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Cuaderno de Historia No. 82, 1997

La polémica histórica otra vez... Vasconcelos contra Zertucha...1

por
Gregorio Delgado Fernández
"Mientras quede una injusticia que reparar,
la Revolución no ha terminado"
Antonio Maceo
 
  1. Artículo enviado a la revista Bohemia en enero de 1949 en respuesta a uno del periodista Ramón Vasconcelos, publicado en el propio semanario el 12 de diciembre de 1948, pero que su director Miguel Ángel Quevedo no quiso publicarlo por temor a una segura polémica con el destacado panfletario.
 
    "El patriotismo a fecha fija" -que nos dijera hace poco, en Melena del Sur, el Jefe de Despacho del Ministerio de Justicia, mi querido amigo doctor Alfredo Alvárez Solís- marca la dimensión exacta de nuestro culto cívico. Raro es oir hablar, -o leer en nuestra prensa- nada que se relacione con los forjadores de la República que hoy todos disfrutamos, fuera de las oportunidades en que el Calendario Patriótico señala una efemérides, sea ya luctuosa como gozosa. Entonces, "el patriotismo a fecha fija" echa a volar el ensordecedor tañir de sus campanas, y especialmente los que tienen por oficio hablar al público desde las columnas de un periódico, se asen al obligado tema, unas veces para fantasear con intentos de sensacionalismo como en el caso esporádico, aunque no nuevo, del señor Guillermo Gener, de la redacción de "Prensa Libre", y otras para repartir ofensas a voleo como en el caso específico, y de siempre, del señor Ramón Vasconcelos, de la redacción de "BOHEMIA".
Pero de todas nuestras fechas patrias, ninguna como la que conmemora la impensada y para tantos misteriosa caída en los campos de San Pedro en Punta Brava, del jamás bien llorado primer Lugarteniente General de nuestro glorioso Ejército Libertador, para mover en tan variadas formas como poco patrióticas, la pluma de nuestros periodistas y escritores.

La Calumnia, que tiene largo diente evenenado como hermana gemela que es de la Injusticia, se alzó e hirió el alma de Cuba sufridora en todas las veces en que le tocó a ésta marcar en sus anales la caída de cada uno de sus propulsores mejores y más altos. Se enseñoreó el 11 de mayo del 73 cuando en Jimaguayú cayó Ignacio Agramonte. El 27 de febrero del 74 cuando en San Lorenzo se suicidó Carlos Manuel de Céspedes. El 19 de mayo del 95 cuando en Dos Ríos cayó José Martí. El 5 de julio del 96 cuando en Loma del Gato se desplomó José Maceo. Y aún ya pasada la etapa de las revoluciones, volvió a herir el alma de la patria cuando el 11 de diciembre del 98 murió Calixto García en Washington.

La Calumnia -Injusticia- ha sido siempre veladora activa y alcahuete en todos estos actos, y cuando no ha actuado ella, ha venido a sustituirla en su desleal función, el escarceo sospechoso y torvo, el siembra-dudas que como un ave negra, odiadora eterna de la Historia -que es la Verdad sin velos ni rodeos- la sigue y persigue con endiablada saña.

Cultivando o aventando la mentira -así en la Historia como en el culto sagrado a nuestros mártires y héroes, al cabo una y lo mismo- se envenenan los sentimientos colectivos, se trastrocan los impulsos cívicos y nobles, y con la exhibición de ejemplos tales a las generaciones que han de sucedernos, acabamos por ahogar con nuestras propias manos lo único que le es dado conservar incólume a los pueblos para considerarse respetables y dignos: el culto, sano y limpio, a sus ideales patrios, y a la gloria y el nombre de quienes lo sembraron en su alma con sacrificio y heroísmo, con sangre y con decoro.

Pero si la mentira que es ponzoñosa de por sí, se la explota en el azuzamiento de odios, a impulsos de un propio, irrefrenable, personal capricho, entre dos elementos étnicos que en Cuba son cimientos inseparables de su estructura nacional, entonces se cae de lleno en la comisión de un delito tanto más grave cuanto quien lo realiza está exento de todas las atenuantes que depararle pudiera la irresponsabilidad.

