enfermedad de Carrión, fiebre grave de Carrión, anemia grave de Carrión y bartonellosis.

Geográficamente su endemicidad se extiende desde los 2 · de latitud norte hasta los 13 · de latitud sur, distancia aproximada de 1 600 km, en general de menos de 150 km de ancho y circunscrita aún más a una banda estrecha entre 750 y 2 500 metros de altura sobre la vertiente occidental de Los Andes en Perú, Ecuador y Colombia.

La enfermedad de Carrión1,2 es una infección general exclusivamente humana, endémica, no contagiosa, inoculable al hombre, trasmitida por phlebotomus y causada por la Bartonella bacilliformis. Su período de incubación es aproximadamente de tres semanas, aunque puede prolongarse hasta cinco. Los síntomas iniciales son fiebre y dolores en los huesos, articulaciones y músculos. Después del estadío inicial, el paciente desarrolla en algunos días o meses una de las dos variedades típicas y muy diferentes de la enfermedad: la fiebre de la Oroya y la verruga peruana.

La fiebre de la Oroya es una variedad altamente letal, caracterizada clínicamente por fiebre, dolores musculares y óseos difusos y severos y anemia hemolítica con pérdidas globulares diarias de 180 000 y aún de 360 000 y en algunos casos, muy graves, puede alcanzar cifras inferiores a 1 millón de eritrocitos por milímetro cúbico de sangre en cuatro o cinco días. Muchos de los síntomas y signos son producidos por la hemólisis, rápidamente progresiva y a la anemia resultante. Son típicas la hepatoesplenomegalia y la infección secundaria terminal por salmonella.

La verruga peruana es una variedad crónica no letal que se desarrolla ya sea en personas que se han recuperado de la fiebre de la Oroya o bien en casos sin evidencias clínicas previas de bartonellosis. Se caracteriza por la presencia de verrugas angiomatosas localizadas o generalizadas que varían en dimensión y grado de superficialidad. Pueden alcanzar el tamaño de un huevo de gallina y por su histología aparecen con frecuencia de color rojo brillante. Como manifestaciones clínicas generales presentan fiebre, dolores generalizados y malestar, aunque menos frecuente que en la fiebre de la Oroya. La erupción dura de meses a dos años, con promedio de 4 a 6 meses.

La infección da como resultado una respuesta inmunológica de diversos grados de resistencia a la enfermedad e infección posteriores. Se piensa que la fiebre de la Oroya ocurre en el individuo totalmente susceptible, mientras que la verruga peruana, probablemente signifique un estado de inmunidad parcial.

En cuanto al control y al tratamiento de la enfermedad de Carrión, a partir de los años de la década de 1940 el desarrollo de vacunas cesó cuando se hizo evidente que los antibióticos, como el cloranfenicol, penicilina y tetraciclinas, eran curativos y que el vector podía controlarse localmente por medio de DDT.

Historia del conocimiento de la enfermedad de Carrión

La verruga peruana era conocida por los incas, los que tenían palabras para designarla y se le ha encontrado representada en figuras de cerámica (huacos) y los primeros españoles conquistadores y misioneros las padecieron, pero la fiebre de la Oroya no se describió claramente hasta mediados del siglo XIX.3

Los relatos que han dejado los cronistas de Indias de las epidemias de verrugas que sufrieron los conquistadores, principalmente, en el valle ecuatoriano de Coaque, pueden considerarse, según el notable anatomopatólogo peruano profesor Pedro Weiss,4 como verdaderas descripciones clínicas en las que se hacen resaltar los síntomas más característicos de la enfermedad.

