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Cuaderno de Historia No. 81, 1996

Conferencia Seis

La salud pública en Cuba durante la primera ocupación norteamericana

Primera ocupación norteamericana en Cuba (1899-1902). Su organización de la salud pública. Campañas de saneamiento. Comprobación de la Doctrina Finlaísta: trascendencia sanitaria y política. Terminado el estudio de la administración de salud pública en Cuba en el período colonial, dedicaremos esta conferencia a la breve etapa de la primera ocupación norteamericana (1899-1902); para dar inicio en la próxima al correspondiente a la república burguesa (1902-1958).

Empezaremos con una breve exposición de cómo se llevó a cabo y los rasgos principales de la primera ocupación norteamericana en Cuba; para pasar inmediatamente a la explicación de su organización de la salud pública y de sus grandes campañas sanitarias, en las que participaron de manera determinante los más importantes epidemiólogos cubanos de la época, como los doctores Carlos J. Finlay, Juan Guiteras Gener y Enrique B. Barnet y Roque de Escobar entre otros. Para finalizar explicaremos cómo fue concebida la Doctrina Finlaísta de la transmisión de las enfermedades infecciosas por vectores y cómo se perfeccionó en nuestro medio científico; apoyándose el doctor Finlay para ello en la experiencia y en el conocimiento de las grandes figuras de las ciencias naturales del país. Concluiremos esta exposición resaltando la importancia que reviste en el campo de las ciencias médicas el doctor Finlay, y su trascendencia política.

PRIMERA OCUPACION NORTEAMRICANA EN CUBA (1899-1902). SU ORGANIZACION DE LA SALUD PUBLICA

A principios del cuarto año de la sangrienta guerra sostenida por cubanos y españoles desde el 24 de febrero de 1895, de la que hemos dado una pálida visión en conferencias anteriores, Estados Unidos de Norteamérica envía al acorazado Maine a la bahía de La Habana, en viaje de supuesta visita, haciéndolo estallar el 15 de febrero de 1898, como ha quedado demostrado históricamente, con el deliberado propósito de culpar del hecho al gobierno hispano e intervenir en nuestra contienda independentista.

En abril del propio año, sin previa declaración, inicia el bloqueo naval a la Isla; mientras, el Congreso norteamericano aprueba reunido en sesión conjunta de ambas cámaras, el 18 de ese mes, una resolución, en uno de cuyos párrafos declaraba que Cuba era y de derecho debía ser libre e independiente; y en otro contradecía esta afirmación, para quedar demostrado claramente que no intervenía Estados Unidos en la guerra para entregar el gobierno de la Isla a los mambises, sino para permanecer como dueño del país.

Estas intenciones quedaron aún más de manifiesto cuando pidió ayuda militar al Ejército Libertador para poder desembarcar sus tropas, sin que por otra parte reconociera al Partido Revolucionario Cubano, ni a su Delegación central en New York, ni al Consejo de Gobierno de la República en Armas, presidido por el mayor general Bartolomé Masó Márquez, ni al General en jefe del Ejército Mambí Máximo Gómez Báez. Esta gran intriga anticubana sería favorecida indirectamente por los dirigentes cubanos. Estos no llegaron a ponerse previamente de acuerdo para enfrentar esta nueva situación que se les planteaba en la guerra, y que en manera alguna los podía tomar de sorpresa.

La campaña final del conflicto armado se caracterizó por las brillantes acciones del Ejército Mambí, principalmente en la provincia de Oriente, al mando del mayor general Calixto García Iñiguez, quien no sólo prestó apoyo imprescindible al desembarco norteamericano, sino también en las decisivas batallas del El Caney y San Juan y en la final rendición de Santiago de Cuba.

El jefe de las tropas norteamericanas mayor general William R. Shafter, con humillante gesto para los mambises, no permitió la entrada de las tropas cubanas en la capital oriental; con ello provocó que el general Calixto García le enviara una histórica carta en la que ponía muy en alto la dignidad de los mambises. Poco después renunció a la jefatura del Ejército Libertador en la provincia de Oriente ante el General en Jefe cubano.

