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Cuaderno de Historia No. 81, 1996

Conferencia Uno

La salud pública en Cuba durante el periodo colonial español

Rasgos principales de la evolución histórica de la colonia (1509-1898). La práctica médica en Cuba durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Los cabildos o ayuntamientos como administradores de la salud pública (1511-1711). Sin pretender impartir un curso completo de Historia de Cuba, es preciso para explicar el desarrollo de la administración de la salud pública en nuestro país destacar, en síntesis muy apretada, los principales rasgos que conformaron los tres períodos históricos que la componen, éstos son: el colonial, el republicano burgués y el revolucionario socialista; a partir de esta base podemos precisar en cada uno de ellos cómo se administró y por quiénes, la salud pública a nuestro pueblo.

En esta primera conferencia explicaremos muy brevemente cómo se llevó a cabo el establecimiento del régimen colonial español en nuestro archipiélago, régimen de corte feudal asentado en la explotación, primero del indígena nativo, a quien llegaron a exterminar casi por completo; después de labradores españoles, canarios y chinos, estos últimos importados engañosamente, y en todo este período de africanos sometidos a la más cruel esclavitud y arrancados de su continente por la fuerza. Seguiremos el desarrollo colonial en los siglos XVI, XVII y XVIII; destacaremos ya a finales de éste último, el surgimiento de la nacionalidad cubana y sus grandes luchas económicas, políticas y militares en el siglo XIX; hasta terminar en la frustración de estos empeños con la primera intervención norteamericana en Cuba.

Pasaremos entonces a estudiar la práctica médica durante los tres primeros siglos del período colonial o sea hasta la restauración en 1711 del Real Tribunal del Protomedicato en La Habana y a destacar el papel que jugaron durante todo este tiempo los cabildos o primeros ayuntamientos en la administración de la salud pública en el archipiélago.

RASGOS PRINCIPALES DE LA EVOLUCION HISTORICA EN LA COLONIA (1509-1898)

Al llegar a nuestras islas los colonizadores españoles en 1509, éstas se encontraban escasamente pobladas por unos cien mil habitantes, cuya forma de organización económico-social correspondía a la comunidad primitiva.

Sin embargo, dentro de ella, se diferenciaban distintos grupos étnicos: los siboneyes, los tainos, los subtainos y los guanahatabeyes, con muy diferente origen, tiempo de llegada a las islas y desarrollo cultural. Así el grupo más antiguo de siboneyes, según descubrimientos arqueológicos recientes, remonta su llegada a Cuba a unos 6 000 años a.n.e. (grupo de Levisa) y se han precisado otros grupos de dicha etnia, al igual que el anterior con técnica de fechados por radio-carbono, cuyas llegadas ocurrieron posteriormente, entre 4000 y 2 000 años a.n.e. (grupo Cayo Redondo). Los tainos, los más avanzados, llegados en el siglo XI d.n.e., se encontraban localizados en las actuales provincias de Ciego de Avila y Camagüey y toda la antigua provincia de Oriente. Los subtainos, menos desarrollados, que arribaron en el siglo VI también d.n.e., estaban asentados en toda la isla y los guanahatabeyes, los más atrasados, habitaban principalmente la región extrema de Pinar del Río.

No le fue difícil a los colonizadores españoles con una estrategia militar superior y con la posesión de armas de fuego, someter a esta población indígena a un régimen de encomiendas tan férreo y abusivo como la peor esclavitud; a pesar de que por ley del monarca no lo era, se repartieron sus tierras y emplearon su fuerza de trabajo en la búsqueda de oro; para ello los mantenían en los ríos de sol a sol, con muy escasa alimentación, en la búsqueda de granos de dicho metal, procedentes de yacimientos subterráneos desconocidos.

Este trabajo agotador, las sublevaciones, los asesinatos y suicidios en masa diezmaron la población nativa y con ello disminuyó la fuerza de trabajo necesaria a los colonizadores, por lo que comenzó la importación desde el propio siglo XVI de cantidades cada vez mayores de africanos arrancados de sus tierras para sumirlos en la más inhumana esclavitud.

