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Cuaderno de Historia No. 82, 1997

Carta abierta al General Máximo Gómez*

*Publicado en el periódico Heraldo de Melena. 4(38):1, 4 y 6.

Diciembre de 1943.

Sr. Antonio San Miguel
(Director del Periódico "La Lucha", Habana)

Muy respetable señor: Como el día 17 del corriente se exhuman los restos del General Maceo y de Panchito Gómez, le agradecería la publicación de la adjunta carta. Puede usted corregir todo lo que le parezca en forma gramatical de mi escrito, dejando el fondo que es la verdad.

Suyo affmo. S.S

Doctor Zertucha

S/c. Melena del Sur, Calle 3 número 35

12 de septiembre de 1899.

Carta abierta al General Máximo Gómez

GENERAL: Hoy 12 de septiembre, me he enterado de que el día 17 del actual serán exhumados los restos del Lugarteniente General Antonio Maceo y los del Capitán Francisco Gómez Toro.

No tengo tiempo para hacer historia, pero es de mi deber que yo, testigo presencial de los hechos, -diga cómo murió Antonio Maceo, cómo Francisco Gómez Toro. No haré comentarios, se los dejo al pueblo cubano.

No es mi ánimo hacer una descripción del combate de San Pedro: en otro lugar podrá verse en su día con todos sus detalles.1

  1. En mi obra inédita titulada "De Waterloo a San Pedro. Invasión de Pinar del Río". -Nota de Zertucha.
Cuando fué sorprendido el campamento, en momentos en que el General Maceo dormía, yo me encontraba en el suelo, junto a su hamaca. Nos levantamos y montamos en nuetros caballos precipitadamente.

El doctor Guas (Carlos Guas Pagueras), de las fuerzas de La Habana, quien me había sido presentado por el General Maceo, me preguntó cual era su puesto, yo le dije que a mi lado. El General, machete en mano se dirigió al galope de su caballo por el camino real, hacia el punto de donde se percibían algunos disparos, seguido del brigadier Miró con Nodarse, Sauvanell, el doctor Guas y yo. Al llegar al camino que cruzaba el potrero de Norte a Sur, ordenó al Coronel Nodarse que se dirigiera al flanco derecho y le dijo: "Haga usted pelear a la gente". A Sauvanell le dió otra orden para el General Díaz (Pedro), y retrocedió por el camino antes andado, atravesando un portillo de piedra que daba paso a un cuartón pequeño, cuyo lindero Norte tenía una cerca de alambres que lo separaba de un palmar y un maniguazo, en cuyo punto, y detrás de una cerca de piedra, estaban atrincheradas las líneas enemigas.

Hacia el este lo limitaba un guayabal, donde fué macheteada la guerrilla, avanzada de las fuerzas españolas al sorprender el campamento. Al Oeste y haciendo ángulo recto, continuaba el camino por donde habíamos entrado en el cuartón.

Los que acompañaban al General eramós el brigadier Miró, el doctor Guas y yo. Al lado derecho del General estaba Miró y yo al lado izquierdo, y el doctor Guas se quedo a distancia junto al portillo por donde habíamos entrado.

No habían transcurrido cinco minutos de estar fijo en aquel lugar, cuando el General, tocando con el puño de su machete al brigadier Miró le dijó: "Esto va bien". La distancia que nos separaba del enemigo eran unos 80 metros más o menos. El estampido de los mausers era tan cercano, que costaba trabajo oir la voz, y el silbido de las balas era nulo: tan cerca estábamos de la línea de fuego del enemigo.

A penas hubo acabado de decir el General Maceo las anteriores palabras, cayó por el lado izquierdo de su caballo como herido de un rayo lanzando su machete hacia adelante a considerable distancia. Tras él caí yo: lo encontré sin conocimiento; un arroyo de sangre negra salía por una herida que tenía al lado derecho de la mandidula inferior, a dos centímetros de la sínfisis mentoniana. Introduje un dedo en su boca y encontré que estaba fracturada la mandíbula.

