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Cuaderno de Historia No. 82, 1997

El médico de Maceo ¿Fué Zertucha un traidor?

por
Rafael Soto Paz

Las figuras discutidas abundan en la historia de Hispanoamérica. La naturaleza emocional, propia del latino, permite a veces las más complejas actitudes. Aquí el santo se da de mano con el malvado, sin tener que cambiar de cuerpo. Y hasta en muchos individuos, ambos personajes viven "per semper" en amigable consorcio.

Por ello Artigas, el héroe uruguayo, para unos es un bandido y para otros un patriota; el dictador Rosas, tan pronto es llamado en Argentina el "restaurador" como el peor de los seres. Y así los mexicanos Iturbide y Santa Anna, el llanero Páez, el dominicano Santana, todos naturalezas duples, hombres temperamentales que obraban llevados por el ímpetu. ¡Bien lejos ellos del carácter monolítico de un Bolívar, un Lincoln, un Martí, especímenes regidos por severa línea recta, donde el "soplo interior" resulta fácilmente traducible...!

Con el cubano Zertucha, que fuera médico de Maceo, ocurre algo digno de destacar: se le discute tanto en el presente como en el pasado. Y de la acera de los patriotas lo lanzan a la de los traidores, y viceversa, como simple bola de "basket".

PATRAÑAS EN TORNO A LA CAÍDA DEL TITÁN

La muerte de Maceo, desde el mismo instante que se produjo, y lo comprueban las informaciones periodísticas, las notas aclaratorias de los jefes militares españoles, los informes privados, las cartas personales, resultó un acontecimiento. Si la de Martí apenas mereció los honores de la primera plana, la caída de Maceo ocupó cintillos y gruesos titulares durante una semana en España, Cuba y EE.UU. Había una razón, Maceo es el héroe avasallante, y huracánico. Su cuerpo, cubierto de heridas al morir, era un himno perenne de lucha. Poseía con creces el misterioso soplo que reclamara Rodó para ser héroe.

Precisamente, por esos días había un afán de sensacionalismo. Tanto Pulitzer desde su "New York World", como Hearst, desde su "Journal American", a los que procuraba imitar el "Chicago Tribune", mantenían una pugna feroz. Casualidad que nuestra última guerra de independencia coincidiera con el auge del llamado "New Journalism", que tenía en la prensa yanqui su concreción más robusta.

En las historias del periodismo figuran en lugar cimero los cables cursados entre William Randolph Hearst y Frederic Remington, el famoso dibujante. El dueño del "Journal", empeñado en que los Estados Unidos entren en el conflicto, lo mandó a la capital cubana junto con Richard Harding Davis y un equipo completo de repórters, cuentistas, fotógrafos, redactores. Pero ¿qué pasa? Cuando ellos llegan (marzo, 1897), encuentran que aquí la vida sigue sin alteración. Entonces se cursan los célebres cables: "Hearts, Journal, New York:

Todo está tranquilo. No se observa inquietud alguna. No habrá tal guerra. Deseo volver a esa. Remington".

La respuesta es un monumento, lector. De esas que jamás se olvidan. "Remington. Havana. Le ruego se quede. Usted pinte las ilustraciones, que yo haré la guerra. Hearts".

Otro ejemplo de este periodismo sensacionalista es lo publicado por el "Herald" del trece de diciembre (1896) y el "Mail and Express", afirmando que Maceo había muerto envenenado por su médico personal, el doctor Máximo Zertucha, quien hubo de rendirse luego a las tropas hispanas. El "Herald" trae una entrevista con el Mayor Antonio Serrano, mambí que peleó en la Guerra del 68, y quien declara haberle dado cuenta a Maceo de los nefandos propósitos de Zertucha. "Zertucha es un vicioso, le dijo Serrano al Titán; algún día lo entregará a usted por dinero". "No creo lo que de él dicen, respondió Maceo. El doctor Zertucha es un excelente cirujano y me resultaría difícil sustituirlo". "¡Vean si yo tenía razón!", grita el viejo Serrano.

Las versiones más disímiles surgían por doquier. En su edición, también de diciembre 13, el "World" asevera que Maceo cayó asesinado cuando se dirigía, bajo bandera de parlamento, a una reunión en la que se iba a tratar de la compra de la independencia de Cuba. "Todo su staff, excepto el cirujano Zertucha, perdió la vida". Y agregaba este ácido comentario: "Sería una cosa del todo intolerable que nuestra ayuda y sanción fueran dadas a un gobierno que elimina a sus enemigos por la traición, aprovechándose de una conferencia en la que ha sido el propio gobierno el invitante". Otro despacho, fechado en Jacksonville, decía que Maceo se hubo de comprometer con el marqués de Ahumada para el cese de las hostilidades, a base de la independencia de Cuba, y que ahí fué traidoramente eliminado. Un titular del "Journal" de este mismo día, vociferaba: "¿Massacre, Ambush or Poison?", (¿asesinato, emboscada o veneno?), y a seguido daba a entender el extravío de los periódicos sobre lo acontecido. El "Mail and Express", en una sarta de dicterios, (diciembre 14), no se quedaba atrás: -"La inherente cobardía y brutalidad de la hiena humana que actualmente manda las fuerzas españolas en Cuba ha llegado a su clima natural con el asesinato de Maceo". La hiena, no hará falta decirlo, es Weyler, a quien ellos bautizaron con el apodo de "butcher" (carnicero). Por su parte, hasta el ponderado "New York Sun", se esperanzaba que algún día "España llegará a comprender la truculenta y nefasta política que Weyler desarrolla en Cuba en nombre de la deshonrada Corona, que no es más que una política loca y ruinosa para ella".

