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Cuaderno de Historia No. 83, 1998
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El pensamiento y la acción médico-social del doctor Gustavo Aldereguía*

Por el Dr. Gregorio Delgado García.

* Conferencia leída en taller "Pensamiento y obra del doctor Gustavo Aldereguía en el XX Aniversario de su muerte." Hospital Clínico Quirúrgico Docente "Dr. Gustavo Aldereguía Lima," Cienfuegos, Septiembre 7 de 1990.

INTRODUCCIÓN

Dentro de las actividades del taller "Pensamiento y obra del doctor Gustavo Aldereguía en el XX aniversario de su muerte" nos toca desarrollar la ponencia sobre sus ideas médico-sociales, la que hemos nombrado, con una importante adición al título, "El pensamiento y la acción médico-social del doctor Gustavo Aldereguía," porque resulta imposible concebir aquél sin que vaya unido a su inquebrantable batallar por hacerlo una realidad para nuestro pueblo, a través de más de medio siglo de intensa vida de higienista social.

En el presente estudio nos hemos propuesto exponer a grandes rasgos, junto al desarrollo de su pensamiento médico-social, cuáles fueron a nuestro juicio las causas en la vida del doctor Gustavo Aldereguía que lo llevaron a estudiar, primero medicina, a especializarse despúes en tisiología y en todo tiempo a desarrollar una intensa actividad como higienista y luchador social, que lo ha situado entre los más destacados de nuestra América en el presente siglo.

Antes, sin embargo, quisiéramos hacer algunos comentarios y precisiones sobre el origen de los conceptos de medicina e higiene social, a nuestro juicio completamente equivalentes, pero que hasta el presente son motivos de polémicas científicas y esbozar muy brevemente el desarrollo de esta importante rama de la medicina en nuestro país en su etapa colonial española.

ORIGEN DE LA HIGIENE SOCIAL, COMO RAMA DE LA MEDICINA, EN EUROPA Y SU DESARROLLO EN CUBA EN LA ETAPA COLONIAL ESPAÑOLA

Como consecuencia del advenimiento del régimen capitalista en Europa y como una necesidad económica y social surge un nuevo objeto de estudio para las ciencias médicas: la policía médica, lo que conlleva, por primera vez, un enfoque social de la medicina.

Fue el médico alemán Wolfgang Thomas Rau quien concibe este término y lo desarrolla en su libro Consideraciones acerca de la utilidad y necesidad de un reglamento para la policía médica de un Estado, publicado en 1764 e inicia un movimiento en su país que tendrá su culminación en la monumental obra de Johan Peter Frank, Un sistema completo de policía médica, cuyo primer tomo apareció en 1779 y el sexto en 1817. Después de su muerte ocurrida en 1821 vieron la luz los dos últimos tomos como obra póstuma.

En este libro su autor propone al Estado una serie de medidas encaminadas a la protección de la salud pública que partiendo del análisis demográfico, comprende medidas legislativas de beneficio a la mujer embarazada, los problemas de salud del niño, la protección de los accidentados, el control de las enfermedades trasmisibles, la organización de hospitales y otros.

En Inglaterra e Italia también surgen movimientos encaminados a fines muy semejantes que tienen sus más remotas raíces en los trabajos, de principios del propio siglo XVIII, de William Petty y Bernardino Ramazini respectivamente y en Francia la revolución burguesa da un fuerte impulso a estas realizaciones al implantar un sistema nacional de asistencia social que incluía la atención médica.

Pero no es hasta el siglo XIX que nacen verdaderamente los términos de medicina e higiene social como sinónimos, sin que llevaran implícitas posiciones adversas o diferentes.

En 1838 J.A. Rochoux introduce el término "higiene social" para identificar la separación entre la higiene individual y la pública y en 1848 Jules Guerin introduce el de "medicina social" que compendiaba los conceptos de fisiología, patología, higiene y terapia social.