En ellas aparecen, la fiebre, los edemas, las hemorragias, los dolores, como síntomas que caracterizan a la infección verrucosa y términos de la época como tullimientos, calenturas o hinchazones, son mencionados por Pedro Cieza de León en La Crónica General del Perú, Amberes, 1554; El Inca Garcilaso de la Vega en Comentarios Reales de los Incas, Lisboa, 1609 y su segunda parte Historia General de los Incas , Córdoba, 1617; Miguel Estete en sus manuscritos transcritos por el Inca Garcilaso de la Vega; Antonio de Herrera en Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar océano, Madrid, 1729-1730; Agustín de Zárate en Historia del descubrimiento y conquista del Perú, Madrid, 1749; Pedro Pizarro, el conquistador y cronista que en su Relación del descubrimiento y conquista de los reinos del Perú, escribió que "las berrugas dan grandes dolores en la noche" y el famoso historiador Guillermo G. Prescott que en su imprescindible Historia de la conquista del Perú con observaciones preliminares sobre la civilización de los Incas, Madrid, 1851, refiere los padecimientos de la enfermedad por las tropas de don Francisco Pizarro en 1531 y por las del pacificador don Pedro de Gasca en 1546.5

En 1870 se produjo un hecho de gran repercusión en la historia de esta enfermedad, cuando las obras del ferrocarril de la Ciudad de Lima a la Ciudad de Oroya alcanzaron la zona montañosa endémica y se produjo una epidemia entre los obreros expatriados en el Valle de la Oroya, que causó cientos de casos y la mortalidad alcanzó el 40 %. Esta epidemia marcó el comienzo de los estudios científicos sobre la enfermedad y por primera vez los médicos de Lima tuvieron en las clínicas y hospitales un gran número de enfermos que les permitió observar muchos aspectos hasta entonces desconocidos de la infección.

Junto a los casos habituales de verruga eruptiva, conocidos desde la conquista, se producían otros, casi siempre fatales, de una fiebre anemizante de extraordinaria gravedad y a la que se dio el nombre de fiebre de la Oroya. Posteriormente se observó la forma eruptiva de la enfermedad en algunos de los sobrevivientes y también en individuos que no habían presentado la fiebre. Las epidemias subsiguientes fueron muy similares y los focos de actividad endémica notables por su estabilidad durante años.

Todo ello hizo evidente a los médicos peruanos, la unidad de las dos formas clínicas en una sola entidad nosológica, pero era necesaria su confirmación para que este concepto unicista fuera aceptado por los médicos de todos los países y es en 1885 que se produce dicha confirmación cuando el estudiante de medicina peruano Daniel Alcides Carrión, que venía dedicado al estudio de la enfermedad para su tesis de grado y había reunido algunas observaciones importantes, pide ser inoculado con sangre de un botón verrucoso para mejor conocer la marcha y la sintomatología de la entidad y como consecuencia, muere producto de un cuadro fatal de fiebre de la Oroya, para demostrar con su sacrificio, que las dos formas clínicas reconocían una misma causa y constituían una sola enfermedad. A este inmortal aporte dedicaremos el acápite esencial del presente ensayo.

Con posterioridad a Carrión el doctor García Rosel se infectó accidentalmente con la sangre de un enfermo grave y desarrolló una forma febril benigna y muchos años más tarde el doctor Maxim H. Kiecynski-Godard, residente en el Perú, se inoculó cultivos del agente etiológico y no adquirió la enfermedad.

En 1909 el también médico peruano Alberto L. Barton observa por primera vez los microorganismos causantes de la enfermedad en el interior de eritrocitos en casos de fiebre de la Oroya y los considera de naturaleza protozoaria. Este mismo investigador demostró que microorganismos paratíficos otros coliformes cultivados en sangre no eran la causa de la enfermedad.

Muy importantes fueron los estudios realizados, cuatro años más tarde, sobre la histología del botón verrucoso y de algunas formas intracelulares del germen por el profesor Emilio de Rocha Lima y después por el profesor David Mackehenie y si a esto agregamos la publicación en 1898 del libro de Enrique Odriozola La maladie de Carrión considerado la mejor fuente escrita de observaciones clínicas, tenemos que aceptar que hasta la segunda década del presente siglo el mayor conocimiento sobre la enfermedad lo aportaron los médicos suramericanos.

En 1913 la Universidad de Harvard, EUA, envió a Perú una comisión presidida por el eminente profesor Richard Pearson Strong e integrada además, entre otros, por los no menos importantes bacteriólogos Tysser y Sellards, la que confirmó y amplió las observaciones de Barton y consideró que los microorganismos descubiertos por éste eran muy similares a los encontrados en especies animales, clasificados hoy como Grahamella talpae, Haemobartonella muris y canis y Eperythrozoon coccoides y en honor del bacteriólogo peruano les llamó Bartonella bacilliformis, nombre que conserva hasta el presente.