Y el "Journal" de Hearts insistía en su acusación contra Zertucha a través de un virulento editorial: "En el asesinato de Maceo la más negra felonía cumplió su objetivo. Con un traidor en su propio Estado Mayor, llevado engañosamente a una cita bajo la protección de la palabra de honor española, sin sospechar lo que venía, el patriota cubano -él y el hijo de Máximo Gómez- cayeron bajo el fuego de la emboscada asesina".

La borrasca no sólo tenía por escenario a las páginas entintadas; llegó a penetrar hasta en el Congreso Federal. Fué tanto el escándalo, que el senador Wilkinson Call sé permitió presentar una moción denunciando "el asesinato de Maceo", y el cuerpo legislador a que pertenecía nombró una comisión especial encargada de investigar el asunto. El senador Chandler calificaba de "brutales e incivilizados" los métodos que usa España contra los cubanos. No hay paralelo en la historia del mundo. La masacre del general Maceo con todo su Estado Mayor, debe ser motivo para que inmediatamente el Congreso y el Presidente Cleveland reconozcan la absoluta independencia de los cubanos". Otro senador, Mr. Roger Mills, expresaba: -"No hay duda que la muerte de Maceo significa la violación de la bandera de tregua", y termina haciendo responsable del hecho al gobierno español.

También en la Cámara de Representantes se presentaron varias mociones firmadas por Woodman, de Illinois, Howard, de Alabama y otros, abundando en el mismo tema: -"el asesinato de Maceo".

Lamentable que los biógrafos del Titán hayan ignorado la honda repercusión que su heroica caída tuvo en los EE.UU. Inclusive, los historiadores yanquis, entre los motivos que conmovieron la Bolsa de New York por aquellos días, fijan la muerte de Maceo. Repercutió de tal modo, que muchos creyeron que la guerra entre Cuba y España daba su fin con el triunfo de la metrópoli mandona. De ahí que las acciones de las fábricas de armamentos por los suelos rodaran...

LA ACUSACIÓN DE LOS CUBANOS

Hasta ahora hemos expuesto las acusaciones formuladas contra Zertucha por la prensa norteamericana. Veamos las que produjeron los cubanos.

Quince días después del fatídico siete de diciembre, el general José Miró, al refutar una versión de "La Lucha" sobre las prendas y documentos recogidos por los "guerrilleros" al cadáver de Maceo, expresa que los papeles fueron hallados por Zertucha, y que al tratar éste de entregárselos, Miró le dijo que los guardara con el botiquín. En ese trabajo de Miró, escrito en Manajanabo, califica a Zertucha de infame, al que imputa haber entregado dichos documentos a las autoridades españolas.

Y su ataque no quedó ahí. Años posteriores en sus amenas "Crónicas de la Guerra", tras decir que el médico Zertucha, le examinó la herida a Maceo, declarándola mortal, escribe Miró: "salimos aterrados del lugar, precediéndonos el médico Zertucha. (Subrayado de RSP).

A los dos años, en un despacho publicado en "La Lucha", (La Habana, diciembre 10, 1898), y firmado por el general Hugo Roberts y el coronel Gustavo Pérez Abreu, ambos médicos, dicen: -"Protestamos de la reinvindicación de Zertucha. Se recogen documentos. Tenga la bondad de publicar este telegrama".

Pero aún más agresivo es el acuerdo aparecido en "La Discusión" (La Habana, enero 27, 1899) y el que suscriben treinta galenos, adscriptos al cuerpo de sanidad Militar del Ejército Libertador. Hacen constar que Zertucha no pertenece al Cuerpo Médico desde que desertó el ocho de diciembre del 96. Dicen que el general Pedro Díaz certifica que Zertucha se incorporó al Ejército Libertador el cuatro de febrero del 96 y que fué médico de Maceo interinamente. Que el secretario del comité separatista "Independencia", de Melena del Sur, certifica que Zertucha jamás perteneció a ese comité y que en documento privado demuestran que Zertucha solicitó ingresar en el Ejército Español; añaden los protestantes que inclusive un amigo del médico le había regalado un uniforme para tal propósito. Firman la acusación los generales Eugenio Sánchez Agramonte, Hugo Roberts, Daniel Gispert, los coroneles Gustavo Pérez Abreu, Enrique Sáez, Agustín Cruz, Enrique Yaniz, Nicolás Alberdi, José Nicolás Ferrer y otros médicos, todos de relevante actuación.

A tales acusaciones el doctor Zertucha hubo de responder en su momento oportuno. Sin embargo, de todas, la que viene cargada de más acidez, propia de la pluma de Ramón Vasconcelos, es la que este gran diarista cubano da a conocer en su artículo "Cargas al machete", aparecido en BOHEMIA de diciembre 12, 1948.