Con la rendición de Santiago de Cuba, destruida la flota de guerra española en el puerto de esa ciudad y la Isla completamente bloqueada por la armada de los Estados Unidos, se aceleraron los trámites para discutir la paz.

Sin representación cubana se firmó en Francia, país neutral, el Tratado de París el 10 de diciembre de 1898, por el cual se daba fin a la guerra.

La isla de Puerto Rico en las Antillas Mayores, el Archipiélago de las Filipinas en Asia y la isla de Guam en Oceanía, pasaron a ser colonias norteamericanas. Cuba quedó ocupada militarmente, a merced de un nuevo amo que se nos presentó primero como aliado y terminó como voraz colonialista; que si no nos convirtió oficialmente en su colonia fue por la tenaz oposición de lo mejor del pueblo cubano y por el prestigio alcanzado internacionalmente en nuestras guerras independentistas. Pero quedaron abiertas desde ese momento las puertas del país a la más completa penetración económica e intervencionismo político, que no fueron cerradas definitivamente hasta el triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959.

Al comenzar oficialmente la etapa de la primera ocupación norteamericana en Cuba el 1 de enero de 1899, quedaron anuladas las Juntas Superior, Provinciales y Locales de Sanidad, instituciones básicas de la organización de la salud pública colonial española en la Isla, motivo por el cual los médicos del ejército norteamericano crearon bajo su dirección inmediata, servicios sanitarios en las principales ciudades en que fueron destacados.

En La Habana, al tomar posesión de su cargo el correspondiente jefe de sanidad de la ciudad, en el propio mes de enero de ese año, no encontró en funciones más servicios que los correspondientes al Ayuntamiento, esto es, los de asistencia médica a domicilio a los pobres de solemnidad, los servicios de urgencia (Casas de Socorro), los forenses, el Hospital Municipal de Aldecoa y una pequeña brigada de desinfección formada por cuatro hombres.

Por órdenes precisas del Gobernador Militar de la Isla no sólo se nombraron jefes de sanidad, sino que se crearon Departamentos de Sanidad en La Habana, Santiago de Cuba y algunas otras ciudades importantes en el mismo mes de enero de 1899. Contaron estos departamentos con un servicio de Inspección Sanitaria de Casas, el cual para su mejor funcionamiento dividía estas poblacione en distritos; en el caso de La Habana, se dividió ésta en cien distritos, con el nombramiento para cada uno de ellos de un médico inspector de los residentes en la ciudad.

Además contaban con cuatro Negociados: Ordenes, Estadísticas, Multas y Archivo. En abril de ese año se fundaron los Servicios de Desinfección.

A falta de una legislación sanitaria en el país los acuerdos de los Departamentos de Sanidad se ponían en vigor por el Gobernador Militar o se aprobaban en los Ayuntamientos.

Por circulares de la Secretaría de Guerra de los Estados Unidos quedaron establecidos, el 17 de enero de 1899, el Servicio de Cuarentenas y el 10 de mayo del propio año, las leyes y reglamentos que regían la inmigración en los Estados Unidos.

Los deberes propios de estos departamentos eran la confección de estadísticas de nacimientos, defunciones, matrimonios, enfermedades y epidemias; control sanitario de hospitales, asilos, hoteles, mataderos, escuelas, talleres, casas de vecindad, establos, cementerios y todos los edificios públicos y cuarteles; control de aguas y servicios de alcantarillas y disposiciones de basuras; control de bebidas, de víveres y de otros comestibles, para evitar adulteraciones; vigilancia del ganado de importación y matanzas en general; vigilancia de declaración de enfermedades infecto-contagiosas y la observación, cuarentena, aislamiento y desinfección de los atacados y lugares por estos infectados; atención al servicio de vacuna y en general a los servicios preventivos de carácter médico sanitario.

El 3 de octubre de 1899 se publicó en la Gaceta Ofiical el Reglamento General para la Organización de los Servicios Sanitarios Municipales. Este comprendía las Casas de Socorro, la asistencia médica a domicilio, etc. Sirvió además como cuerpo consultivo en los Ayuntamientos.