Las bartonellas son pequeñas bacterias, gramnegativas, móviles y excesivamente polimorfas que constituyen la única especie dentro del género Bartonella y el único microorganismo de significación médica humana en la actual familia Bartonellaceae.

En 1927 el bacteriólogo doctor Telémaco Battistini logró cultivar y aislar por primera vez las bartonellas e inocular la sangre proveniente de verrugas en monos.

Strong y la Comisión Harvard no encontraron las bartonellas en cortes histopatológicos de las verrugas y esto los llevó a dudar de la teoría unicista de los médicos peruanos. La idea predominante en aquellos años era que la fiebre de la Oroya constituía los períodos iniciales de la verruga peruanas y que si el enfermo sobrevivía a la pirexia inicial muy grave, presentaba más tarde la erupción característica de verruga.

Strong llevó a cabo entonces la siguiente experimentación: un voluntario que se prestó a ello fue inoculado con extractos de verruga y 16 días después presentó lesiones verrucosas típicas sin traza alguna de pirexia preliminar o de la anemia tan característica de la fiebre de la Oroya. Por esta experiencia la Comisión Harvard negó las conclusiones de Carrión y estableció que las dos tan diferentes formas clínicas respondían a etiologías distintas, lo que fue aceptado por los principales centros médicos de la época.

En 1926 Hideyo Noguchi, eminente bacteriólogo e investigador japonés, trabajó en New York con muestras enviadas desde el Perú, aisló microorganismos idénticos de muestras de sangre de personas con fiebre de la Oroya y de verrugas extirpadas de pacientes con la forma eruptiva de la enfermedad. Con microorganismos cultivados de cualquiera de las dos fuentes pudo producir verrugas en monos y reaislar el microorganismo en cultivos puros provenientes de las lesiones de dichos animales. Con esta brillante aplicación de los principios de Koch actualizaba Noguchi el descubrimiento de Carrión. Su trabajo fue confirmado repetidamente por numerosos investigadores y se impuso de nuevo la verdad de Carrión en el mundo de la ciencia.

En busca de la forma de transmisión de la enfermedad los médicos peruanos habían estudiado las llamadas "aguas verrucógenas" que la tradición popular asociaba con el origen de la entidad nosológica. La Facultad de Medicina de Lima nombró a los doctores León y de los Ríos para estudiar si dichas aguas producían la enfermedad y el doctor León se sometió a la prueba experimental de beber el agua y no sólo no presentó síntoma alguno, sino que para asombro de todos contrajo la enfermedad el doctor de los Ríos que no había ingerido dichas aguas.

Pero, no fue hasta 1913, que Townsend, investigador norteamericano al servicio del gobierno peruano, asignó la transmisión de la enfermedad de Carrión a las titiras o moscas de los valles de endemicidad, a las que clasificó como Phlebotomus verrucarum y descartó además como posibles vectores las garrapatas, chinches y otros ectozoos ordinarios humanos.

Los estudios de Townsend recibidos con dudas por los médicos peruanos fueron confirmados en 1929 por Noguchi, Shannon, Tilden y Tyler; en 1931 por Battistini y poco después por M. Herting y A. Herrer. Hoy se acepta que en condiciones naturales la infección se transmite de hombre a hombre por picadura de Phlebotomus verrucarum en Perú y de Phlebotomus colombianum en Colombia, pero no han podido obtenerse experimentos más concluyentes y completos de transmisión debido a la dificultad de colonización de phlebotomus en el laboratorio y a la incompleta expresión de la infección por Bartonella bacilliformis en animales de laboratorio a pesar de la lista de experiencias que incluye: en monos, con triturados de botones verrucosos (Kolle, Seiffer, Jadassohn, Strong, Mackehenie), con cultivos puros (Noguchi, Battistini, Márquez de Cunha) y con sangre parasitada (Battistini); se ha tratado de reproducir la fase hemática en monos normales (Battistini) y en monos esplenectomizados (Mayer y Kikuth) y se ha logrado obtener granulomas locales, con estructura muy semejante a la del botón verrucoso, en perros, conejos, cabras y burros (Mackehenie, Arce y Ribeiro).