Cuenta Vasconcelos que él y Antoñico Maceo, hijo del héroe, visitaron cierto día al general Ricardo Sartorio Leal, uno de los bravos que vino desde Oriente en la Invasión. "Sartorio -escribe Vasconcelos-, no perdonaba a los jefes insurrectos de Occidente". "Hubo veces de tirotearnos la vanguardia", decía. "-Yo no quiero hablar, yo no quiero hablar...! En su día la Historia dirá la verdad de la muerte del general Maceo". Afirmaba Sartorio, -sigue refiriendo Vasconcelos-, que Zertucha era un alcohólico, y que Maceo, enemigo del alcohol, lo reprendió con severidad en más de una ocasión. En represalia -contaba Sartorio- Zertucha hacia una campaña subterránea, diciendo que tantos jefes distinguidos de La Habana, algunos como él, de promoción universitaria, no debían dejarse humillar por un mulato. (Subrayado de RV). Sea por el efecto moral que le produjo la muerte de Maceo, sea por lo que le atribuía Sartorio, lo cierto es que Zertucha, hijo de Bejucal, de donde salieron las fuerzas de Cirujeda a abatir a Maceo, se presentó el siete de diciembre de 1896 y marchó a España, donde falleció mucho después de instaurada la República".

Y seguido Vasconcelos da a conocer párrafos de una carta que Cirujeda envía al general Federico Alonso Gasco, y que lleva fecha diciembre primero de 1896, es decir, seis días antes de la caída del Titán. "Mi general muy querido -expresa Cirujeda a su jefe- acaban de asegurarme que Maceo intenta pasar solo por la trocha inmediata a Mariel, como lo efectuó hace cinco días el cabecilla Gordiño, acompañado de otros dos. La noticia me la da persona que me merece entero crédito, quien estuvo ayer hablando con el Gordiño y ha visto la montura que tienen preparada para el caballo que ha de montar Maceo". Y más abajo la otra carta: -"Ejército de operaciones. Línea militar de Mariel a Majana. Hay un sello en tinta azul clara. Sr. d. Federico Escario. Mi querido amigo: lea usted la adjunta y tome medidas, esta noche: emplee toda la fuerza de América que hay en Mariel si la necesita para vigilar la carretera, y recomiende la mayor vigilancia toda la zona. Suyo, affo. amigo y compañero Fed. A. Gasco."

"Esas cartas, -ruge nuestro admirado Vasconcelos-, no son una fantasía: los originales están en La Habana, en la biblioteca de Pérez Beato. Como se ve por ellos, los militares españoles sabían que Maceo pasaría la Trocha desde el primero de diciembre, por conducto que merecía entero crédito, (Subrayado de RV) y preparaban la persecución".

Y para dejar en entredicho el discutible proceder del médico de Maceo, Vasconcelos termina dejando en el aire una sospechosa interrogante: -"¿Qué conducto era aquél...?".

También no tratan con simpatía la persona de Zertucha los autores de algunas versiones de la muerte de Maceo. El coronel Rafael Cerviño, que cayó herido aquel trágico siete de diciembre, en un relato publicado en BOHEMIA el año 1948, cita al médico. "El doctor Zertucha y Panchito Gómez, -expresa Cerviño-, al ver caer al General, se desmontaron de sus caballos, acercándose para auxiliarle. Trataron de levantarlo y montarlo en un caballo para sacarlo de allí, pero parece que no pudieron". Y a seguido, agrega: -"Muerto el general Maceo y heridos todos los jefes y oficiales que se habían quedado a su lado en el combate con la excepción del doctor Zertucha que desapareció, cada uno trató de retirarse como pudo para evitar ser macheteado". (Subrayado de RSP).

LA MÁS DURA ACUSACIÓN

Pero el ataque mayor, el más despiadado que se produjo contra el médico de Maceo, fué el publicado en París por el periódico "La Republique Cubaine", del 17 de diciembre de 1896. Acompañado de un retrato del héroe iba el titular acusatorio: "Maceo assassiné par les espagnols". Y a continuación el texto: "La última y más asquerosa infamia del gobierno español en la guerra de Cuba, se ha consumado. El cobarde y miserable Weyler, el derrotado por Maceo en todos los combates, compró un hombre, el doctor Máximo Zertucha, para que le entregara al general Antonio Maceo, y este infame, aprovechando su puesto junto al General, ha podido llegar al logro de traición tan negra".

Tras un bosquejo biográfico del doctor Zertucha, "La Republique Cubaine", agrega: -"Cuando la Invasión llegó a la provincia de La Habana, un día publicaron los diarios de aquella capital que el doctor Zertucha se había unido a los revolucionarios; pero nunca más volvióse a oír hablar de él, ni mucho menos que se encontrase en relaciones de servicio y de amistad tan íntimas como las que acreditan el ser médico de un general en campaña, y de un general de la importancia de Maceo. Méritos sobrados son éstos para que el doctor Zertucha -aún habiéndose presentado a las autoridades españolas- no se librara de ser inmediatamente fusilado por la hiena Weyler, quien para no dejar con vida a nadie que sea cubano, ha asesinado y asesina hasta viejos, niños y mujeres. Pero ¡caso extraordinario! Se presenta a indulto el doctor Zertucha, cuenta que ha muerto en un combate el general Maceo, e inmediatamente, sin someterlo a formalidad ninguna, ni siquiera a la más elemental, de aguardar la próxima llegada de Weyler a La Habana, se le deja en libertad completa, ni mayor ni menor que la que disfruta el comandante Cirujeda, por ejemplo. ¿Qué quiere decir ésto? ¿Qué ha podido acontecer que no aparezca tenebroso, infame, criminal, horrible, ante toda conciencia honrada? ¿Qué puede pensarse del proceder del doctor Zertucha, que no resulte de lo más espantoso para un hombre y para un ciudadano?"

