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Cuaderno de Historia No. 82, 1997

OPINIONES SOBRE EL Dr. MÁXIMO ZERTUCHA

Opinión del Coronel Manuel Piedra Martel, ayudante de campo del General Antonio Maceo*

VERDADES

* Piedra Martel, M.: Mis primeros treinta años. Ed. Minerva, La Habana, 1943. pp. 432-435. Han transcurrido cuarenta y siete años y aún acude con frecuencia a mi mente el doloroso recuerdo de aquella noche: veo, a la amarillenta luz de cuatro improvisados cirios que débilmente luchaba con las invasoras sombras, el cuerpo ensangrentado e inerte del Titán, tendido en el suelo entre las hierbas, junto a aquel tanque; y me veo formando parte de aquel fúnebre cortejo que, conduciendo su cadáver a lomo de un caballo, marchaba silencioso a través de la nocturnal oscuridad, buscando para él una fosa escondida y secreta.

-Cuarenta y siete años! Ya pronto, -oh Maceo!, de los soldados que guiaste a la victoria no quedará ninguno: a todos nos habrá sepultado el peso de la vejez. Toda aquella generación del 95, a la cual tantos bellos y edificantes ejemplos diste de patriotismo y valor, habrá bajado a la tumba. Pero el recuerdo de tu nombre se conservará en las sucesivas generaciones hasta la más remota posteridad:

Polvo, cenizas, miserable escoria, al fin de la jornada eso es el hombre; sólo perdura en el recuerdo un nombre que bajo arcos de luz entra en la Historia.

Vive siempre del mundo en la memoria el héroe que, en el campo de batalla muriendo en el fragor de la metralla, lega a su patria libertad y gloria.

Tal fué tu sino, -sin igual guerrero!: cuando Cuba, ultrajada, escarnecida, se alzó viril contra la España, fiero en la lucha tenaz, escarnecida, empuñaste mil veces el acero, y fué su triunfo el precio de tu vida.

Enterado como yo estaba del propósito que tuviera el General de ponerme al frente de uno de los regimientos de la división que habría de mandar el general Pedro Díaz en Las Villas, y sabiendo que el general Miró habría de marchar al Cuartel General del General en Jefe, establecido por entonces en la mencionada provincia, determiné seguirlos.

Esa misma mañana del día ocho de diciembre, ya separados de las fuerzas de la brigada Sur, y con una pequeña escolta de las mismas, acampamos en un sitio llamado Loma del Hambre. Estábamos allí, sin contar los hombres de la referida escolta: los generales Miró y Díaz; el doctor Máximo Zertucha, el capitán Nicolás Souvanell, el teniente José Urbina y yo; y los asistentes que habían sido del general Maceo, Benito Hechavarría (cocinero), Ricardo Hechavarría y Juan Pérez; el del general Miró, José Delgado; y el del general Díaz, Andrés Cuervo.

A poco de encontrarnos en aquel lugar se suscitó un incidente de los más penosos y desagradables, con motivo de haberle preguntado el doctor Zertucha a Benito Hechavarría, en un tono perfectamente natural, cuándo estaría el almuerzo. Es conveniente advertir que el doctor Zertucha, desde que, por ausencia del doctor Hugo Roberts, que estaba herido, era el médico del General, comía a la mesa con éste. El cocinero se insolentó y en estridente lenguaje hizo saber al doctor Zertucha que en lo adelante no tenía derecho a comer de su cocina. Trató Zertucha de replicar, e interviniendo Miró le dió la razón a Benito, tomando partido por él de modo ostensible. Irritado el doctor Zertucha por tan manifiesta injusticia y hostilidad, dejó escapar una palabra mal sonante que no iba dirigida a nadie en particular. Entonces, levantándose con brusquedad, el general Pedro Díaz se encaró con el doctor Zertucha y, con aire de majestad ofendida, le gritó:

--Que es eso, so atrevido, cómo se atreve usted a decir insolencias en mi cuartel general y en presencia mía!

Zertucha quedó mudo, desconcertado. Yo, que de pie en la puerta de la casa lo había escuchado todo, penetré en ella y tomando al doctor Zertucha de la mano lo saqué de allí, diciéndole en alta voz que viniera a almorzar conmigo. Zertucha no habló una sola palabra mientras almorzaba. Comía maquinalmente, y en su mirada vaga hubiérase podido notar que su pensamiento era extraño a cuanto lo rodeaba. No lo volví a ver nunca más. Al día siguiente abandono el campo de la Revolución y se acogió a la indulgencia de las autoridades españolas.