La conquista y colonización del resto del continente americano, con posibilidades de explotación muy superiores a las de nuestras islas, mantuvieron a éstas casi despobladas de españoles durante los dos primeros siglos después de la conquista. Los colonos que llegaron a poseer grandes extensiones de tierras, ganado y esclavos, convencidos de la inexistencia de metales, muy apreciados en Europa, comenzaron a incrementar, junto a la ganadería, el cultivo de la caña y el tabaco principalmente, para llegar a establecer un régimen feudal basado en el trabajo esclavo.

El desarrollo comercial de algunos puertos que servían de apoyo a la travesía de los navíos encargados del traslado a la metrópoli del producto de la explotación de las riquezas del continente, dió también a nuestro país un cariz de factoría con el que llegaría hasta el siglo XVIII.

A partir de este siglo, la más avanzada mecanización agrícola de los latifundios estimuló en los grandes hacendados la importación no de mano de obra esclava, sino de una más calificada, que serán los labradores españoles y canarios sin recursos propios y los chinos, estos últimos engañados con contratos que los ataban de por vida a sus contratistas, y que en el futuro darán origen a las clases obrera y campesina en la colonia para determinar un divorcio de intereses entre los terratenientes y los grandes comerciantes de las más importantes ciudades, cuya principal fuente de riquezas lo constituía el inhumano tráfico de esclavos.

La poderosa estructura administrativa de la gobernación colonial, que siempre ha de apoyar a los grandes comerciantes salvo en escasas etapas, nutrirá sus arcas y la de la Corona a expensas de los terratenientes que cada vez sentirán sus intereses más alejados de la metrópoli. Otros factores de no poca importancia, ya nacionales, como el que se desprendieran una serie de ramas de la agricultura en la isla dedicadas a la producción para el mercado mundial; que se iniciara la formación de una cultura nacional y se le diera un gran impulso a la técnica; que el territorio nacional se hiciera común al aumentarse el intercambio comercial entre todas las regiones del país y se aumentaran las comunicaciones; a ello se suman factores internacionales, como la Revolución Industrial que a mediados del siglo XVIII iniciara en Inglaterra la sustitución del trabajo artesanal por la máquina y la producción intensa de maquinarias, la independencia de los Estados Unidos de América en 1783, la Revolución Francesa de 1789, la Revolución Haitiana en 1791 y la independencia de las colonias de España en América entre 1809 y 1812, despertarán en la clase terrateniente una conciencia nacional que le hará llamarse a sí misma cubana y que verá como única salida a su situación la vía de la lucha armada; esta vía la adoptarán sus individuos más decididos y progresistas desde comienzo de la segunda mitad del siglo XIX y que abrazará casi la totalidad de la naciente burguesía agrícola cubana, principalmente en los departamentos central y oriental del país en la guerra indepedentista iniciada en el ingenio azucarero La Demajagua, actual provincia Granma, el 10 de Octubre de 1868, dirigida por el terrateniente cubano Carlos M. de Céspedes.

Esta larga y cruenta guerra a la que acudirán también esclavos africanos, sus hijos nativos del país, criollos descendientes de españoles y canarios y trabajadores chinos, que buscarán en ella romper sus cadenas, terminará diez años después con la ruina de la casi totalidad de los terratenientes cubanos y diezmada la población del país, principalmente por epidemias exacerbadas por la guerra; pero traerá pocos años después la completa abolición de la esclavitud, el nacimiento de la clase obrera cubana, que obligada a emigrar en gran parte, preparará desde el extranjero la última de nuestras guerras contra el colonialismo español y dará a la clase campesina la conciencia de su profundo deber histórico para que aporte el mayor contigente de miembros al futuro Ejército Libertador mambí.