El periódico, arrastrado por la pasión contra el médico, dice que Zertucha se halla ante un dilema: o contribuyó al asesinato de Maceo para poder vivir tranquilo entre los españoles o se rindió para comprar su libertad absoluta prometiendo declarar lo que más conviniera a los españoles. Desde luego, como verá el lector, el dilema presentado por el periódico siempre resulta desfavorable para el discutido médico.

Aún aquí no para la cosa. Estrada Palma, Delegado de la Revolución en los EE.UU. y tal vez aleccionado por la "fábrica de noticias de guerra", de que nos habla Bronson Rea, hubo de enviar este cable al doctor Ramón E. Betances, Delegado del Gobierno Revolucionario Cubano en París: "New York, diciembre 12. Por conducto fidedigno se afirma que Maceo y su Estado Mayor han sido asesinados en un complot formado entre el general español Ahumada y el doctor Zertucha. -Estrada". El número entero de "La Republique Cubaine", llegado a manos nuestras por cortesia del laborioso investigador señor Faustino García Sarmiento, viene dedicado al Titán de Bronce, relatando diversos aspectos de su vida impar.

ZERTUCHA SE DEFIENDE

No se figure el lector que ante ese cúmulo de ataques, formulados mayormente cuando el propio Zertucha vivía, que el aludido hubo de permanecer callado. Al contrario: se defendió como gato boca arriba. Mandó cartas al "New York Herald" y al "New Yor World", aclarando todos los particulares y negando la infame acusación.

Igualmente, cuando se produjo la denuncia de los treinta médicos cubanos, el discutido galeno publicó en "La Discusión", (La Habana, febrero 7, 1899), un largo escrito. Relata su reingreso en el Ejército Libertador, asegurando era teniente-coronel, aunque Maceo, en las relaciones dadas al coronel Nodarse, Jefe de Estado Mayor interino, lo mencionara siempre como coronel. Añade Zertucha que no pertene-ció al antes citado comité "Independencia", sino a otro que presidía el doctor Horacio Acevedo y que su solicitud de un uniforme del Ejército español fué una coartada de acuerdo con el patriota Saturnino Lastra, para poder marcharse del pueblo con 16 hombres armados y así reingresar en la Revolución bajo las órdenes del general Pedro Díaz. Al final dice Zertucha: -"Por lo demás, no he de entrar en discuciones de grados o servicios, porque fuí a la Revolución solo por amor a mi país".

Otra defensa de su persona la hizo el mismo médico en la carta enviada a Máximo Gómez, ("La Lucha", septiembre 16, 1899) y en la que relata la muerte de Maceo y la inmediata posterior de Panchito Gómez Toro. Tras acusar con dureza al general Miró Argenter, cuenta Zertucha: -"En medio del horrible e imponente fragor del combate, yo, enfermo, convaleciente, sin armas, -pués no podía por mi debilidad, soportar su peso-, al ver a mi jefe, a mi amigo, a mi padre de la revolución, caer herido de muerte, pedí auxilio al brigadier Miró". A seguido narra que Panchito muere abrazado al cadáver de su ídolo.

LA FÁBRICA DE "NOTICIAS"

Cierto es que la prensa norteamericana vivía en su clima de sensacionalismo, pero "ninguna de sus equivocaciones es comparable a los infames relatos que ponían en circulación los propios cubanos", según se denuncia en un libro sensacional "Facts and fakes about Cuba" (Verdades y patrañas acerca de Cuba), publicado a fines de 1897 por la casa "Munro's Sons", de New York. Su autor, el periodista yanqui George Bronson Rea, corresponsal en la manigua cubana de "The New York Herald", formula graves acusaciones contra los mistificadores de la verdad. En este libro, llegado a manos nuestras por la fina cortesia de un excelente periodista cubano Martín Lliraldi, se afirma que Maceo cruzó la trocha del Mariel sin ser descubierto por los centinelas españoles y que su presencia en la provincia habanera fué absolutamente desconocida por las tropas enemigas.