Durante esta etapa también quedaron establecidos y en marcha regular la Sanidad Marítima, el Departamento de Inmigración, el Servicio de Vacuna, el Servicio de Muermo y Tuberculosis en el Ganado y el de Higiene Especial.

Esta nueva organización que se creaba era mucho más eficiente que la española, pero adolecía sin embargo, del grave defecto de funcionar sin una dirección central. Cada una de esas ramas de la salud pública actuaban de manera independiente sin la necesaria unidad científica y administrativa. Así por ejemplo, la Sanidad Marítima y el Departamento de Inmigración, eran dependencias de la Secretaría de Hacienda; los Servicios de Vacuna, los de Muermo y Tuberculosis en el Ganado y los de Higiene Especial, caían bajo la jurisdicción cada uno de Comisiones Especiales sin relaciones entre sí.

Por todo lo anterior, el Gobierno Interventor a sólo tres días de su retirada oficial de la Isla, dictó el 17 de mayo de 1902, la Orden No. 159, por la cual se creó la Junta Superior de Sanidad; a ella se le confió la tarea de ejercer la supervisión general de los asuntos relacionados con la salud pública en Cuba y se le encomendaba que adoptara las medidas sanitarias que por su carácter general, tuvieran aplicación en todos los términos municipales del país.

A la Junta Superior se le conferían, además, poderes para exigir el complimiento de las leyes de carácter sanitario que incluían las que regulaban el ejercicio de la medicina, de la cirugía dental, de las agencias funerarias y otras; así como las relativas a las industrias peligrosas, abastecimiento de agua, recogida y disposición de basuras, etc.; facultades para proponer al Poder Ejecutivo, para que éste a su vez lo recomendara al Legislativo, los cambios y adiciones a las leyes sanitarias; poderes para pedir informes y datos, bien de estadísticas o bien de otra índole sanitaria, a las autoridades y directores de hospitales, asilos, escuelas, prisiones y otras.

Se le otorgaban poderes a la Junta para poner en vigor disposiciones que estimase oportunas, bien para combatir las enfermedades transmisibles en los hombres, o en los animales; para aminorar las costumbres dañinas a la salud pública, para destruir las causas que originasen el paludismo y para dictar reglas de cuarentenas interiores.

El Laboratorio Bromatológico Municipal, ampliado con Secciones de Bacteriología y Química Legal, quedaba traspasado a la Junta Superior. Igualmente la Orden No. 159, ponía en manos de la Junta, todo lo relativo con la lepra, el muermo, la tuberculosis y la vacuna e higiene especial, al disponer que esos servicios quedaran bajo su dirección.

Para cada término municipal se creaba una Junta Local de Sanidad del ayuntamiento respectivo, a la que se le confiaba la parte administrativa de los asuntos sanitarios en cada municipalidad. Estas Juntas Locales, además, tendrían dentro de sus términos, la función de supervisión general de los asuntos sanitarios y se le encomendaban en sus localidades, las mismas funciones y se le exigían los propios deberes que a la Junta Superior; pero bajo la dirección y gobierno de esta última.

Las Juntas Locales estarían constituidas por los jefes locales de sanidad municipales. Estos actuarían como presidentes y oficiales ejecutivos de esos organismos; como vocales figurarían los oficiales de cuarentenas y los jefes locales de los Servicios de Higiene Especial.

En las localidades donde no hubiera ni oficiales de cuarentena ni jefes de Servicios de Higiene Especial, el Ayuntamiento quedaba en libertad, previa la aprobación de la Junta Superior, de nombrar los vocales.

Disponía, por último, la Orden No. 159, que los gastos de las Juntas Locales fueran abonados por los respectivos ayuntamientos, con excepción de la de La Habana, cuyos egresos serían pagados por el Estado hasta que el Ayuntamiento de la capital pudiera hacerle frente a esos desembolsos.

Por otra parte al igual que las Juntas de Sanidad coloniales habían desaparecido, también las Juntas General y Municipales de Beneficencia y Caridad dejaron de existir.