En el presente siglo el profesor italiano G.L. Eltore en su importante libro Sociología Sanitaria recoge treinta y siete definiciones de la medicina social y nosotros fuimos testigos de cómo en Bulgaria existen dos escuelas que defienden términos y conceptos diferentes, la del profesor K.G. Gargov, director del Instituto de Medicina Social de Sofía y el profesor Nicola J. Zaprianov, jefe del Departamento de Higiene Social e Historia de la Medicina y Rector del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Plovdiv.

La enseñanza de la medicina social comienza también en Alemania, con el profesor Alfred Grotjahn en la Universidad Humboldt de Berlín, en forma de cursos libres desde principios del presente siglo hasta que en 1920, el propio docente, funda la primera cátedra con el nombre de Higiene Social y ese mismo año el doctor A. Gottstein, Director General del Ministerio de Sanidad de Prusia, crea la Academia de Higiene Social para la formación de médicos de distritos, comarcales, asistenciales y de escuelas en Berlín, Dusseldorf y Breslau.

El profesor Grotjahn publicó, además, en 1911 su libro Patología Social, en el cual expone una serie de importantes principios básicos sobre la enfermedad desde el punto de vista social.

Dr. Gustavo Aldereguía Lima (1895-1970)
Fig. 10. Dr. Gustavo Aldereguía Lima (1895-1970)

Recientemente, entre nosotros, el profesor Francisco Rojas Ochoa, Vicerrector del Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana, en su libro Acerca de la historia de la protección de la salud de la población, todavía inédito y al que tuve el alto honor de prologar, hace una brillante descripción del desarrollo histórico de la médicina social en los principales países del mundo hasta constituir una importante rama de las ciencias médicas en el presente.

En Cuba la preocupación por los problemas médicos de la sociedad aparece con las primeras manifestaciones del surgimiento de nuestra nacionalidad. A finales del siglo XVIII la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País, representante de la clase de hacendados principalmente cubanos, trata de dar solución a los dos grandes problemas epidemiológicos que sufría el país, la fiebre amarilla y la viruela y encarga a nuestro primer higienista social, el doctor Tomás Romay Chacón, el estudio del estado de los conocimientos sobre ambas entidades en la época para aplicar en nuestro país su solución.

En cumplimiento de una de estas dos tareas publica el doctor Romay en 1797 su monografía Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente Vómito Negro, enfermedad epidémica de las Indias Occidentales, con la que dio inicio a la literatura médica científica cubana. Este problema no sería resuelto en el plano de la ciencia hasta algo más de ochenta años después por nuestra máxima figura científica e higienista social doctor Carlos J. Finlay Barrés y la solución del problema llevada a la práctica social diecinueve años más tarde del descubrimiento Finlaísta.

Como cumplimiento a su segunda tarea el doctor Romay emitió un informe favorable sobre una memoria impresa en Madrid, acabada de recibir en La Habana, sobre el uso y propagación de la vacuna antivariólica, lo cual condujo a la introducción de la misma en Cuba, en 1804, por el propio doctor Romay y a la fundación de la Junta Central de Vacunación con vacunadores en la casi totalidad de las poblaciones del país patrocinada por la Real Sociedad Patriótica, todo lo cual permitió atenuar el segundo gran problema higiénico social de la colonia.

La llegada del cólera a Cuba en 1833 como tercer gran problema epidemiológico de la Isla determina grandes modificaciones en la estructura del sistema de salud pública colonial, los que conllevan al cierre definitivo del ya obsoleto Real Tribunal del Protomedicato sustituido por la Real Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía, presidida por el doctor Romay y la Real Junta Superior Gubernativa de Farmacia; la reestructuración de las Juntas de Sanidad; la creación de las Juntas de Beneficiencia y Caridad que limitan el control absoluto de la Iglesia sobre la atención hospitalaria y la beneficencia pública y el reforzamiento del modelo de atención primaria del facultativo de semana.