La "war news factory" (fábrica de noticias de guerra), dice Bronson Rea que estaba controlada por la Junta Cubana de la Florida, teniendo sus cuarteles en Tampa y Jacksonville. La otra base estaba en Atlanta. La patraña del "asesinato" de Maceo y la "traición" de Zertucha nació en Jacksonville, en la tienda de cigarros de un chino a quien denominan Mr. Huau, lugar de cita de los conspiradores cubanos. Al tal Huau, dice Bronson Rea nadie jamás logró ver. Pero las noticias que "producía" sí eran vistas y publicadas con enormes titulares en la prensa de New York y Chicago. Sin embargo, anota el periodista yanqui, los diarios de Tampa y de Jacksonville, siempre declinaron darle crédito a tales "noticias". Incluso el delegado de la Revolución en Washington, el cubano Gonzalo de Quesada, arrastrado por las falsas informaciones de las "fábricas de noticias" de la Florida, llegó a decir en la prensa de Washington que "Maceo y cuarenta de sus hombres, invitados a almorzar por el Marqués de Ahumada (jefe militar español), comieron un bistec que había sido previamente envenenado". Y agrega Quesada, en su afán de interesar más a la opinión pública norteamericana: -"El asesinato de Maceo significa la libertad de Cuba; no hay duda en mi mente que Maceo fué asesinado". Por su parte, la Junta Revolucionaria Cubana de New York pedía al gobierno de EE.UU. el inmediato reconocimiento de la independencia de Cuba y que la gran República declarara la guerra "a la bárbara nación que tan flagrantemente había abusado de los códigos de la guerra civilizada".

Bronson Rea, cuyo libro alguna vez traduciremos, se muestra enérgico contra los que inventaban noticias; decía que eran un "grupo de cobardes" que preferían la seguridad de los hoteles de La Florida al peligroso y honorable trabajo de liberar su patria con las armas en la mano, peleando en la manigua". En el libro, como él tuvo un serio disgusto con el Generalísimo Máximo Gómez, muestra su resentimiento. Incluso hay partes donde se atreve a decir que en la Guerra del 95 sólo pelearon Maceo y el grupo que lo acompañaba; en los demás sitios no parecía que había guerra. Sorprende en verdad que un norteamericano rubio, hijo de un país lleno de prejuicios, muestre tanta simpatía por Maceo y los negros que lo acompañaban en La Invasión.

Luego pasa a informar de la participación de Zertucha en la muerte del Titán, y dice: "El médico de Maceo, doctor Zertucha, incapaz de luchar bajo otro jefe, se rindió a las autoridades españolas. -Aaah!, se apresuraron a regar los cubanos de La Florida, "entonces este hombre es un traidor; él ha traicionado al General", y acto contínuo la sucursal de la "war news factory" de Jacksonville "inventó el infame crimen de traición y el pacto entre el médico y el marqués de Ahumada". Para desmentir tal dicho, reproduce el cable (diciembre 15, 1896), que desde Madrid enviara el ministro de Estado español, Duque de Tetuán, hecho público por el ministro español en Washington. "La muerte de Maceo -dice el cable-, tuvo lugar en un combate legal habido en Punta Brava, y fué causada por las balas de nuestros soldados".

"El resultado de mis investigaciones -agrega míster Bronson Rea, en la página 220-, claramente prueban que Maceo murió, como fué oportunamente reportado por las autoridades españolas. Zertucha "el traidor" (comillas de B.R.), fué completamente exonerado por sus antiguos jefes. Las investigaciones de Sylvestre Scovel (periodista yanqui), en la escena del hecho, también absuelven al general español (marqués de Ahumada) y al doctor Zertucha del infame cargo.

El Generalísimo Máximo Gómez me dijo -afirma Bronson Rea-, que tanto Maceo como su hijo Panchito habían caído en pleno campo de batalla, pero que jamás perdonaría a los españoles el haber mutilado el cuerpo de su hijo. Mientras todos hablan con desprecio de Zertucha por haber abandondo la causa, ninguno de ellos lo acusó de traición en la muerte de Maceo. El corresponsal del "Herald", míster Stable, en una interviú con el general Miró Argenter me dijo que éste también había exonerado a Zertucha del cargo de traición". "Yo me encontré, sigue diciendo Bronson Rea, con el mayor general Pedro Díaz, cuando me encaminaba al campamento del Generalísimo. Francamente admitió que Zertucha era inocente, pero se negó a firmar documento alguno en tal sentido sin la autorización del Estado Mayor".

Y termina diciendo míster Bronson: "A pesar de las cartas de explicación de Zertucha y de lo dicho por sus compañeros en su favor, la calumnia ha tomado profundas raíces en la mente del público. A despecho de todos los esfuerzos que en el futuro se hagan hacia cualquier vindicación, el nombre de Zertucha como lo es el de Benedict Arnold, será sinónimo de traición".

"MAYÍA" LO DEFIENDE

La verdad es que jamás ha habido hombre que se haya quedado sólo. Aparejado al detractor siempre viene el defensor. En el Ejército cubano, entre sus jefes más preclaros, entre sus figuras más prestigiosas se levanta el mayor general José María Rodríguez, el gran "Mayía" de la Revolución. En su carácter de jefe Superior del Departamento de Occidente, expresa ("La Lucha", diciembre 8, 1898) que, de acuerdo con el informe de la comisión que investiga la conducta de Zertucha y que hubo de presidir el mayor general Alejandro Rodríguez, hace constar que Zertucha, "temeroso de la enemiga que le profesaban algunos jefes de las fuerzas cubanas, al faltarle la poderosa protección de Maceo, hubo a acogerse a indulto; que tan pronto realizó ese acto, Zertucha se dedicó a servir a la Revolución, como secretario del comité separatista "Independencia" y que al reingresar en el Ejército Libertador se hizo acreedor al aprecio y la más alta estimación". Por último el general "Mayía" Rodríguez en su escrito se complase en significarle al doctor Zertucha que su puesto está al lado de los hombres probos y buenos cubanos".