A finales de 1899 se dictó una orden militar por el Cuartel General, División de Cuba, la cual disponía que los Jefes de Departamentos de la Isla y otros oficiales militares, girasen visitas de inspección a los hospitales, cárceles, asilos y demás instituciones subvencionadas por el Estado. Estos Departamentos militares eran tres y comprendían cada uno dos provincias: La Habana-Pinar del Río, Matanzas-Santa Clara y Santiago de Cuba-Puerto Príncipe. Dicha orden ponía el ramo de la Beneficencia en manos de los Jefes de Departamentos, los que por regla general nombraban un Superintendente de Beneficiencia y Corrección encargado de dichas funciones.

Para tratar de centralizar estas atribuciones se creó por la Orden Especial No. 23, párrafo III, de 15 de febrero de 1900 un cargo de Superintendente de Beneficencia y Hospitales de la Isla de Cuba, que comenzó a funcionar once días después, como paso previo a la creación de un departamento nacional.

El 18 de abril de ese año llegó a La Habana, a petición del Gobernador Militar de la Isla, un especialista en materia de beneficiencia pública, procedente de la ciudad de New York, con la finalidad de fundar y organizar dicho departamento nacional; el cual fue creado oficialmente por la Orden Civil No. 271 de 7 de julio de 1900 con el nombre de Departamento de Beneficiencia de la Isla de Cuba, que quedó bajo la dependencia de la Secretaría de Estado y Gobernación.

Esta Orden disponía también la creación de una Junta Central de Beneficiencia de la Isla de Cuba compuesta por once miembros, seis de ellos provinciales, o sea uno por cada provincia de la Isla y los otros cinco de libre nombramiento, con la designación en el seno de ella de un Comité Ejecutivo entre sus miembros.

A cargo del Departamento y de su Junta Central quedaban no sólo los hospitales del país, los cuales dependían de los municipios en que estuviesen, los que a su vez nombraban Juntas Administrativas Locales para estas instituciones; sino también estaban bajo su responsabilidad los asilos de niños y ancianos, así como la Escuela de Oficios para Varones de Cuba, la Escuela Industrial de La Habana para Niñas de Cuba, la Escuela Correccional para párvulas de Cuba y la sección encargada de colocar menores en casas de familias. Nombraban además estas instituciones sus Juntas Administrativas dependientes de la Junta Central.

Esta es pues la organización de la salud pública en sus dos grandes ramas, de Sanidad y Beneficiencia, que nos dejó la primera ocupación norteamericana al entregar el poder el 20 de mayo de 1902 al primer presidente de la república burguesa mediatizada, Lic. Tomás Estrada Palma, electo en comicios electorales extraordinariamente fraudulentos.

CAMPAÑAS DE SANEAMIENTO

Las condiciones antihigiénicas en que había quedado la totalidad de las poblaciones de la Isla al término de la guerra, determinaron que el primer servicio sanitario que comenzó a funcionar en esta etapa de la salud pública que estudiamos fuera el de inspección sanitaria de las casas en cada ciudad y pueblo.

En las ciudades, como ya expusimos con anterioridad, para facilitar este trabajo se dividieron las mismas en distritos; a La Habana correspondieron cien de ellos y se nombró para cada uno un médico inspector.

Esta labor de higienización pública comenzó a dar sus frutos inmediatamente en cuanto al aspecto de las poblaciones; complementada por bandos municipales y órdenes del Gobernador Militar encaminados a organizar y llevar a cabo la recogida de basuras y de animales muertos, exigir mayor cumplimiento en el informe de enfermedades transmisibles de declaración obligatoria, entre las que se incluyeron buen número que no estaban anteriormente, y a tomar las medidas de desinfección y aislamiento adecuadas en cada caso.