En la etapa entre guerras (1880-1894), llamada de "tregua fecunda", pues en ningún momento se dejó de conspirar o de combatir directamente con las armas, si es cierto que se produce una evidente recuperación económica de la alta burguesía comercial y agrícola; a expensas por una parte de la mayor penetración económica de los Estados Unidos, lo que hace depender cada vez más la colonia de los intereses del naciente imperialismo norteamericano, y por otra parte, a una mayor explotación de la clase campesina y de la incipiente clase obrera nacional.

Todo esto unido a la agudización de la opresión política de la gobernación colonial completará la coincidencia de las condiciones objetivas y subjetivas favorables al independentismo en la situación del país, que permitirá que un líder genial, de origen humilde, formado en los medios intelectuales revolucionarios de La Habana, el abogado, poeta y maestro José Martí, conocedor como nadie en la América de su época de la problemática económica, política y social del continente y que tras un largo exilio revolucionario se pusiera al frente del pueblo cubano e iniciara el 24 de febrero de 1895 la última de nuestras guerras independentistas contra el colonialismo español; la que se verá frustrada finalmente por la muerte en campaña de sus principales líderes y la intervención en la etapa final de ésta por las fuerzas armadas de Estados Unidos, quien desconoció nuestra participación en la contienda, después de servirse de ella para imponernos su dominio militar, político y económico.

LA PRACTICA MEDICA EN CUBA DURANTE LOS SIGLOS XVI, XVII Y XVIII

Sin que exista un estudio especial, apoyado en la arqueología, que nos permita conocer cómo curaban sus enfermos los miembros de cada uno de los grupos étnicos que integraban la comunidad primitiva cubana precolombina, que debieron tener características propias; sí podemos decir por la lectura de los cronistas de indias y los trabajos de algunos historiadores médicos, como el doctor Antonio de Gordon y Acosta, en el siglo pasado y el doctor José A. Martínez Fortún, en el presente, que en términos generales la medicina entre ellos era ejercida por los behíques, o bohiques poderosos personajes que constituyeron según opinión del sabio polígrafo cubano doctor Fernando Ortiz, los sujetos más aborrecidos y calumniados por los misioneros y colonizadores que veían en ellos un impedimento para sus propósitos de esclavizar a sus compatriotas y destruir su patrimonio cultural.

Estos primeros médicos cubanos conocieron y trataron entre otras enfermedades las producidas por vermes intestinales, las diarreas, la constipación, el asma, las dificultades para la emisión de la orina, los dolores que acompañan a las dismenorreas, el acné, las contusiones, las heridas, úlceras o infecciones parasitarias externas como las producidas por niguas y piojos.

Sus principales métodos curativos fueron el hidroterápico, el agua era el tratamiento preciso para ellos en varias enfermedades; el sugestivo, fue este uno de los medios más empleados por los behíques, quienes atribuían en general la enfermedad a castigo divino; y el evacuante, en el que utilizaban numerosas plantas medicinales del país, como la yerba santa, el manzanillo, las guayabas maduras, la piña, el bejuco y otros.

Se preocupaban por la atención a las parturientas; en cirugía realizaban la extracción de los ojos, la castración, reducían fracturas y hacían pequeñas sangrías y como medidas preventivas aislaban a los enfermos contagiosos y enterraban a los muertos.

Con los conquistadores nos llegó muy poco de la medicina española, pues fueron escasos los graduados que ejercieron permanentemente en la isla. Esto trajo como consecuencia que la medicina indígena sobreviviera a su propio pueblo como un verdadero "préstamo cultural" que recibieron los colonizadores, obligados por la necesidad, aún hasta el siglo XVII, como muy importante y ejemplo de ello lo constituye el hecho histórico, documentalmente probado, que el ayuntamiento de Santiago de Cuba le concediera en 1609 a la curandera india Mariana Nava, licencia para practicar la medicina, con lo cual fue ella la primera mujer que ejerció legalmente esta profesión en Cuba.