Este informe, -mejor dicho, la parte que se refiere a la temerosa enemiga que le profesaban algunos jefes de Zertucha-, nos lo aclara la obra "Mis primeros treinta años", del general Manuel Piedra Martel. "Esa misma mañana del ocho de diciembre, -escribe Piedra-, ya separados de las fuerzas de la brigada Sur, y con una pequeña escolta de las mismas, acampamos en un sitio llamado Loma del Hambre. Estábamos allí, sin contar los hombres de la referida escolta: los generales José Miró y Pedro Díaz, el doctor Zertucha, el capitán Nicolás Souvanell, el teniente Urbina y yo; y los asistentes que habían sido del general Maceo, entre ellos Benito Hechavarría (el cocinero). A poco de encontrarnos en aquel lugar, se suscitó un incidente de los más penosos y desagradables, con motivo de haberle preguntado el doctor Zertucha a Benito, en un tono perfectamente natural, cuando estaría el almuerzo. (Es conveniente advertir que el doctor Zertucha desde que, por ausencia el doctor Hugo Roberts, que estaba herido, era el médico del General Maceo, comía a la mesa con éste). El cocinero se insolentó y en estridente lenguaje hizo saber al doctor Zertucha que en lo adelante no tenía derecho a comer en su cocina. Trató Zertucha de replicar, e interviniendo el general Miró le dió la razón a Benito, tomando partido por él de modo ostensible. Irritado el doctor Zertucha por tan manifiesta injusticia y hostilidad, dejó escapar una palabra mal sonante que no iba dirigida a nadie en particular. Entonces, levantándose con brusquedad, el general Pedro Díaz se encaró con el doctor Zertucha y, con aire de majestad ofendida, le gritó: ¡Qué es eso, so atrevido! Como se atreve usted a decir insolencias en mi cuartel general y en presencia mía!

Zertucha se quedó mudo, desconcertado. Yo, que de pie en la puerta de la casa lo había escuchado todo, penetré en ella y tomando al doctor Zertucha de la mano, lo saqué de allí, diciéndole en alta voz que viniera a almorzar conmigo. Al día siguiente,9 el médico abandonó el campo de la Revolución y se acogió a la indulgencia de las autoridades españolas". (La actitud intempestiva del general Díaz se debe a que Maceo acostumbraba comer con su médico, honor que Díaz, a pesar de su alto rango militar, no lograba).

A seguido el general Piedra ofrece una estampa del zarandeado galeno. "El doctor Máximo Zertucha -escribe Piedra-, era una persona decente y de maneras distinguidas. Un tanto esquivo y retraído, era poco accesible a la camaradería y familiaridad, por lo que había sentado plaza de orgulloso entre ciertos elementos del Cuartel General, Miró, el jefe del Estado Mayor le tenía ojeriza. A Miró se le figuraba ver en Zertucha un rival en el afecto y atenciones de Maceo y de esta rivalidad conocida nacieron las murmuraciones y las maledicencias contra Zertucha en el Estado Mayor. Se le tachaba de cobarde y, sin embargo, yo no vi nunca en él un acto de cobardía. Y testimonio irrecusable de lo que digo es el hecho sabido de todos, de que cuando el general Maceo cae en San Pedro el doctor Zertucha le reconoció inmediatamente la herida, lo que significa que estaba junto a él".

EL DRAMA PSÍQUICO

Este instante que nos refiere el general Piedra, nadie lo ha retratado mejor que el general Alberto Nodarse, en la relación que mandara al Generalísimo Gómez, momentos después de acaecer el triste suceso. "Una vez en el citado camino -dice Nodarse-, el General me ordenó cargar al enemigo por el flanco izquierdo, con varios números que allí había, continuando el ataque por la retaguardia, no sin antes recomendarme "que hiciera pelear a la gente". Pocos momentos después regresó e hizo una paradita en el portillo por donde yo había entrado y aún continuaba avanzando sobre el enemigo, cuando oí al brigadier Miró que me decía: -"Nodarse, venga a ver esta desgracia". Retrocedo y al encontrarme con el General en el suelo, envuelto en sangre, bajé a verlo, mientras me gritaba el doctor Zertucha: -"-Ay, Nodarse; se acabó la guerra; vea ese cuadro; ¡muerto!" Le repuse a Miró que recogiera el cadáver, mientras yo continuaba tirándole al enemigo, que estaba rodilla en tierra, posesionado de una cerca de alambre, de la cual nos separaba, haciendo fuego a discreción, y apenas montó a caballo, el brigadier Miró vuelve a gritarme: "Nodarse, venga, que si usted no viene no se puede sacar al General", por lo que me desmonté acto continuo, dándole mi caballo a Zertucha, que me lo pidió para buscar medicinas, y quedándome con unos ocho o diez números de los que tenía peleando, mientras Miró, herido, partía en busca de más fuerzas que nos auxiliaran".