Por la orden Civil No.15 de 7 de agosto de 1899 fue creada la comisión de Fiebre Amarilla, encargada del estudio y consideración, hasta formar un diagnóstico definitivo de todos los casos que fueren comunicados a las oficinas municipales de sanidad como sospechosos o confirmados de fiebre amarilla. Esta Comisión fue presidida desde su fundación por el doctor Carlos J. Finlay y como secretario actuó durante casi toda su existencia, con este nombre, el doctor Jorge Le Roy y Cassá, distinguido médico, profesor y académico cubano; como vocales fueron nombrados los doctores Diego Tamayo y Figueredo, notable clínico y bacteriólogo cubano, discípulo de Louis Pasteur, y los norteamericanos doctores Henry R. Carter, Jefe de Sanidad Marítima; William C. Gorgas, Jefe de Sanidad del Ejército Norteamericano en Cuba y John G. Davis, Jefe de Sanidad de La Habana.

El papel jugado por esta Comisión fue determinante en el diagnóstico de los casos de fiebre amarilla utilizados y provocados con sus inoculaciones por la Comisión del Ejército Norteamericano para el Estudio de la Fiebre Amarilla en la comprobación de la Doctrina Finlaísta. Al ser confirmada ésta, la aplicación de sus principios epidemiológicos bajo la dirección del doctor William C. Gorgas, asesorado por la Comisión presidida por el doctor Finlay, permitió que de 310 defunciones reportadas en 1900, cuando no se había comenzado la campaña, se descendiera a 18 en 1901, el primer año de ésta y fuera erradicada a partir de 1902.

También se tomaron enérgicas medidas contra el muermo y la tuberculosis en el ganado, la fiebre tifoidea, fiebre de borras, fiebre puerperal, paludismo, escarlatina, lepra y cólera y como parte de un plan de luchas antituberculosa humana se fundó el Dispensario Furbuch y se inició la obra del Sanatorio "La Esperanza". En todas estas labores tomaron parte destacados médicos cubanos entre los que no debemos omitir a los doctores Juan Guiteras Gener, epidemiólogo y clínico de renombre internacional; Enrique B. Barnet Roque de Escobar; Mario García Lebredo; José A. López del Valle; Antonio Díaz Albertini (hijo); Emilio Martínez Martínez; Hugo Roberts Fernández y otros.

Una de las más importantes medidas dictadas en esta etapa fue la contenida en la Orden Militar No.165 de 24 de junio de 1901 que disponía y reglamentaba la vacunación antivariólica obligatoria en Cuba y fijaba los deberes de las autoridades para que cooperasen cada una en la medida de sus fuerzas, a la práctica de la vacunación. La brillante labor realizada en este campo se debió a la Comisión de Vacuna, formada en aquella época por el médico norteamericano doctor Havard y los doctores cubanos Dámaso Lainé, Juan Guiteras, Vicente la Guardia y Luis M. Cowley.

Pero la indiscutible página de gloria de la administración de la salud pública en esta etapa la constituyó la erradicación de la fiebre amarilla con la campaña de exterminio del mosquito Aedes aegypti.

La mortalidad por esta enfermedad que fue llevada a cero durante los años 1902 a 1904, reapareció en 1905 con veintidos defunciones, pero esta vez la salud pública cubana bajo la dirección del doctor Finlay, como veremos en la próxima conferencia, la erradicaría definitivamente del país a partir de 1908.

COMPROBACION DE LA DOCTRINA FINLAISTA: TRASCENDENCIA SANITARIA Y POLITICA

El descubrimiento realizado por el doctor Carlos J.Finlay, en Cuba, de la teoría metaxénica de la transmisión de enfermedades infecciosas constituye sin lugar a dudas el aporte más sobresaliente llevado a cabo por un cubano, no sólo en la medicina, sino en las ciencias en general, con categoría universal. Por ello resulta muy importante que nos detengamos a explicar cómo se concibió y desarrolló esta idea genial, cómo fue comprobada experimentalmente por su autor y cómo se trató innoblemente de arrebatársele la gloria del descubrimiento adjundicándosela a quienes por su talento y preparación científica eran incapaces de poder concebir su teoría, para tratar con los beneficiosos resultados obtenidos de encubrir apetencias expansionistas y colonialistas del entonces naciente imperialismo norteamericano.
Figura 7
Figura 7.
Desde su regreso a Cuba, en 1855, después de graduarse de médico en los Estados Unidos, el doctor Finlay fijó su mayor atención científica en el estudio de la fiebre amarilla, por constituir el principal problema epidemiológico de nuestro país en aquella época.