Todos estos cambios permitieron que nueve años después en la gran reforma de estudios y secularización de la Universidad de La Habana, llevada a cabo en 1842, se funden en la Facultad de Medicina y Cirugía las cátedras de Higiene Privada e Higiene Pública y se inicie la enseñanza de la Policía Médica como parte de la recargada cátedra de Medicina Legal, Toxicología, Jurisprudencia Médica, Policía Médica, Historia y Biografía Médicas y Bibliografía Médica.

Documentalmente sabemos que la enseñanza de la Policía Médica se impartió de 1842 a 1863, que fueron sus profesores, numerarios (titulares) los doctores José de Lletor y Castroverde (1842-1858) y Ramón Zambrana Valdés (1858-1863) y que éste último la explicaba todos los jueves, durante el curso académico, en horario de 11:30 a.m. a 1:00 p.m., pero desconocemos los programas de la asignatura.

De finales de 1867 a principios de 1868 al estudiar enfermos de cólera en la barriada del Cerro, La Habana, el doctor Finlay independientemente de los trabajos del genial investigador inglés John Snow, llega a sus mismas conclusiones sobre el origen hídrico de la enfermedad y aplica el método epidemiológico con el que había revolucionado la higiene pública el doctor Snow.

El 14 de agosto de 1881 lee el doctor Finlay ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana su inmortal estudio El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla, en el cual da a conocer comprobada con inoculaciones de laboratorio en humanos, su teoría metaxénica del contagio de enfermedades infecciosas; da solución a la transmisión de la fiebre amarilla; enuncia las medidas encaminadas para su control e inicia la especialidad de entomología médica.

En agosto de 1900 el doctor Finlay, en su hogar, entrega a la Cuarta Comisión del Ejército Norteamericano para el estudio de la Fiebre Amarilla, todos sus trabajos sobre el tema y ejemplares de huevos y adultos de mosquitos Aedes aegypti, además de su asesoramiento como presidente de la Comisión de Enfermedades Infecciosas, nombrada por el gobierno de ocupación norteamericano. La aplicación de sus medidas profilácticas en la prueba de campo constituyó el inicio de la erradicación de la forma urbana de la fiebre amarilla en Cuba y en el trópico y una de las páginas más gloriosas de la historia de la higiene social en el mundo.

El posterior intento de despojo de la paternidad del descubrimiento a favor de la Cuarta Comisión del Ejército Norteamericano es sin lugar a dudas uno de los hechos más bochornosos de transgresión de la ética médica registrado en todos los tiempos y la lucha por la reivindicación de la gloria científica del cubano fue sin lugar a dudas uno de los factores que más coadyuvaron a la consolidación de la conciencia nacional cubana en el presente siglo.

La necesidad de aumentar los conocimientos de los médicos cubanos sobre grandes problemas de la higiene social, dado el cuadro epidemiológico de la Isla, hace que en 1887 se agregue una nueva asignatura sobre esta materia en el plan de estudios médicos con el largo y sugerente nombre de "Ampliación de la Higiene Pública con el Estudio Histórico y Geográfico de las Enfermedades Endémicas y Epidémicas" la que se impartió durante doce años en la Universidad de La Habana (1887-1899).

Las guerras por nuestra independencia contra España, sobre todo la última de 1895 a 1898, aumentaron las tasas de mortalidad del país a cifras elevadísimas y dejaron la organización de la salud pública colonial completamente inexistente al producirse de manera oficial la primera ocupación norteamericana en Cuba el 1 de enero de 1899.

LA VOCACIÓN MÉDICO-SOCIAL DEL DOCTOR GUSTAVO ALDEREGUÍA

A un mes escaso del comienzo de la última de las guerras por la independencia contra España, el 22 de marzo de 1895, nace el doctor Aldereguía en Campechuela, antiguo Partido Judicial de Manzanillo, actual provincia Granma.