El señor Vasconcelos -y sólo yo sé lo que me duele hablarle de estas cosas a un cubano ilustre- que desde siempre, periodísticamente, se ha erigido en defensor de una raza que, en nuestra patria al menos, no necesita que se le defienda, salpica inveteradamente todos sus escritos con la sal y el vinagre de una punzante inquina inmotivada que, a mi ver, mucho aminora el buen concepto y crédito que como hombre público y escritor, le sería dado, por el contrario, disfrutar a plenitud.

De mí sé decirle que, aún conociéndole ese defecto capital, no de ahora, sino desde hace largos años, lo leo con verdadro gusto, colecciono y conservo cuanto producto de su pluma cáe en mis manos, y lo tengo catalogado, no en el "casillero racial" en que él crée que se tiene colocado al general Maceo por los "vividores de la Historia"; ni siquiera "lo mulateo" in mente como también ha confesado que se hace con el genial militar y político nacido en Majaguabo de Maceo, sino que, muy por el contrario, sin jamás acordarme del color de su piel -tal como me ocurre cuando me hundo en la lectura de tantas bellas composiciones placidianas, o me deleito escuchando la "Bella Cubana" de Joseíto White, o ante cualquiera de las admirables creaciones de Ramos Blanco- lo conceptuó un brillante, magnífico escritor, y acaso el más completo de nuestros periodistas del momento actual.

No trato aquí sobre lo reproducido en edición retropróxima de "Bohemia" por el señor Gener,1 porque esa extemporánea versión de la muerte del general Maceo -que como bien dice Vasconcelos, ni en España ni aquí nadie ha tomado en serio- fué publicada ya por el diario habanero "Información", en su edición del día 7 de diciembre del pasado año,2 aunque sin el retrato que ahora exhibe Gener.

A título de cultivador modesto paro sincero de nuestra hermosa historia, especialmente revolucionaria -me refiero a las verdaderas gestas independizadoras- solamente tengo interés en aclarar ciertos particulares en relación, por el momento, a las alusiones que el pasado año se han vuelto a hacer -y de manera especial en esta gran tribuna cívica y cubana que es "Bohemia"- en torno del doctor Máximo de Zertucha, médico que fué del Estado Mayor del general Maceo, y uno de los no anónimos actores del drama de San Pedro.

El teniente coronel Rafael Cerviño y Reitor -a los cincuenta y dos años del aciago acaecimiento, y como "uno de los pocos supervivientes" del mismo, "que no quiso enredarse en la madeja de la polémica que, al través de los cuarenta y seis años de existencia republicana, se ha suscitado en torno de quel hecho"- acaba de darnos "su versión" de la muerte del general Maceo, y en ella, al relatar el momento culminante del desdichado vencimiento, justifica el abandono en que fueron dejados los cadáveres de Maceo y Panchito Gómez, en la siguiente forma.3

A los pocos segundos de comenzar a recibir aquellas descargas caía de su corcel de batalla el General Antonio Maceo, herido de un certero balazo en el cuello que le atravesó la carótida por el lado izquierdo. Al mismo tiempo recibía una herida en una rodilla su jefe de Estado Mayor el general José Miró.

Otro balazo hería mortalmente al teniente coronel Alfredo Justiz.

El coronel Alberto Nodarse no dejaba de hacer fuego descargando su rifle a discreción, hasta que cayó de su caballo acribillado a balazos, retirándose como pudo. El general Pedro Díaz se retiró de la escena segundos después de caer mortalmente herido el general Maceo. Iba a buscar gente, según dijo el comandante Juan Manuel Sánchez.

El doctor Zertucha, médico de Maceo, y Panchito Gómez, al ver caer al general, se desmontaron de sus caballos acercándose para auxiliarle. Trataron de levantarlo y montarlo en un caballo para sacarlo de allí, pero parece que no pudieron. En ese momento intervine yo, que también estaba presente y le dije a Juan Manuel Sánchez que levantara del suelo el cuerpo del General y lo subiera a mi caballo. Cuando trataba de hacer lo que yo le decía, una bala le atravesó la pierna. Al mismo tiempo yo recibía un balazo en la rodilla y otro en el brazo, matándome los tiros el caballo. Ello nos impidió nuestro propósito de llevarnos el cadáver del General Maceo.