Tal vez este relato nos dé, lector, la verdadera clave del "aparato de traición", fabricado contra Zertucha. Esa frase: "¡Ay, Nodarse; se acabó la guerra!," fija categóricamente la profunda idolatría del médico hacia el Titán de Bronce. Zertucha, al igual que millares de cubanos, siempre estimó que la muerte de Maceo significaba la pérdida de la causa. La figura gallarda de Maceo, con sus veintiséis heridas en el cuerpo, llegó a tener sabor de mito. Sus seguidores creían que él jamás caería, y si el triste percance llegara a suceder, la guerra tendría su fin. Si al drama de San Pedro, que sin duda conmovió en lo profundo a Zertucha, agregamos el incidente relatado por el general Piedra, se comprenderá el motivo de la presentación del médico a los españoles. Pero, claro, una vez que pudo reaccionar, Zertucha retorna de nuevo junto a los patriotas, destruyendo así la calumnia fomentada.

Ese drama psíquico que arrastró a Zertucha a abjurar de su fe patriota, ha sido sustanciado nitidamente por Leopoldo Horrego considerado el mejor biógrafo de Maceo, quien afirma que la censurada actitud sólo tuvo un móvil, su ciega devoción al Titán. Sin Maceo, Zertucha creyóse un vencido, y, como tal, actuó. Esa es la misma opinión del general Bernabé Boza. Aunque aparece al principio entre los serios enemigos del médico aludido -el general hubo de rectificar después su juicio. "Zertucha, -escribe Boza-, fué acusado de traidor, y muchos llegamos a sospechar que fuese el asesino de Antonio Maceo; pero la verdad, abriéndose paso, ha demostrado que nos equivocamos, los que tal cosa creímos de ese desgraciado. Su presentación a los españoles, caliente aún el cadáver de su jefe, demuestra que no estaba en la Revolución, que no había ido a la guerra arrastrado por el ideal de conquistar la independencia de su patria, sino por la fe y simpatía hacia un hombre que, al morir, le cayó encima y le aplastó para siempre".

LA CARTA DE DUCASSE

En esta carta que reproducimos hay que observar dos hechos de innegable importancia: que se publicó cuando la marea lanzaba su oleaje contra el pobre médico ("La Lucha", diciembre 27, 1898), y que la firma un hombre de color, un patriota de mucho prestigio, el general Juan Eligio Ducasse, hermano del también general Vidal Ducasse, caído peleando en Pinar del Río. Su defensa de Zertucha, resulta, pues, un documento que exonera al vilipendiado galeno. "Playa de Marianao, diciembre 13 de 1898.

Dr. Máximo Zertucha, Médico del Cuartel General del Departamento.

Muy señor mío y amigo: -Yo, como Jefe y representante de los orientales que en Pinar del Río hicieron guerra, enterado de la propaganda que en su contra trata de levantarse, propaganda que no ha de hallar eco en los que conocen sus condiciones de patriotismo y valor, inspirado en la justicia, escribo a usted para que, en medio de sus contrariedades, experimente la satisfacción de que existe un hombre que se enaltece al tenerlo por amigo y compañero.

He visto a usted aquí, en toda la campaña de Pinar del Río, al lado del inolvidable General Antonio Maceo; campaña que tuvo su comienzo en el combate de Neptuno el 16 de marzo de 1896, y terminó en San Pedro el siete de diciembre de 1896, alcanzando el importante número de cincuenta, los reñidos hechos de armas en que tomó usted parte. Aún recuerdo el día de Galalón, donde me ví herido de bala, y usted supo, en mitad del campo de batalla, curarme y curar a mis compañeros que también solicitaron su ciencia.

Creo lealmente que los cubanos deben a usted respeto. Muchas veces hablé con el General Maceo, y muchas meces me manifestó él las condiciones excepcionales que usted poseía, y lo complacido que estaba con sus servicios.

Como quiera que la verdad se impone, y que nadie podrá tachar de exagerados los conceptos que usted me merece, tengo el mayor gusto en dirigirle estas líneas. Es suyo, affmo. s.s. y amigo, Juan Eligio Ducasse".

DATOS BIOGRÁFICOS

Si en la época actual Zertucha tiene quienes lo censuren, también cuenta con briosos defensores. Un investigador modesto y amante decidido de la Historia de Cuba, el señor Gregorio Delgado Fernández, ha dicho: -"El doctor Zertucha era, como la mayoría de quienes lo rodeaban en su Estado Mayor, un verdadero idólatra del general Maceo. Todavía viven en Melena quienes lo vieron llorar -a él, que era hombre entero-, cuando a su regreso de la guerra, en noche inolvidable, dió a sus amigos la terrible noticia del vencimiento de su gran Jefe".

Zertucha no nació en Bejucal, como se ha dicho; ni siquiera residió alguna vez allí. La confusión se debe a que fuera su hermano Isidro el que moró casi toda su vida en ese pueblo. Isidro, médico también, fué uno de los supervivientes de la tragedia estudiantil de 1871, y, como se sabe, falleció en La Habana el quince de diciembre de 1946, a los 95 años de edad.