En pocas palabras diremos que un médico español de la época de la conquista había estudiado en las obras de Hipócrates, Galeno, Rhazes, Avicena y otros, algunas de ellas -como las del primero de estos maestros- escritas antes de nuestra era, a cuyos textos guardaban tal fidelidad como si respondieran al dogmatismo religioso.

Su aprendizaje anatómico era deficiente, pues sólo practicaban contadas disecciones; sus estudios teóricos de medicina y cirugía estaban casi ayunos de su complemento al lado de la cama del enfermo y la poca experiencia que tenían al graduarse, la habían adquirido al lado de algún profesional de prestigio. Casi todos los doctores procedían de la Universidad de Salamanca, donde además se graduaban de licenciados y bachilleres en medicina y se encontraban bajo el influjo de la teoría humoral, según la cual el cuerpo contiene cuatro humores: sangre, linfa, bilis y atrabilis, cuya proporción exacta constituye la salud y cuyas alteraciones o distribución irregular son causas de enfermedades; además de estar impregnadas de la filosofía escolástica, la que consideraba como fuente de toda sabiduría médica las arcaicas obras citadas anteriormente.

Estos graduados sin embargo, no podían ejercer si antes no se examinaban ante el Real Tribunal del Protomedicato, institución encargada de legalizar el ejercicio médico en España y sus colonias. Ante él se graduaban no de doctores, licenciados o bachilleres, que ya lo eran en algunos de estos grados en las universidades, sino de médico-cirujano, que les permitía ejercer la medicina sin limitación alguna; de médicos, que sólo trataban afecciones internas; de cirujanos latinos, que atendían únicamente afecciones externas hasta la llegada de un médico-cirujano, y como los anteriores tenían conocimientos universitarios, aunque no completos y de cirujanos romancistas, que eran los más incultos, pues no habían realizado estudios en facultad médica alguna y sólo ejercían donde no residía ninguno de los anteriores.

También el rey tenía potestad de graduar médicos, cuya gracia por lo general se debía a alguna labor meritoria realizada por el favorecido en el campo de la medicina en tiempos de guerra y se les llamaba por gracia real. De esta forma se graduó de cirujano romancista en 1760 José Francisco Báez y Llerena, el primer mestizo que practicó legalmente la medicina en Cuba.

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII la mayoría de los médicos que ejercieron en la Isla eran cirujanos latinos y romancistas y pocos médicos y médico-cirujanos. La medicina estaba entonces en manos de herbolarios, algebristas, barberos, flebotomianos, dentistas, comadronas y boticarios, que también tenían que examinarse ante el Protomedicato y de muchos intrusos que nada sabían del arte de curar.

Con los africanos traídos como esclavos, nos llegó también junto a otras formas culturales, su arte de curar. El sabio etnólogo don Fernando Ortiz que tan profundamente estudió estas culturas, nos ha alertado a la hora de estudiar su medicina, que se debían separar las características de las correspondientes a cada una de estas étnias, venidas de aquel continente y así se debía decir medicina bantú, semibantú, ararás, yoruba y otras.

Este estudio sin embargo, está por hacerse y mientras tanto podemos decir en general, que la medicina ejercida por el médico afrocubano o brujo era fundamentalmente sugestiva, impregnada de pensamientos mítico-mágicos, pero también se basaba su terapéutica en el conocimiento de las propiedades curativas de la flora cubana, que la supo reconocer como flora tropical muy semejante a la suya.

De menor importancia será el aporte dado por el grupo étnico asiático de labradores chinos, quien no podía encontrar en nuestro medio tropical la flora medicinal que conocía en su país, pero sin embargo, no fueron pocos los medicamentos preparados por sus curanderos, muy utilizados por la población cubana hasta nuestros días, vendidos en sus propias farmacias. Uno de esos curanderos, el célebre "médico chino Chambombiá", alcanzó renombre en La Habana y Cárdenas, en el siglo pasado.