El doctor Máximo Zertucha era una persona decente y de maneras distinguidas. Un tanto esquivo y retraído, era poco accesible a la camaradería y familiaridad, por lo que había sentado plaza de orgulloso entre ciertos elementos del Cuartel General. Sin embargo el era atento y cortés con todo el mundo. Cuando en una colectividad pequeña, como era la nuestra, los ánimos están prevenidos contra uno de sus miembros, basta la personal malevolencia de otro para formar a su alrededor una atmósfera de falso descrédito. Miró, el jefe de Estado Mayor, le tenía ojeriza a Zertucha. Miró, ya lo he dicho antes, era una apasionado de Maceo. No había en ello ni simulación ni cálculo de medro: su devoción era sincera y desinteresada. Pero, avaro y egoísta de la amistad y aprecio del General, hubiese querido tener el monopolio de estos sentimientos. Ahora bien, habiendo venido el doctor Zertucha a sustituir al doctor Hugo Roberts -a quien Maceo quería realmente mucho-, cerca de su persona, el General lo trataba con las consideraciones con que en todas partes se trata a un médico, máxime si ese médico es el encargado de velar por nuestra propia salud. Pero, a más de esto, como Zertucha era un hombre bien intruído y de amena conversación, el General gustaba de entretenerse en ocasiones con él. A Miró se le figuró ver en Zertucha un rival en el afecto y atenciones de Maceo, y de esta rivalidad conocida nacieron las murmuraciones y las maledicencias contra Zertucha en el Estado Mayor. Se decía que era un intrigante, pero yo no pude sorprender en él un acto de servilismo, que es la obligada iniciación de la intriga. Se le llamaba borracho, pero ?cómo, conocida la aversión de Maceo por la beodez, hubiera consentido éste un borracho en su mismo Cuartel General? Por otra parte, ?dónde encontrar alcohol en nuestros campos? Se le tachaba de cobarde, y, sin embargo, yo no ví nunca en él un acto de cobardía. Su misión era la de curar los heridos, y esta misión la desempeñaba, al igual que los demás médicos de nuestro ejército, desafiando en muchas ocasiones el peligro de las balas y de las bayonetas enemigas como cualquier combatiente. Y testimonio irrecusable de lo que digo es el hecho sabido de todos, de que cuando el general Maceo cayó en San Pedro, Zertucha le reconoció inmediatamente la herida, lo que significa que estaba junto a él.

Innecesario es advertir que de aquellas cosas no llegó a enterarse nunca el General, quien les habría puesto coto sin tardanza, enemigo como era de chismes y enredos, sobre todo entre aquellos que le rodeábamos y constituíamos su familia en campaña. Maceo se mostraba equitativo y justo con todos, no haciendo más diferencias que aquellas que estaban en relación con la capacidad o la voluntad de servir de cada individuo.

Es cierto que a Pedro Díaz no le asistían las mismas razones que para aversar a Zertucha creía tener, aunque erróneamente, Miró; ni tampoco se le podía creer influenciado por éste en su condición de Jefe del Estado Mayor, por cuanto el general Díaz no formaba parte del Cuartel General de Maceo, siquiera lo visitara con relativa frecuencia. Su actitud, por lo que pude comprender más tarde, obedecía a que se encontraba en aquellos momentos imbuído y sugestionado por la idea de que habría de ser destinado a sustituir a Maceo en el mando del ejército de Pinar del Río; y con la ilusión de emular allí, y quizás en todas partes, sus hazañas inmortales, reclamaba para sí todo el respeto y el acatamiento que con su don de mando y su augusto carácter nos había inspirado aquel guerrero maravilloso; e impaciente por dar prueba de su severidad, la ensayaba con aquel irrespetuoso médico que osaba proferir palabras malsonantes en su presencia.

Sí, el general Pedro Díaz se consideró no tan sólo el sucesor incuestionable de Antonio Maceo en jerarquía y funciones militares, sino también en el renombre que ante el país y el mundo había éste conquistado. Soñaba quizá en rivalizar con él en gloria y ocupar junto a Máximo Gómez y Calixto García el puesto que su muerte había dejado vacante en la Magna Trilogía. La aspiración era laudable pero difícil, si no imposible de realizar para él y para el común de nuestros demás jefes, por muy meritorios que ellos fuesen, porque el genio no se improvisa y la gloria es una esquiva deidad que únicamente al genio otorga sus favores.

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