Máximo vino al mundo después de su hermano, (La Habana, noviembre 18 de 1855). Aquí cursó el Bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza, y en nuestra Universidad comenzó los estudios de Medicina que hubo de terminar en Ciudad México. Luego su título lo revalidó en La Habana en enero de 1879. Su expediente universitario tiene el número 15 136.

Con respecto a su presentación, aclaremos que él no se presentó el día 7, sino el 9. Véase lo que el corresponsal del diario habanero "La Lucha", el célebre Ricardo Arnautó Hernández, telegrafió al respecto desde el pueblo de San Felipe y que salió publicado el día once. "Ayer noche el coronel Tort recibió un telegrama de Melena, participándole que se acababa de presentar en aquel pueblo, el que fué vecino de allí, doctor Zertucha, levantado en armas a principio de La Invasión en esta provincia, y médico en la actualidad del cabecilla Maceo".

En los primeros días de su presentación, Zertucha se radicó en La Habana, y poco después volvió para Melena del Sur. Jamás estuvo en España, aunque sí en Centro y Sur América, antes de la Guerra del 95. El que estudió parte de su carrera en la Península (después de los sucesos del 71), y la concluyó en La Habana, fué su hermano Isidro. El doctor Máximo Zertucha retornó a la manigua cubana el primero de mayo de 1898. "Falso que se marchara a España. El tiempo que media entre el diez de diciembre del 96 y el primero de mayo del 98, -aclara el historiador Gregorio Delgado-, Zertucha lo pasó aquí, en Melena, en La Habana, en Güines, en el ejercicio de su profesión de médico y... de patriota cubano. Y no es sólo en Cuba donde se ha cometido tal error, sino en la propia España. En el periódico "El Carbayón", de Oviedo, (agosto 7, 1897), se da la sensacional noticia de que el doctor Zertucha se encontraba en aquella ciudad, procedente de Borines, (balneario del Consejo de Piñola), quien iba de tránsito para Villaviciosa, a saludar a unos parientes".

Además de nuestro amigo Gregorio Delgado, un cubano meritísimo, el doctor Benigno Souza, al publicar un retrato del doctor Zertucha ("Diario de la Marina", enero 26, 1945), lo hace "como homenaje a la justicia y público mentis a tantas cosas como se dijeron del doctor Zertucha, después de la muerte de Maceo". Y agrega Souza: -"Todavía la historia de Cuba no está para verdades. Zertucha, quien adoraba a Maceo, del cual fué amigo antes de la guerra, se incorporó a éste y a su lado estaba cuando cayó el Titán. A su inmenso dolor se unió el maltrato que recibiera de un mayor general, a raíz del suceso. El general Piedra, testigo de aquellas miserias, puede dar fe de lo que digo. Al morir Maceo, Zertucha pensó como otros y dijo: -"se acabó la guerra".

Volviendo a las dos cartas que Vasconcelos reproduce no podemos omitir cierto comentario. Ambas misivas aparecen publicadas en "El Curioso Americano", (La Habana, abril de 1909). ¿Cómo es posible que Miró, enemigo juramentado de Zertucha no hable de ellas al editar en julio de 1909, que es fecha posterior, sus amenas Crónicas de la Guerra? Muy al contrario, en la página 235 de esta obra escribe Miró: -"Weyler no supo de la muerte de Maceo hasta el diez, y entonces retornó a la ciudad por la vía más rápida, para regodearse con las felicitaciones del país conservador y del país ovejuno. El comandante Cirujeda no tenía el menor indicio del cruce de Maceo por el Mariel. En la suposición contraria, no hubiera él atacado el campamento insurrecto con el ímpetu que lo efectuó en los primeros momentos".

En cuanto al grado de Capitán de Sanidad que se le supone, a Zertucha nunca se lo dieron, y he ahí otra nueva injusticia, como también la de no hacerle aparecer en el "Indice Alfabético y Defunciones del Ejército Libertador de Cuba", que editara el general Carlos Roloff. Con su presentación, en diciembre del 96, Zertucha perdió el grado de teniente-coronel de Sanidad en el Estado Mayor del General Antonio Maceo. Al reincorporarse a los libertadores en las fuerzas del general José María Rodríguez, como médico, por la Ley le correspondía, cuando menos, el grado de Capitán. Así lo hizo saber y consta en las "Actas de las Asambleas de Representantes y del Consejo de Gobierno durante la Guerra de Independencia (1898-99)", tomo V, págs. 80 y 99.

Si el doctor Máximo Zertucha jamás estuvo en España, difícil es que pudiera fallecer allá, como se ha repetido. En el Juzgado de Melena del Sur, tomo II, folio 312, se expresa que murió, a consecuencia de cáncer, en la calle Cinco de ese pueblo, a las nueve de la mañana del 26 de octubre de 1905.

Fué, pues, el doctor Máximo Zertucha y Ojeda una vida que sintió en lo hondo la daga convulsa de la injuria y el aluvión sorpresivo de la calumnia. Pero la Historia, si es matrona tolerante a veces, también suele ser fijadora de verdades. Y es precisamente la verdad -como dijera Acton-, la única virtud que presta dignidad y valor a la Historia.

Máximo Zertucha -si es cierto que hay una segunda vida-, puede estar tranquilo. La posteridad lo ha exonerado de la dura acusación que las pasiones de los hombres levantara...

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