En la amplia bibliografía suramericana sobre el tema se destacan el ya citado libro de Enrique Odriozola La maladie de Carrión (1898), fuente riquísima de observaciones clínicas; la obra de Pedro Weiss Hacia una concepción de la verruga peruana (1927), en que se describe la enfermedad en relación con las lesiones anatomopatológicas y los cambios inmunológicos de las diversas fases; la monografía de A. Hurtado, J. Pons y C. Merino La anemia en la enfermedad de Carrión (1938), en la que se define la anemia y se hace un amplio estudio de su patogenia y la obra de conjunto de Raúl Rebagliati Verruga peruana (1940), que con muchas ideas propias, reúne todo lo que se había escrito sobre la entidad hasta la fecha de su publicación.

En la década de los años 1940-1950 con la introducción del DDT como insecticida, se inicia la campaña contra los vectores de la enfermedad con resultados muy satisfactorios, y en la siguiente década de 1950-1960 con el descubrimiento de la acción de la terapia antibiótica contra las enfermedades infecciosas, se aplicó con éxito en la curación de la enfermedad, primero la penicilina en inyecciones y luego la streptimicina, el cloranfenicol y las tetracilinas; en nuestros días la enfermedad de Carrión es una entidad nosológica curable, evitable y circunscrita a su zona histórica de endemicidad.6-10

Aporte de Daniel Alcides Carrión al conocimiento clínico de la fiebre de la Oroya y verruga peruana

Hijo natural del médico y abogado ecuatoriano doctor Baltasar Carrión de Torres y de doña Dolores García, nació Daniel Alcides Carrión García en la ciudad de Cerro de Pasco, provincia de Tarma, departamento de Junín, Perú, el 12 de agosto de 1857,11

Comenzó sus estudios primarios en la escuela municipal de Cerro de Pasco, pero la muerte accidental y trágica de su padre, al escapársele a éste un disparo de su propio revólver al montar en brioso caballo, lo dejó huérfano a la edad de 8 años y lo hizo continuar sus estudios en la ciudad de Tarma al cuidado de un familiar de su madre.

A los 14 años de edad se trasladó a la ciudad de Lima e ingresó en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe, donde cursó de 1873 a 1878 la enseñanza secundaria y media con excelente aprovechamiento.

En posesión del título de bachiller, matriculó en 1878, en la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Marcos, Lima, para cursar los estudios médicos, los que realizará con notable éxito, pero no sin grandes sacrificios económicos y a los que se unirán a partir del siguiente año, las dificultades producidas por la Guerra del Pacífico, entre Chile y Perú, que durará hasta 1883.12

En parte de ella, actuará Carrión en el ejército de su país como practicante de medicina, desempeñándose con abnegación y patriotismo, sobre todo antes y durante la invasión de los chilenos a la ciudad de Lima, donde participó en la batalla de Miraflores, caracterizada por la desesperada resistencia de los peruanos a las fuerzas chilenas y en la cual Carrión tuvo que poner a prueba su experiencia ganada en los hospitales Dos de Mayo, San Bartolomé, la Maison de Santé (Hospital Francés) y en el Lazareto, pues se vio en la necesidad de asistir a centenares de heridos.13

Terminada la guerra, triste y agotado, reanuda sus estudios en la Universidad de San Marcos de Lima, y sus prácticas en el Hospital Dos de Mayo, institución ésta donde va a tener la oportunidad de estudiar a numerosos enfermos, febrisitantes y anémicos, con las clásicas verrugas peruanas en diferentes períodos evolutivos, en su mayoría procedentes del Valle de la Oroya, los que, le reafirman en su interés por esta enfermedad endémica de su país, la cual estudiaba desde casi dos años antes y decide escribir sobre dicha entidad como tema para su trabajo de tesis para optar por el grado de bachiller en medicina.