Muerto el General Maceo y heridos todos los jefes y oficiales que se habían quedado a su lado en el combate, con la excepción del doctor Zertucha, que desapareció del lugar, cada uno trató de retirarse como pudo para evitar ser macheteado o tomado prisionero por los españoles que se acercaban en pelotones al lugar en donde yacía el cadáver del General Maceo...

No voy a ocuparme ahora de "las heridas" que recibieron "todos los jefes y oficiales" que combatían en aquel momento junto al general Maceo.

Quizá en otra oportunidad pueda volver sobre este asunto y a lo mejor logre aportar un poco de más luz en la cuestión. Lo que me interesa dilucidar ahora es la manera conque el teniente coronel Cerviño justifica el abandono en que dejaron "todos los jefes y oficiales" los cadáveres del general Maceo y su ayudante Gómez Toro.

Con todo el respeto que me merece el teniente coronel Cerviño -que por teniente coronel de nuestro Ejército Libertador, ya es santo para mí- le digo que no sé explicarme "su versión" en otra forma que no sea la que sigue.

Dr. Máximo Zertucha y Ojeda
FIGURA 2. Dr. Máximo Zertucha y Ojeda (1855-1905).

Hay un hecho totalmente cierto -por cierto bien triste- y es que abandonado "el muerto", "el muerto que simboliza la gloria de todos los muertos de la gesta libertadora" -como tan certeramente apunta Vasconcelos- "cada uno", cada uno de "los jefes y oficiales que se habían quedado al lado del general en el combate", "trató de retirarse como pudo, para evitar ser macheteado o tomado prisionero por los españoles"... Todos "se retiraron", todos... "con la excepción del doctor Zertucha que desapareció del lugar"...

O yo, realmente, soy muy torpe, o no acierto a explicarme lo que el teniente coronel Cerviño quiere expresar en "su versión". ¿Es que el doctor Zertucha se diluía, se esfumaba, se convertía en algo invisible para "desaparecer", en tanto "todos los demás jefes y oficiales", no "desaparecían", sino sencillamente "cada uno trató de retirarse como pudo para evitar ser macheteado o tomado prisionero por los españoles"? ¿Desde cuándo, en buena lógica -se entiende- no son términos afines "retirarse" y "desaparecer"? Y, sin embargo de esa alusión capciosa, según lo expuesto por el propio teniente coronel Cerviño, el "desaparecido" fue uno de los pocos "jefes y oficiales" que, con Panchito Gómez, "trató de levantar y montar en un caballo para sacarlo de allí", el cuerpo inerme de su amado Jefe.

Y vamos ahora al señor Vasconcelos.

No es la primera vez que este distinguido escritor se ocupa del doctor Zertucha -e inveteradamente para tergiversar los hechos reales- siempre que, en cada siete de diciembre -¡qué lástima, caray, que usted también, tan cubano como erudito, dosifique el patriotismo a fecha fija!- trate de la hecatombe de San Pedro. Desde el 20 de mayo de 1916, con motivo de la inauguración de la estatua del héroe en la Avenida del Puerto de La Habana, hasta los días que corren, el señor Vasconcelos ha venido escribiendo en torno del luctuoso suceso. Desde entonces, que contaba veinteseis años de edad, hasta este instante que está próximo a cumplir cincuenta y ocho, no le han faltado bríos para esgrimir su pluma en ese asunto, entonces con los arranques de la ya adelantada juventud, ahora con la ausencia de serenidad que para su mal se empeñan en negarle la experiencia y los años.

Tampoco es la primera vez que intenta en público explicar la historia de aquel su ya famoso artículo de "La Prensa" -la imponderable "Rosa Fresca" de 1916- que acaso en realidad pocos conocen hoy y, sin embargo tántos son, no ya a citarlo, sino hasta parafrasearlo sobre el calco de una mala copia o simple referencia.

"Exabrupto periodístico" le ha llamado el propio Vasconcelos a aquel su primer artículo "macéico", que dijera Marquina -en "el Maceo de Marquina", como el mismo Vasconcelos marcó este libro con su especial grafísmo- y yo, que conservo aquella "Rosa Fresca", con todo de ser un exabrupto verdadero por lo que expresa y en el momento en que lo hizo, me ha parecido, a lo largo del tiempo transcurrido, lo más interesante que en el orden patriótico ha brotado de la brillante pluma del ilústre escritor, porque con ser "un eco" de lo que al periodista le contaran los generales Sánchez Figueras y Sartorio -así lo afirma Vasconcelos- aquel trabajo dió lugar a muchas y muy variadas "versiones" sobre el desenlace de San Pedro, debidas a los actores del mismo a la sazón supervivientes, que eran muchos, con las cuales, llevadas al cotejo con las otras "versiones" que antes hubo de provocar el generalísimo Gómez, ¡a qué hondas y amargas conclusiones nos llevan!.