Imbuido en las ideas climatológico-miasmáticas, muy en boga por aquel tiempo, en la transmisión de las enfermedades infecciosas, y para profundizar más en ellas, se dedicó al estudio del clima de Cuba; para lo cual aumentó sus conocimientos en análisis químico con el famoso precursor de esas ciencias en nuestro país, el profesor español José Luis Casaseca y Silván. También se inició en el estudio de la meteorología con el sacerdote jesuita español y eminente meteorólogo Benito Viñes, del Colegio de Belén en La Habana. Veinte años estuvo en estos estudios que si bien le ganaron prestigio científico, lo convencieron de que por esa vía no estaba la solución del problema.

En 1879 fue nombrado por el gobierno español, en base al prestigio que ya tenía ganado como profundo conocedor de la enfermedad, asesor de la primera Comisión Americana para el Estudio de la Fiebre Amarilla que ese año nos visitó; con ella tuvo la oportunidad de estudiar la entidad integralmente desde todos los puntos de vista: clínico, bacteriológico, anatomopatológico y epidemiológico.

Una de las conclusiones a las que llegó dicha Comisión, emitida en su informe final, dice que: "en el aire debía encontrarse un agente capaz de trasmitir la enfermedad", esto le hizo pensar a Finlay largamente en esta posibilidad, hasta llegar al planteamiento teórico de que éste podía ser un mosquito, suposición basada en la observación de la relación del aumento de esos insectos con la aparición de brotes de la enfermedad en un lugar determinado; por lo que se dedicó al estudio profundo de los insectos cubanos junto al sabio naturalista Felipe Poey Aloy valorando pacientemente los hábitos de vida de unas seiscientas variedades de mosquitos, hasta concluir que sólo la hembra del hoy denominado Aedes aegypti, era capaz de explicar toda la historia natural de la fiebre amarilla.

En estas elucubraciones estaba cuando cayó en sus manos el famoso libro Botánica del sabio botánico francés Van Tieghem en el que lee la descripción del ciclo evolutivo del hongo Puccinia graminia, parásito y destructor del trigo, el que necesita para completar su ciclo de vida una planta intermedia, el agracejo (Berberis vulgaris), sin la cual no puede producir la enfermedad del moho en dicho cereal; por lo que recomendaba Van Tieghem, como aplicación práctica de su descubrimiento, mantener los campos de trigo libres de agracejo.

Al pensar Finlay que esto exactamente era lo que podía ocurrir con el mosquito en la transmisión de la fiebre amarilla, comenzó sus primeras inoculaciones experimentales en humanos, en sacerdotes jesuítas recién llegados a Cuba, en los cuales logró provocar formas clínicas leves de la enfermedad.

Designado en esos momentos por el gobierno colonial español, miembro de la delegación que representaría a Cuba y Puerto Rico en la Conferencia Internacional de Washington, el 8 de febrero de 1881 da a conocer en ese evento científico la formulación teórica de su entonces hipótesis; y deja para seis meses después cuando ya había reunido un grupo de cinco inoculaciones experimentales perfectamente estudiadas y protocolizadas, la exposición completa de su teoría, conocida hoy universalmente como Doctrina Finlaísta, en su inmortal trabajo El mosquito hipotéticamente considerado como agente de trasmisión de la fiebre amarilla. Leído ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana el 14 de agosto de 1881.

Ni la administración de salud pública ni el gobierno colonial español mostraron interés alguno en aplicar las medidas recomendadas por Finlay como conclusión práctica de su descubrimiento. Aunque si se le facilitaron voluntarios del ejército para sus inoculaciones experimentales.