En resumen podemos decir que durante los tres siglos posteriores a la conquista, los comerciantes y terratenientes contaron para su curación con los pocos médicos graduados en universidades y examinados ante la institución del Real Tribunal del Protomedicato; que la masa del pueblo integrada por trabajadores españoles, canarios y chinos y sus descendientes, contaron con cirujanos romancistas, herbolarios, flebotomianos, dentistas, algebristas, barberos, boticarios y comadronas y muy principalmente con el conocimiento que les aportaba la medicina tradicional india enriquecida con la africana. La población esclava sólo contó con sus escasos conocimientos traídos de Africa y el que le dispensaban sus dueños que, en la mayoría de los casos, sin consulta facultativa alguna le administraban los tratamientos contenidos en manuales como El Vademecum de los hacendados cubanos o guía práctica para curar la mayor parte de las enfermedades de Honorato Bernard de Chateausalins.

LOS CABILDOS O AYUNTAMIENTOS COMO ADMINISTRADORES DE LA SALUD PUBLICA  (1511-1711)

Desde el inicio de la conquista (1509) comenzaron las fundaciones de las primeras villas o poblaciones: Baracoa en 1511; Bayamo en 1513; Sancti Spíritus y Trinidad y quizás también Puerto Príncipe (actual Camagüey) y La Habana, estas dos últimas donde hoy se encuentra Nuevitas y en la desembocadura del río Mayabeque, respectivamente, en la primavera de 1514 y Santiago de Cuba a fines de ese año.

A estas primeras siete poblaciones se les otorgó el título honorífico de "villas" en previsión de su futuro desarrollo, a las que siguieron con el tiempo otras.

El gobierno de cada pueblo quedó a cargo de sus propios vecinos quienes debían elegir tres de ellos a fin de que se reunieran cada pocos días y acordaran todo lo que debía hacerse en beneficio del pueblo.

Estos tres vecinos recibían el nombre de regidores o concejales y su reunión se llamaba Concejo, Cabildo o Ayuntamiento. El territorio del Concejo tenía un límite fijado por el gobernador de la isla. Al cabo de un año los vecinos volvían a reunirse, elegían otros tres regidores en sustitución de los primeros y así sucesivamente.

Algunas veces los regidores eran cuatro, cinco o seis porque el rey de España nombraba también algunos, aparte de los elegidos por los vecinos.

En cada pueblo existía otro funcionario o juez llamado alcalde. Cuando algún vecino cometía una falta o delito, el alcalde era el que determinaba qué castigo debía imponérsele y cuando los vecinos tenían pleitos entre sí, el alcalde era quien resolvía la cuestión. Además, este funcionario se reunía con los regidores cuando estos celebraban concejo y presidía, las juntas o cabildos.

Las actas de estas reuniones o actas capitulares de los ayuntamientos constituyen la fuente histórica más valiosa de esta primera etapa colonial de nuestro país.

A falta de otras instituciones puramente médicas, fueron los cabildos o ayuntamientos los encargados de administrar las escasas acciones relacionadas con la salud pública que se llevaron a cabo en Cuba durante los siglos XVI, XVII y primera década del XVIII o sea hasta la fundación por segunda vez, en 1711, del Real Tribunal del Protomedicato en La Habana.

Una cuidadosa revisión de las Ordenanzas para el cabildo y regimiento de la villa de la Habana y las demás villas y lugares de esta isla de Cuba del doctor Alonso de Cáceres, oidor de la Audiencia Real de la ciudad de Santo Domingo y visitador y juez residente de Cuba, redactadas en enero de 1574 y de la recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias referentes a los municipios, vigentes en Cuba en la etapa estudiada, nos ha permitido conocer que las funciones de los cabildos relacionadas con la salud pública no estuvieron reguladas en dicha época por legislación alguna.

No obstante esto, por el estudio de las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana, que se conservan desde el año 1550, es posible determinar cuáles fueron estas funciones y cómo se llevaban a cabo.

La más antigua de ellas la constituye el recibimiento de títulos de todos los graduados de las distintas ramas de la medicina para que pudieran ejercer legalmente sus profesiones u oficios.