Lo que no es honrado es que la mentira se propague, tanto menos a sabiendas, sea aquella dicha por los generales Sánchez Figueras o Sartorio, o por el mismo Vasconcelos, como lo sigue haciendo, al amparo de aquellos dos muertos gloriosos, que también son muertos de la patria.

Nadie está autorizado para hablar mal y prodigar ofensas a los libertadores de su patria. Podemos permitirselo -es el único caso- a los propios libertadores, que con tanta frecuencia se contradicen en el recuento de los mismos hechos de armas en que tomaron participación. Pero ellos... son éllos, y están autorizados para hacerlo, con el respeto y el perdón de nuestra parte, que ni con mil perdones como este les pagaríamos nunca lo que hicieron para el goce y disfrute de los que atras vinimos.

Y el señor Vasconcelos, que tenía seis años de edad cuando la Invasión, no tiene, no ha tenido nunca sino un torvo ensañamiento para uno de esos libertadores, tan patriota como el que más, pero para el cual el Destino plugo depararle sin razones bastante para que su nombre haya servido, y continúe sirviendo, merced al capricho personal del señor Vasconcelos, de bandera negra, símbolo nefasto en las páginas serenas de la Historia.

"Yo no quiero hablar, yo no quiero hablar... En su día la Historia dirá la verdad de la muerte del general Maceo", advierte Vasconcelos que exclamaba el general Sartorio. Y a seguida, poniendo las palabras en boca de dicho general, la emprende con el doctor Zertucha calificándolo de alcohólico, por cuyo motivo, explica Sartorio -afirma Vasconcelos- Maceo "lo reprendió con severidad en más de una ocasión". En represalia -contaba Sartorio, dice Vasconcelos- Zertucha hacía una campaña subterránea diciendo que tantos jefes distinguidos de La Habana, algunos como él, de promoción universitaria, no debían dejarse humillar por un mulato. Sea por el efecto moral -agrega Vasconcelos por su cuenta- que le produjo la muerte de Maceo, sea por lo que le atribuía Sartorio, lo cierto es que Zertucha, hijo de Bejucal, de donde salieron las fuerzas de Cirujeda, se presentó el siete de diciembre de 1896 y marchó a España, donde falleció mucho después de instaurada la República".

Después de hacer esta definición, el señor Vasconcelos vuelve a transcribir en su artículo de "Bohemia" que estamos comentando,4 varios documentos que él dice haber tomado de la revista de don Manuel Pérez Beato, "El Curioso Americano", edición de abril de 1909, pero que a lo mejor los guarda entre sus papeles desde que los reprodujo el capitán Arturo González Quijano en el periódico "Excelsior - El país", de fecha 7 de diciembre de 1929.

Estos documentos, de procedencia española, que prueban el conocimiento anticipado que el gobierno español tenía de los movimientos que el general Maceo hacía en aquellos días, sirven al señor Vasconcelos, con las referencias que dice haber recogido de labios del general Sartorio, para tejer, tan cautelosa como maliciosamente, nada menos que una nueva "versión" en torno a los sucesos de San Pedro, esto es: que el doctor Zertucha, disgustado con el general Maceo por lo de la "severa represión", dió cuenta al enemigo de los propósitos de su Jefe de pasar la trocha, en tanto se daba, por otra parte y en el seno mismo del Estado Mayor del general Maceo, a propagar una "campaña subterránea", de tipo racista, tendiente a sembrar la indisciplina en el ánimo de sus compañeros de armas, de piel blanca, pues "no debían dejarse humillar por un mulato".

Como consecuencia de tales maquinaciones del doctor Zertucha -insinúa el señor Vasconcelos, y yo no hallo otra manera de entenderlo- "lo cierto es -ya esto lo afirma resueltamente Vasconcelos- que Zertucha, hijo de Bejucal, de donde salieron las fuerzas de Cirujeda, se presentó el siete de diciembre de 1896 y marchó a España, donde falleció mucho después de instaurada la República".