Finlay a partir de ese año continúa sus investigaciones, pero agregándoles una nueva línea en busca del agente causal de la enfermedad a través de estudios bacteriológicos, los que inicia en 1886 con la única colaboración del doctor Claudio Delgado y Amestoy. Años más tarde llega a la conclusión después de presentar interesantes trabajos en la Real Academia y en la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, depurados al calor de atinadas observaciones principalmente del doctor Diego Tamayo, de que era imposible con la tecnología de su época aislar el germen causal, del que ya sospechaba no era una bacteria.

Con más de 40 años de experiencia en el estudio de la enfermedad, con una teoría que explicaba toda su historia natural, comprobada ésta con más de un centenar de inoculaciones experimentales y cerca de cien publicaciones sobre la entidad en revistas científicas nacionales y extranjeras y un prestigio que rebasaba los límites del país para llegar a los especialistas más acreditados de Francia, arriba Finlay al momento en que inicia en Cuba sus trabajos la Cuarta Comisión del Ejército Norteamericano para el Estudio de la Fiebre Amarilla, nombrada por el Cirujano General del Ejército de los Estados Unidos, por Orden Especial No. 122 de 24 de marzo de 1900, con la intención de aclarar lo que había de verdad en los estudios del bacteriólogo italiano Giuseppe Sanarelli.

Después de fracasar en la búsqueda del bacilo de Sanarelli como agente causal de la enfermedad y de llegar a la conclusión definitiva de que era falso su supuesto descubrimiento, deciden visitar al sabio cubano, para estudiar como última posibilidad de su gestión, la teoría mantenida y demostrada por éste desde 1881.

En agosto de 1900 Finlay, en su casa, hace entrega a los miembros de la Comisión no sólo de todos sus trabajos publicados sino también de huevos y mosquitos con los que debían iniciar las inoculaciones e instrucciones precisas de cómo hacerlo.

Esta Comisión estaba integrada por dos bacteriólogos, los doctores Walter Reed, presidente y James Carroll; un entomólogo, el doctor Jesse W. Lazear y un patólogo, el doctor Arístides Agramonte, cubano, después figura notable de nuestra medicina. Estos investigadores no tenían experiencia anterior alguna sobre la enfermedad y la desconocían clínicamente, por lo que fueron asesorados, en los diagnósticos de los casos estudiados, por la Comisión de Fiebre Amarilla nombrada en La Habana por el gobierno interventor y presidida como ya se ha dicho, por el propio doctor Finlay.

No se necesitó mucho tiempo para comprobar lo que ya estaba más que demostrado por el cubano. La aplicación de las medidas epidemiológicas recomendadas por él llevaron hacia el más rotundo éxito la erradicación de la fiebre amarilla en el país y más tarde, de la forma urbana de la entidad en el resto del trópico.

Cuando parecía que el sabio cubano sería unánimemente exaltado al lugar cimero de la medicina mundial que le correspondía, un hecho sin paralelo en la historia de las ciencias vino a negárselo. Al adjudicársele, innoblemente, el descubrimiento al presidente de la Comisión que lo estudiara; quien ni siquiera se encontraba en Cuba cuando su compañeros, perplejos, comprobaban en sus propias personas (accidentalmente infectados uno murió y otro salvó la vida después de padecer una forma grave de la enfermedad) y en varias inoculaciones experimentales, que la enfermedad se trasmitía por la picadura de la hembra del mosquito Aedes aegypti.

Con este fraude científico pensaba el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica convencer al mundo de las ventajas que a los países ocupados por sus ejércitos, les reportaban los beneficios de su desarrollo en el campo de la medicina, por lo cual intentaba que este descubrimiento inmortal de extraordinaria trascendencia sanitaria para toda la humanidad, jugara un papel político negativo en el desarrollo histórico social de los pueblos subdesarrollados.

Sin embargo, el sentimiento nacional herido por esta negación al aporte de nuestra ciencia, convertiría la defensa de la gloria de Finlay en una toma de conciencia de la necesidad de defender al país contra su verdadero enemigo, el imperialismo norteamericano y sus aliados de clase, que todavía hoy tiene vigencia.

BIBLIOGRAFIA RECOMENDADA

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