Así en 1552, el ayuntamiento de La Habana recibió a Juan Gómez, maestro examinado en el oficio de barbero y cirujano y prohibió bajo multa de dos pesos oro, a todo aquel que realizara curaciones mientras viviera en la ciudad el citado cirujano.

También tenían los ayuntamientos la función de mandar a examinar a aquellos que ejercían sin títulos la medicina; pues por la escasez que había de titulados, tenían que legalizar a todo aquel que reuniera alguna experiencia en la curación de enfermos. Por eso en 1622 se nombró a Gabriel de Salas para que "examine a los barberos y cirujanos y dé cuenta del que pueda o no usar".

Hubo momentos que la necesidad era tal, como ocurrió en Santiago de Cuba en 1609, que el cabildo de la villa nombró sin necesidad de examen, pues no tenían médico que lo hiciera, a la famosa curandera india Mariana Nava como médico de la población, prohibiéndosele que se ausentara del lugar.

Su preocupación en este sentido llevó a los regidores en 1664 a pedir al Gobernador y Capitán General se sirviera escribir al rey de España, para que enviara a la isla a algún médico asegurándole que la ciudad garantizaría su sustento y ganancias.

No fueron pocas sus actividades en relación con los hospitales; éstas abarcaban desde la donación de dinero para su construcción, entrega del hospital a personal de experiencia en la asistencia a los enfermos -como a los hermanos de la Congregación de San Juan de Dios-, atención a los enfermos hospitalizados, hasta ayuda general a la institución.

En cuanto a las farmacias fue una función muy ejecutada la inspección de éstas.

La escasez de productos medicamentosos para el uso general de la población, pero en particular para los enfermos de los hospitales fue siempre muy grande, contándose con muy pocos recursos por lo que en 1690 el cabildo autorizó al Prior del Hospital de San Juan de Dios o de San Felipe y Santiago, para que su Orden cultivara yerbas medicinales en los alrededores del hospital.

La adopción de medidas frente a las epidemias fue también otra de las funciones de los ayuntamientos en estos primeros siglos. En 1598 frente a una epidemia de viruela y sarampión entre los indios de Guanabacoa, el Cabildo habanero acordó que el alcalde ordinario de la ciudad se trasladara a aquel lugar acompañado de un cirujano y del curador de la población, con dinero y medicinas para la atención de los enfermos.

No es extraño encontrar en las Actas Capitulares, muy de acuerdo con la época, junto a disposiciones de acierto que se tomaban por el Cabildo para enfrentar una epidemia como: el aislamiento de los enfermos, la cuarentena, la limpieza y aseo de la ciudad, que se celebraran procesiones y rogativas con el fin de impetrar la gracia de Dios para que concediera salud al pueblo.

Por último era una facultad de los ayuntamientos la de pedir ante la Corona el nombramiento de un protomédico para su ciudad; como ocurrió en 1632, y la de recibir su título, una vez nombrado como lo fue en 1634, con el del licenciado Francisco Muñoz de Rojas.

En resumen podemos decir que a falta de otras instituciones puramente médicas, fueron los Cabildos o Ayuntamientos los encargados de llevar a cabo las acciones de salud pública que se realizaron en Cuba hasta la fundación del Real Tribunal del Protomedicato en La Habana. Las funciones de los primeros Cabildos o Ayuntamientos en lo referente a las medidas de salud pública no estuvieron reguladas por legislación alguna y estas funciones consistieron en: recibimiento de títulos, nombramiento de examinadores médicos, regulación del ejercicio de la medicina, solicitud de médicos al rey, asistencia de todo tipo a hospitales, donaciones para la construcción de hospitales, inspección de farmacias, autorización para el cultivo de plantas medicinales, adopción de medidas frente a epidemias, ayuda económica en médicos y medicinas a enfermos de epidemias, control de barcos sospechosos de traer enfermos contagiosos y solicitud y recibimiento de protomédicos para la ciudad.

BIBLIOGRAFIA RECOMENDADA

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