Insólito, señor Vasconcelos...

Pero, ¿es posible que usted, usted que sabe tanto de estas cosas, se atreva tan sin reservas a afirmar patraña de tal naturaleza? ¿Qué muerto ilústre se la sopló al oído? ¡No la repita, por favor!, no contribuya más, de propio intento, a ofender la memoria sagrada de Maceo, que debiera sernos más respetable, más digna de la consideración que todos los cubanos le debemos. No entorpezca sus manos en el amasar de falsedades de ese tipo, pues no olvide que SEMEL MENDEX, SEMPER MENDEX, el que miente una vez, miente siempre...

Tratemos ya de reconstruir un poco la verdad maltrecha.

El doctor Máximo de Zertucha y Ojeda, señor Vasconcelos, era, como la mayoría de quienes lo rodeaban en su Estado Mayor, un verdadero idólatra del general Maceo. Todavía viven en Melena quienes lo vieron llorar -a él que era hombre entero- cuando a su regreso de la guerra, en noche inolvidable, dió a sus amigos la terrible noticia del vencimiento del general Maceo. Para él ninguno más capaz, mas caballero, más genial, más valiente en todo el Ejército Libertador. Por todo ello, qué incapáz era de convertirse en un traidor como le pinta usted. Por su parte, Maceo, tan fino, tan correcto, tan irreprochablemente cordial y siempre atento y gentil con los hombres de su Estado Mayor, con su médico, qué incapáz era igualmente de reprenderlo con la severidad que usted supone. Quizá en otra oportunidad me sea dado contarle cómo se conocieron. Ahora, sigamos con lo suyo.

El doctor Zertucha no nació en Bejucal, ni siquiera residió nunca allí. Nació en la ciudad de La Habana el día 18 de noviembre de 1855. Cursó el Bachillerato en el Insituto de Segunda Enseñanza de la propia ciudad, y en nuestra Universidad Nacional comenzó los estudios de la carrera de Medicina que terminó en México, cuyo título revalidó en La Habana en enero del 79. No le será difícil consultar su expediente universitario en el que constan estos antecedentes. Tiene el número 15, 136.

Usted, como otros muchos escritores, confunde al doctor Máximo de Zertucha con su hermano Isidro, también médico, uno de los supervivientes de la feroz masacre estudiantil del 71 -baldón del gobierno colonial de España en Cuba- y que sí residió por largos años en Bejucal, donde murió recientemente, el día 15 de diciembre de 1946, con noventa y cinco años de edad.

Tampoco salió la tropilla de Cirujeda de la ciudad de Bejucal. Vea, en síntesis, lo que el mismo Comandante Cirujeda declaró -y vió la luz pública en aquellos días en "la Correspondencia", de Madrid- al corresponsal de este periódico en La Habana, el día 8 de diciembre de 1896.

"Salió del fuerte de Zugosta en Punta Brava, haciéndole fuego a una partida que pasó a su alcance. Luego el enemigo, en número de 2,000 hombres (¡), parapetado en grandes cercas de piedra rompió el fuego sobre la columna, tomándose a la bayoneta las posiciones que tenían en San Pedro, Matilde y Punta Brava. El Comandante, casi ya de noche, volvió a Punta Brava, etcétera..." Olivide usted los dos mil insurrectos y lo de las bayonetas españolas, y apunte el dato de la salida de Punta Brava, no de Bejucal.

También el "Diario de la Marina" del día 9 de diciembre de 1896, dice al respecto lo que sigue:

"Al amanecer el lunes salió de Punta Brava la columna del comandante Cirujeda, compuesta de 356 hombres de infanteria de San Quintín y 123 caballos, etcétera." Creo haberle dejado dilucidado este detalle de la salida de Punta Brava, no de Bejucal, de los hombres de Cirujeda para la refriega de San Pedro.

El doctor Zertucha no se presentó el día 7 de diciembre de 1896, sino el día 9. Vea lo que el Corresponsal del periódico habanero "La Lucha", Ricardo Arnautó Hernández, telegrafió al respecto desde el pueblo de San Felipe, el día 10, y que "La Lucha" publicara el 11.