Su estado general indicaba a primera vista la gravedad. La algidez, el síncope, el pulso nulo y la palidez que aumentaba hasta el extremo de estar su rostro desconocido, me indicaba había sido herido y que la muerte era cercana. A los dos minutos a lo más tarde de ser herido, murió en mis brazos y con él cayo para siempre la bandera.

¿Y el General Miró? ¿Y el doctor Guas?. El segundo, cuando era herido el General, no estaba en el cuartón. Probablemente fué a cumplir con su deber con las fuerzas a que pertenecía. En cuanto al primero, merece párrafo aparte.

En medio del horrible e imponente fragor del combate, yo, enfermo, convaleciente, sin armas, pues no podía por mi debilidad soportar su peso, al ver a mi jefe, a mi amigo, a mi padre en la revolución caer herido de muerte, pedí auxilio al brigadier Miró y este, que montaba un brioso caballo, contestó a mis gritos con uno tan alto que sonó como un clarín en medio del combate: "¡Estoy herido!"

Esto me dijo, y espoleando el caballo partió como un rayo hacia el portillo que daba a la retirada. ¡Yo me quedé sólo! El caballo del General me cubría de los disparos enemigos, aunque su cuerpo lanzaba sangre por donde quiera. El mio, que se habia adelantado, paciendo (sic) en la yerba, había caído muerto. ¿Que hacer?

En aquellos preciso momentos, mi General, se me presentó como un fantasma su hijo Panchito, acompañado de cuatro o cinco individuos. Al ver el cadáver gritó: "¡Han muerto al General! ¡Doctor, yo vengo a ayudarlo!" Y así lo hizo. Con sólo su brazo derecho, pues el izquierdo lo tenía inutilizado por una herida que recibió delante de las líneas de fuego, como lo que era, un valiente, en el combate de La Gobernadora, ayudó a cargar el cadáver que colocamos entre todos sobre la montura mejicana del General, cuyo caballo, aunque mal herido se conservaba en pie. Yo tomé las riendas para dirigirlo hacia el portillo de salida. Un grito que nos llegó hasta el alma, fue lanzado por Panchito al caer al suelo, y con él el cadáver del General, quedando ambos juntos debajo del caballo. Me arrastré entre las yerbas, y lo ví que había sido herido por un proyectil mausers, que entraba en la décima y undécima costilla del lado derecho, salió por el costado izquierdo y en su salida hizo una granada abierta el codo del brazo del mismo lado.

Yo no llevaba mas que mi cartera, en la cual tenía un poco de algodón, yodoformo, y con este y el pañuelo de seda que llevaba al cuello le puse un apósito provisional.

Un jefe -no recuerdo quién- si fué el Coronel Nodarse, si fué otro, pues yo no veía, ni sentía (¡lloraba como un niño, General!) me ordenó que buscase medicamentos y pidiese auxilio al General Díaz. Junto a mi caballo muerto había otro alazán, suelto, sin jinete, me arrastré hasta él... montar y salir de aquel infierno, fué obra de un segundo.

Poco después vi a los jefes superiores, les manifesté lo sucedido, y me ocupé en curar a mi compañero Jústiz, herido de un balazo en el vientre, así como a casi todos los demás jefes que se encontraban heridos. Y cuando retorné al lugar del suceso, me encontré al Coronel Nodarse y le dije acongojado: "¡Han matado al General! ¡Se acabó la guerra...!" Nodarse me contestó: "¡A mi también me han matado!" Entonces pude enterarme de que un balazo le había atravesado el pecho y el hombro y que una hemorragia interna lo debilitaba.

Cuando llegué al pozo de Lombillo, llegaban también los cadáveres de Antonio Maceo y Francisco Gómez Toro que dos soldados habían encontrado después de la retirada del enemigo. Estaban presente a su llegada el General Díaz, Baldomero Acosta, Juan Delgado, A. Rodríguez, (Alberto), sus ayudantes Piedra, Sauvanell, Sartorio, el brigadier Sánchez y yo. Al practicar el reconocimiento de los cadáveres exigí que estuviese presente el brigadier Miró, como Jefe de Estado Mayor que era del Cuartel General.