Con el título de Apuntes sobre la verruga peruana redactó Carrión una minuciosa monografía que comprende los siguientes acápites: sinonimia; definición; etiología; síntomas; primer período; segundo período; invasión; dolores; fiebre; pulso; orina; tercer período; erupción; cuarto período; diagnóstico y tratamiento. Incluye además, como casuística, nueve historias clínicas.

En este estudio Carrión demuestra que conocía en detalles la evolución de la entidad en sus cuatro períodos y establecía como unidad nosológica las dos fases de la enfermedad; la febril, con toda su sintomatología y la eruptiva o de verruga. Valoró certeramente sus complicaciones, especialmente la anemia grave, y llama la atención su opinión concerniente al pronóstico.

Y puesto que admitía en la enfermedad sus dos formas clínicas, de fiebre de la Oroya y de verruga peruana, se dispuso demostrar su hipótesis, que era también la de muchos médicos peruanos, en su propia persona con la autoinoculación de la enfermedad.

Con ese fin, cuenta el doctor Leonardo Villar, jefe de clínica, que en varias ocasiones Carrión trató de que le realizaran la inoculación en su servicio del Hospital "Dos de Mayo", aunque siempre habían podido hacerlo desistir de su empeño, pero, el 27 de agosto de 1885, a las 10 de la mañana, se presentó en la sala Nuestra Señora de las Mercedes, perteneciente al servicio del doctor Villar y trató de hacerse la autoinoculación alegando que "suceda lo que sucediere, no importa, quiero inocularme".14

El doctor Evaristo M. Chávez para evitar que Carrión se hiciera un daño involuntario tomó de manos del estudiante la lanceta y le practicó cuatro inoculaciones, dos en cada brazo, en el sitio común de la vacunación. Dichas inoculaciones se hicieron con la sangre inmediatamente extraída por rasgadura de un tumor verrucoso de color rojo, situado en la región superciliar derecha del paciente Carmen Paredes, ingresado en la cama No.5. Según el doctor Villar este paciente "debía proximamente irse de alta a la calle [ ... ] que era joven de 14 años de edad aproximadamente, de buena constitución, exento de toda diátesis y que su verruga era discreta, de la que sólo tenía dos en estado de atrofia, una en el carrillo externo y otra en la extremidad externa del arco superciliar derecho". Cuando ocurrió la inoculación estaban presentes el doctor Villar y los alumnos de su servicio, interno Julián Arce y externo José Sebastián Rodríguez.14

Desde aquel mismo momento Carrión fue escribiendo una minuciosa historia clínica de su enfermedad. El propio 27 de agosto, después de la inoculación, escribiría, "A los 20 minutos comenzaron a manifestarse algunos síntomas locales, tales como una comezón bastante notable, seguida después de dolores pasajeros que desaparecieron a las 2 horas siguientes. No han habido síntomas de inflamación, todo ha desaparecido sin dejar vestigio alguno."15

Carrión continuó haciendo su vida normal hasta tres semanas más tarde, en que pasado el período de incubación Ścon su experiencia quedaba determinadoŚ, comenzaron a aparecer los primeros síntomas. Sobre ello anotó, "Hasta el 17 de septiembre en la mañana, no he tenido absolutamente nada; en la tarde de ese día he tenido un ligero malestar y dolor de la articulación tibio tarsiana izquierda, que me molestaba la marcha. Durante la noche he dormido perfectamente bien".15

Dos días después, el 19 de septiembre, se manifestaba el período de estado de la enfermedad con todos sus síntomas: calambres fuertes, fiebre con escalofríos, decaimiento, postración, dolores generalizados en la totalidad del cuerpo, que él va describiendo con brevedad y rigor científico, así como las características del pulso, las deposiciones y la orina.

Permanece en su domicilio, la casa de su madrina, sin permitir que nadie lo acompañe de noche. El 22 de septiembre le aparece un tinte ictérico y petequias en la cara, poliuria, hematuria, cefalea intensa, signos y síntomas que van en aumento, con palidez considerable de la piel y la mucosa. La anemia hemolítica hacía su aparición para agravar el cuadro clínico.