"Ayer noche el Coronel Tort recibió un telegrama de Melena participándole que se acababa de presentar en aquel pueblo, el que fué vencino de allí, doctor Zertucha, levantado en armas a principio de la invasión en esta provincia, y médico en la actualidad del cabecilla Maceo, etc." También queda aclarado este particular.

Tampoco el doctor Zertucha se marchó a España, "donde falleció mucho después de instaurada la República".

El doctor Zertucha, en los primeros días de su presentación, se radicó en La Habana, y poco después volvió para Melena. Nunca estuvo en España, aunque sí en Centro y Sur América, antes de la guerra del 95. Tal vez se le vuelva a confundir con su hermano Isidro, que sí estudió parte de su carrera en la Península (después de los sucesos del 71) y la concluyó en La Habana.

Voy a adelantarle este dato que muchos ignoran y otros quisieran ignorar, que es lo peor. El doctor Zertucha a donde se marchó no fué a España, sino a la guerra nuevamente, el primero de mayo de 1898. El tiempo que media entre el 10 de diciembre del 96 y el primero de mayo del 98, se lo pasó en Melena, en La Habana, en Güines, en el ejercicio de su profesión de médico y... de patriota cubano. Esto lo sabe cualquier güinero o melenero viejo, sin siquiera el aditamento de buena memoria.

Pero no es la primera vez que esto del viaje a España se dice en letra de molde. ?Se han dicho y se dicen tántas cosas, señor Vasconcelos!

En el periódico "El Carbayón", de Oviedo, España, de fecha 7 de agosto de 1897, se dió la sensacional noticia de que el doctor Zertucha se encontraba en aquella ciudad, procedente de Borinés, (balneario del Consejo de Piloño), en donde había sido objeto de mucha curiosidad. Que iba de tránsito para Villaviciosa a saludar a unos parientes, y que de aquí pasaría a Gijón. Esta noticia me la alcanzó, hace ya años, mi buen amigo el doctor José A. Treserra, historiador matancero, que la copió en la reproducción que de ella hizo la "Aurora del Yumurí", periódico de Matanzas, en su edición del 28 de agosto de 1897.

El doctor don Benigno Souza, en su interesantísima "Iconografía de la Guerra del 95", publicada en el "Diario de la Marina" del 26 de enero de 1945, refiriéndose, con motivo de la publicación que hacía del retrato del doctor Zertucha, a su reingreso en las filas del Ejército Libertador, se expresó como sigue:

Como homenaje a la justicia y público mentis a tántas cosas como se dijeron del doctor Isidro Zertucha (debió decir Máximo, pues Isidro, como ya he dicho, no estuvo nunca en la Revolución) después de la muerte del Lugarteniente, publicó aquí su retrato, como capitán de Sanidad Cubana, cuando reingresó en las filas libertadoras, después de su presentación. Todavía la historia de Cuba no está para verdades. Zertucha, quien adoraba a Maceo, del cual fué amigo antes de la guerra, se incorporó a esta y a su lado estaba cuando cayó Maceo. A su inmenso dolor se unió el maltrato que recibiera de un Mayor General, a raíz del suceso. El general Piedra, un testigo de aquellas miserias, puede dar fé de lo que digo. Al morir Maceo pensó como otros y dijo: "se acabó la guerra". Después, ya en New York, volvió a incorporarse a las filas libertadoras, con el grado de capitán. El general Manuel Piedra Martell, que es a quien se refiere el doctor Souza, en efecto, ha hecho cumplida justicia al doctor Zertucha en su libro, hermoso libro, titulado "Mis primeros treinta años", del que se han hecho ya dos ediciones, una en 1943 y otra en 1944. Todos los que en Cuba léen libros de historia patria lo conocen.

Antes de continuar, es preciso hacer dos aclaraciones incidentales que también tengo interés en señalar, precisamente en lo expuesto por el doctor Souza, sin duda mal informado en este caso, lo que no ocurre con frecuencia por cierto, pues es, tal vez, uno de los hombres mejor enterados de las cosas de Cuba, así en sus guerras como en la paz.

El doctor Zertucha tampoco estuvo nunca en Nueva York, ni mucho menos se volvió a la guerra desde allá. Partió nuevamente para la Revolución desde Melena del Sur, donde vivía, haciéndolo, precisamente, en el caballo que le llevó el Capitán Moreones, Comandante Militar español de esta plaza a la sazón.