El General Díaz ordenó su busca. A la media hora se apareció. Hice el reconocimiento y encontré: en la herida del General Maceo, que su trayectoria era desde el punto indicado anteriormente, de la mandíbula, con atrofia en la región escapular y en la región del tercio inferior, con el tercio medio del borde inferior del homóplato. Tenía además otra herida en el vientre, pero tan superficial que no presentaba ninguna gravedad.

Reunido el consejo de generales, pues antes se me faculto para extraer una bala que tenía en el dorso y junto a las vértebras una bala de plomo que se alojaba en su cuerpo desde la guerra de los diez años. Pedí esa gracia por que el General Antonio Maceo me dijo un día: "Doctorcito: cuando yo muera me operará usted. Ya en Nueva York estuvieron preparados y no me operé".

El peine que usaba para su bigote, la bala que extraje y sus cartas son los sagrados recuerdos que me acompañan.

Las heridas del Capitán Francisco Gómez eran las siguientes:

Una en el hombro izquierdo en estado de cicatrización, recibida a mi juicio en el combate de La Gobernadora el 3 de Diciembre de 1896. Otra que ya ha sido descrita, en el tórax y lado izquierdo. Otra entre la 3a y 4a costilla, en la región precordial, hecha por instrumento pérforo cortante; tres heridas cortantes en el occipucio, que ponían al descubierto el cráneo y las vértebras cervicales, hechas, al parecer, con un machete o sable. Retiré el pañuelo y algodón que cubrían su brazo y los guardé junto a los objetos preciosos que ya tenía del General Maceo.

Concluída mi obligación, me senté entre los dos cadáveres. Entonces recordé que había faltado a mis deberes, pues no había curado de su herida al brigadier Miró. A presencia de todos lo jefes le dí mis escusas, y fuí a ver la herida que le había hecho retirarse del lado de su Jefe.

¡General: era mentira...! ¡No había tal herida! ¡Un ligero rasguño en la parte anterior del muslo, había hecho que cobardemente abandonara a su Jefe herido, frente al enemigo; ese a quien Ud. le dió por semejante acción, el grado de General de División...!

José Miró y Argenter, que todo se lo debía al General Maceo. El General Miró, de quien fuimos esclavos los doctores Hugo, Cowley y yo, por el cariño que le profesaba Maceo, ese... huyó con un buen caballo!

Ese ¡ha publicado multitud de folletos llenos de mentiras! Ese ¡fué quien tuvo la culpa de la muerte de su hijo, de nuestro compañero, de nuestro amigo, del valiente, del digno hijo de usted, Gral. Gómez, pues si él me hubiera ayudado, no habrían profanado el cadáver del General los guerrilleros españoles y su hijo no hubiera muerto.

Después de esto, General yo le dije al hoy Comandante Sauvanell, en muy alta voz, el asco que me inspiraba la cobardía de ese señor Miró, y él lo supo. ¿Y sabe Ud. lo que pretendió? Ejecutar aquel refrán que dice que muerto el perro... ect. Ya se vé. Yo era el único que podía probar su cobardía.

Y como dice, me presenté. ¡Me encontré a mi hijo vendiendo helados a los soldados. Me encontré que mientras los jefes de la Revolución en La Habana comían, yo, en Pinar del Río, donde se batía el cobre, donde no había majases, donde no habían diplomáticos, si no mucha bala y mucha abnegación y mucho sufrimiento, tenía abandonados a mis pobres hijos, que habían quedado al amparo de los que hoy son ricos, siendo antes pobres, y yo pobre habiendo sido rico.

Todos los jefes de la revolución de la clase militar me quieren: los facultativos... ¡Envidia medicorum pessim..!!

Dr. Zertucha
 
P.D. -En el campamento "Loma del Hambre", el día 8 de diciembre entregué al brigadier Miró los certificados de los reconocimientos del General Maceo y Panchito Gómez. Esto fué a presencia del General Díaz. ¿Se los ha entregado? -Vale.

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