El 26 de septiembre su estado de postración es tal que escribe, "A partir de hoy me observarán mis compañeros pues por mi parte confieso me sería muy difícil hacerlo".15 Desde entonces continúan la historia clínica sus fieles condiscípulos: Casimiro Medina, Enrique Mestanza, Julián Arce, Mariano Alcedan, Manuel Montero y Ricardo Miranda.

Desde la cama dicta sus síntomas y sigue el curso de la enfermedad. El 28 escriben sus compañeros, "Admirable es en verdad la marcha tan rápida que en él ha seguido la anemia, que a partir de este día domina por completo el cuadro sintomático".15 Desde la noche del 30, no obstante la protesta del enfermo, lo velan sus amigo. Cuando se siente mejor habla de su familia y comenta, "Sí, lo que tengo es fiebre de la Oroya, aquella fiebre de que murió Orihuela, mejor es no pensar en esto, fumemos un cigarro".15

El 2 de octubre dándose cuenta de su gravedad y valorando certeramente su cuadro clínico le dijo a sus compañeros, "Hasta hoy había creído que me encontraba tan solo en la invasión de la verruga, como consecuencia de mi inoculación, es decir, en aquel período anemizante que precede a la erupción; pero ahora me encuentro firmemente persuadido de que estoy atacado de la fiebre de que murió nuestro amigo Orihuela; he aquí la prueba palpable de que la fiebre de la Oroya y la verruga, reconocen el mismo origen, como una vez le oí decir al doctor Alaco".15 Y a los amigos que trataban de convencerlo de que estaba en un error les recalcó, "Les doy a ustedes las gracias por su deseo y siento decirles no conseguirán convencerme de que la enfermedad que hoy me acosa no sea la fiebre de la Oroya".15

El 4 de octubre, con su aprobación, es trasladado a la Maison de Santé (Hospital Francés) y todavía en su domicilio le dice al señor Isaguirre, alumno del primer año de medicina que está a su lado, "Aún no he muerto, amigo mio, ahora les toca a ustedes terminar la obra ya comenzada, siguiendo el camino que les he trazado".15

Unos momentos después de su ingreso una junta médica formada por los doctores Villar, Romero, Flores y Chávez discutió el estado de su enfermedad y no obstante la opinión de la mayoría en favor de la transfusión sanguínea, para lo cual todo se hallaba preparado , -un transfusor de Oré, que el doctor Villar había llevado y uno de sus compañeros decidido a donar la sangre necesaria- la indicación se pospuso para el próximo día, quedando el enfermo sometido al tratamiento siguiente: inyecciones intravenosas de ácido férrico y 20 centígrados de albuminato de hierro cada 2 horas; se continuaron las inhalaciones de oxígeno y las pulverizaciones de ácido férrico; como líquido , agua gaseosa y como alimentación caldo y polvos de carne.

Estas serían las últimas indicaciones que se le prescribieron a Carrión, pues al día siguiente, 5 de octubre, entraba en coma, interrumpido en algunos momentos por quejidos entremezclados con palabras incomprensibles. Sus compañeros terminarían ese mismo día su historia clínica con estas sentidas y hermosas palabras: "A las 11½ de la noche lanzó su último suspiro breve y profundo, que fue para los que le rodeaban la señal de que este mártir al abandonarnos iba a ocupar en lo infinito el sitio que el Todopoderoso tiene reservado para los que como él ejercen la mayor de las virtudes: la Caridad".15

El doctor Luis A. León connotado tropicalista e historiador médico ecuatoriano, conocedor profundo de la enfermedad de Carrión, ha señalado los siguientes factores que su juicio determinaron la muerte del estudiante peruano:
 

"1.A que el organismo de él debía haber estado débil por los trabajos forzados a que había sido objeto meses antes, con motivo de la invasión de las tropas chilenas a la ciudad de Lima y las correspondientes privaciones alimenticias.

2.A que las cuatro inoculaciones practicadas en sus brazos con sangre extraída de la verruga del paciente Carmen Paredes equivalían a centenares de picaduras, con condicionese normales, por mosquitos flebotomos infectados, lo cual acortó el período de invasión y agravó la virulencia del proceso infeccioso.

3.A que las defensas inmunológicas de Carrión eran escasas o nulas, factor muy importante que se observa en las zonas endémicas de la enfermedad.