En cuanto al grado de Capitán de Sanidad que le supone, nunca se lo dieron, y ahí otra nueva injusticia, como también la de no hacerlo aparecer en el famoso "Indice Alfabético y Defunciones del Ejército Libertador de Cuba", (publicación oficial) del general Roloff. Como sabe el doctor Souza, Zertucha ostentaba el grado de Teniente Coronel de Sanidad en el Estado Mayor del general Maceo. Con su presentación, en diciembre del 96, perdió ese grado. Al incorporarse a los libertadores en las fuerzas del general "Mayía" Rodríguez, como médico y por la Ley le correspondía, cuando menos, el grado de Capitán. Así lo hizo saber y consta en las "Actas de las Asambleas de Representantes y del Consejo de Gobierno durante la Guerra de Independencia (1898-1899)" recopiladas por los señores Joaquín Llaverías y Emeterio S. Santovenia, (publicación de la Academia de la Historia de Cuba, La Habana, 1933) al tomo VI, página 80 y 99. En la primera de las citadas páginas se dice, sesión del 27 de marzo de 1899.

Se presenta una instancia firmada por Máximo Zertucha, diciendo que fué Teniente Coronel de Sanidad en el año 1896, y que en el primero de Mayo de 1898 se reincorporó al Ejército Libertador en el Departamento Occidental, acogiéndose al decreto del Consejo de Gobierno, por el que llamaba a las filas a todos los cubanos, en ciertas y determinadas condiciones, y así solicita, por no tener diploma alguno, se le provea del de Capitán de Sanidad, que dice corresponderle. Se acuerda pasar dicha instancia a informe del director Jefe de Sanidad. En la página 99, sesión del 20 de abril de 1899, se dice: Se da cuenta con el informe que el Director Jefe de Sanidad emite a la instancia del Dr. Máximo Zertucha, presentada a esta Comisión en sesión del día 27 de Marzo pasado, en cuyo informe se dice que el Dr. Zertucha TIENE DERECHO (lo subrayado es mio) según lo preceptuado en la Ley de O.M. a que se le otorgue el grado de Capitán a que aspira, lo cual podrá tener efecto luego que con la propuesta de dicha Dirección, en la forma y por el conducto reglamentario, se acredite que reune las condiciones necesarias. Se acuerda aprobar dicho informe. Después de esta resolución, la tramitación del asunto se detuvo, y no se le concedió el grado.

Pero volvamos al señor Vasconcelos.

Queda probado pues, que el doctor Zertucha no pudo ser reprendido por el general Maceo, tan severamente, al extremo que hiciera que se entregase desde aquel momento a fomentar entre sus compañeros de armas "una campaña subterránea", de tipo racista. Sobre esto pudieran ilustrarnos todavía el mismo general Piedra, el coronel Rosendo Collazo, el propio teniente coronel Rafael Cerviño y el comandante Ignacio Herrera, todos ayudantes supervivientes del general Maceo, los primeros residentes en la ciudad de la Habana, y el segundo en la villa de Güines. Volveré, antes de terminar, sobre este asunto.

Como el doctor Zertucha no estuvo nunca en España, es imposible que pudiera haber fallecido allá, "mucho después de instaurada la República".

En efecto, no muchos años, sino tan sólo tres hacía que se había "instaurado la República", cuando murió, no en la Península, sino en Melena del Sur, en prueba de lo cual voy a extractar el acta de su defunción que existe en el juzgado de dicho pueblo, Tomo II, Original de Defunciones, Años 1901-1908 al folio 312, acta número 46, aparece:-

Al márgen: -"Máximo de Zertucha y Ojeda -raza blanca- cáncer en la lengua. "En el pueblo de Melena del Sur, a las dos de la tarde del día veintiseis de octubre de mil novecientos cinco, ante el Sr. Manuel Mañalich Perea, Juez Municipal de este Distrito, y Ramón González Martínez, Secretario Suplente del mismo, compareció don José Inés Cantón Agudo, natural de este pueblo, mayor de edad, soltero, profesión magisterio, vecino de este pueblo, participando que el Dr. Máximo de Zertucha y Ojeda, natural de la Habana, de cincuenta años de edad, de estado casado, Doctor en Medicina y Cirugía y vecino de la calle cinco de este pueblo, falleció a las nueve de la nañana de hoy en la referida calle cinco, a consecuencia de cáncer en la lengua, de lo que daba parte como amigo del finado". Al siguiente día de su fallecimiento, o sea, el 27 de octubre de 1905, por el señor Cura Párroco, Pbro. don Simón Higuera, se ordenó darle sepultura eclesiástica a su cadáver en el cementerio de la localidad, y así se hizo, como consta en el Libro 5to. de Defunciones de blancos, folio 260, acta número 946, del archivo parroquial de este pueblo.

He dejado para terminar, volver a lo de la "campaña subterránea" que según el señor Vasconcelos, hacía el doctor Zertucha entre sus compañeros de armas, y junto al general Maceo, para que aquellos "no se dejaran humillar por un mulato".

De ser esto cierto, señor Vasconcelos, ¿crée usted posible que los "mulatos" del Estado Mayor del general Maceo, habrían defendido en ningún momento al doctor Zertucha de las injusticias de que se le hizo objeto, no antes, sino después de la muerte del "mulato" por anto-nomasia? Pues fué un mulato, y general precisamente, quien escribió esta noble y generosa carta que como muestra de la sinrazón de sus razones le transcribo, documento que, según creo, he sido yo el único que lo he reproducido en lo que va de nuestro siglo, conocido por don Benigno Souza y por algunos otros verdaderos, celosos guardadores de la memoria del general Maceo. Vea esta hermosa carta de un general libertador cubano.

Playa de Marianao, 13 de diciembre de 1898.

Dr. Máximo Zertucha, Médico del Cuartel General del Departamento.

Muy señor mio y amigo: Yo, como Jefe y representante de los orientales que en Pinar del Río hicieron la guerra, enterado de la propaganda que en su contra trata de levantarse, propaganda que no ha de hallar eco en los que conocen sus condiciones de patriotismo y valor, inspirado en la justicia, escribo a usted para que en medio de sus contrariedades experimente la satisfacción de que existe un hombre que se enaltece al tenerlo por amigo y compañero.

He visto a usted aquí en toda la campaña de Pinar del Río al lado del inolvidable General Antonio Maceo; campaña que tuvo su comienzo en el combate de Neptuno el 16 de Marzo de 1896, y terminó en San Pedro el 7 de Diciembre de 1896, alcanzando el importante número de cincuenta los reñidos hechos de armas en que tomó usted parte. Aún recuerdo el día de Galalón donde me ví herido de bala, y usted supo, en mitad del campo de batalla, curarme y curar a mis compañeros que también solicitaron su ciencia.

Creo lealmente que los cubanos deben a usted respeto. Muchas veces hablé con el General Maceo, y muchas veces me manifestó él las condiciones excepcionales que usted poseía, y lo complacido que estaba con sus servicios.

Como quiera que la verdad se impone, y que nadie podrá tachar de exagerados los conceptos que usted me merece, tengo el mayor gusto en dirigirle estas líneas.

Es suyo affmo. s.s. y amigo,
Juan Eligio Ducasse5

Y ahora, señor Vasconcelos, parafraseando unas palabras de Martí, después de todo, confieso que le sigo admirando como escritor; pero si en algo pudiera valer para usted la admiración sincera y espontánea de este celoso amante de la hermosa historia de su patria, tan noble, tan heroica, tan cordial, ayúdeme a terminar la Revolución en que cayó Antonio Maceo -la que levanta y funda- no ya con las armas de la guerra, sino con las que en la paz deben usarse y son bastante cuando se emplean en reparar injusticias y en dar a la historia la majestad que se merece.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  1. Gener, Guillermo: El hombre que mató a Maceo. Bohemia. 40(49):3 y 128. La Habana, Diciembre 5 de 1948.
  2. La muerte de Maceo. Revela datos inéditos el cabo que dice lo mató. Periódico Información. La Habana, diciembre 17 de 1947.
  3. Cerviño, Rafael: La muerte del General Antonio Maceo. Bohemia. 40(49):20-22 y 104--105. La Habana, Diciembre 5 de 1948.
  4. Vasconcelos, Ramón: Cargas al machete fuera de tiempo. Bohemia. 40(50):62-63 y 86. La Habana, Diciembre 12 de 1948.
  5. Heraldo de Melena. 6(52):1 y 4. Febrero de 1945.
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