4.A que esta enfermedad en los brotes epidémicos ha sido causante de una alta mortalidad, como se registró en la Bahía de Coaque, Manabí, en el Valle de la Oroya y en el Valle del Guáitara en Colombia.

5.A la falta de atención oportuna y a la carencia de entonces de una medicación específica. La administración prolongada e ineficaz de sulfato de quinina, así como también las inyecciones de ácido férrico, debían haber agravado la enfermedad del paciente".16

Un año después de la desaparición física de Carrión sus compañeros, los que continuaron las anotaciones, publicaban en Lima (1886), en un pequeño volumen sus Apuntes sobre la verruga peruana y la historia clínica de su enfermedad llevada por él. Este libro, que constituye hoy un documento clásico de la historia de la medicina mundial, desconocido para la inmensa mayoría de los médicos de América, debería ser, en ediciones actuales, lectura obligatoria de todos los estudiantes de medicina latinoamericanos.

Reconocimiento de su aporte a la medicina

Desde el momento de su muerte Daniel Alcides Carrión fue reconocido como mártir consciente de las ciencias médicas y la prensa de Lima se hizo eco de la trascendencia de su sacrificio en aras del conocimiento de una de las enfermedadees endémicas de más alta mortalidad en su país.

Su sepelio fue una sentida manifestación de dolor popular, pero sobre todo del estudiantado y de los médicos peruanos. En el cementerio levantaron sus voces conmovidas dos profesores notables de la Facultad de Medicina, los doctores Macedo y Almenara y dejó escuchar sus palabras entrecortadas por el llanto el estudiante Manuel I. Galdo.

El nombre de Carrión ha pasado a ser no sólo un símbolo de la nación peruana, sino también de la medicina latinoamericana y de la infectología mundial, citado en todos los grandes libros de texto de microbiología, medicina tropical, medicina interna e historia de la medicina.

En La Habana, en el Museo de Historia de las Ciencias Carlos J. Finlay, un hermoso busto nos recuerda a todos los cubanos este singular mártir, que ofrendó su vida para demostrar la unidad nosológica de la fiebre de la Oroya y la verruga peruana y darnos una descripción clínica acabada de la enfermedad que lleva su nombre.

Referencias bibliográficas

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  4. Weiss P. Verruga Peruana. En: Dermatología y Sifilografía. (por el doctor Vicente Pardo Castelló). 4o Ed. Cultural. SA. La Habana, 1953.
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  6. Manson-Bahr PH. Fiebre de Oroya y Verruga Peruana. En: Enfermedades Tropicales. 7º Ed. Inglesa. Trad. Española. Salvat Editores, SA. Barcelona, 1924. pp. 431-36.
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  9. Smith David T, Connat NF. Bacteriología de Zinsser. 11o Ed. Inglesa. 2o Ed. Española. UTEHA. México, 1960. pp. 597-99.
  10. Frothingham TE. Bartonella. En: Zinsser Microbiología por Wolfgang K. Joklik, Hilda P. Willett y D. Bernard Amos. 17o Ed. Española. 1983. Ed. Revolucionaria. La Habana, 1984 pp.874-878.
  11. Fe de bautismo de Daniel Alcides Carrión. En: Daniel Alcides Carrión. Héroe y Mártir de la Medicina Latinoamericana por Luis A. León. Serie Histórica de la Medicina Latinoamericana. No.1, Quito, 1987. pp. 19-20.
  12. León LA. Daniel Alcides Carrión. Héroe y mártir de la Medicina Latinoamericana. Serie Historia de la Medicina Latinoamericana. No.1 Quito, 1987.
  13. Anónimo: Daniel Carrión. Artículo aparecido en el Diario La Opinión Nacional Quito (sin fecha), Reproducido en Loc. cit. (12). pp.61-4.
  14. Villar L. Informe sobre la muerte de Daniel A. Carrión, Reproducido en Loc. cit. (12). pp.74-8.
  15. Carrión DA. Historia de la enfermedad de Carrión, llevada por él mismo. Reproducida en Loc. cit. (12). pp.28-45.
  16. León A. Loc. cit.(12). pp. 48-49.
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