Dos grandes tragedias familiares van a marcar su vida en plena niñez, el 7 de enero de 1896, a los nueve y medio meses de edad muere su madre de tuberculosis pulmonar en La Habana y a los once años fallece su padre víctima de un accidente ferroviario del que fue testigo presencial horrorizado.

Aunque su orfandad fue mitigada por el cariño que siempre le profesó su tío paterno Alfredo Aldereguía que lo llevó a su hogar y pagó sus estudios, su carácter quedó marcado para siempre por estos dos hechos.

En el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas cursa sus estudios secundarios hasta graduarse de Bachiller en Letras y Ciencias y Perito Agrimensor el 11 de junio de 1913. En esta institución es que ya comienza a dar muestras de su espíritu rebelde y llega a ocupar la presidencia de la Asociación de Alumnos de dicho plantel. Su carácter hipersensible marcado tan tempranamente por la tragedia lo lleva a escoger como futura profesión la carrera de medicina.

Parece que los estudios agropecuarios fueron también de su preferencia pues además de graduarse de perito agrimensor, matriculó en la Universidad de La Habana en el curso de 1913 a 1914 no sólo las asignaturas del primer año de medicina sino también las del primer año de medicina veterinaria, las que no llegó sin embargo a examinar.

En la Universidad se expansiona su espíritu inquieto y se rebela, según sus propias palabras, "contra programas, textos y profesores, inconexos, retóricos y mediocres: muy numerosos y aceptados por entonces." Funda con otros tres alumnos y dirige la Revista de la Asociación de Estudiantes de Medicina, en la que colabora asiduamente.

Como representante de esta publicación participa en el Congreso de la Prensa Médica celebrado en La Habana en 1917 y presenta su trabajo "La prensa médica y la enseñanza médica", donde denuncia los males de la docencia de la medicina en la Universidad de La Habana y le señala a la prensa especializada el papel que pudiera jugar en bien de aquélla. Este trabajo apareció publicado en la Revista de Medicina y Cirugía de La Habana en su número de 10 de diciembre del propio año 1917 y es el primero que conocemos del doctor Aldereguía.

Aunque según él "Puso mucho interés en no distinguirse como estudiante modelo, al uso y costumbre de la época" realizó su carrera de medicina con buen aprovechamiento y llevó a cabo sus ejercicios para el grado de doctor el 29 de junio de 1918 con nota de sobresaliente.

Recién graduado se instala en el central azucarero Santa Gertrudis en los alrededores del poblado de Banagüises, provincia de Matanzas y allí ejerce su profesión durante cuatro años.

A mi juicio ésta es la etapa que determina el futuro de la vida del doctor Aldereguía y en la que van a fraguar sus moldes definitivos. De ella nos cuenta en su Relato histórico y curriculum vitae, verdadera autobiografía escrita en tercera persona:

"Se dio a la empeñosa tarea de mejorar las pésimas condiciones de salubridad en que mal vivían guajiros y obreros, a combatir las plagas, el parasitismo intestinal y las enfermedades infecciosas endémicas predominantes, fiebre tifoidea y paludismo, tuberculosis, disentería bacilar y amebiana, poliomielitis y trastornos deficitarios y otros males menores. Inició y extendió la medicina preventiva en todos sus métodos y por todos los procedimientos entonces conocidos y a su alcance, en el ámbito y área posible de su demarcación y zona de ejercicio, dictó conferencias en el seno de las comunidades y poblados, divulgó conocimientos sanitarios sobre higiene pública y privada, vacunación, aguas, vivienda, vestido y sostuvo charlas esclarecedoras sobre asuntos de medicina social y de toda índole. En lo político y laboral, que no descuidó nunca, orientó hombres todavía balbuceantes y contribuyó a organizar grupos incipientes y tonificándoles en el sentido de integración y rumbo hacia más altos destinos: los sindicatos por talleres e industrias. Los libros y publicaciones de literatura marxista-leninista que empezaban a llegar a Cuba en los albores de la década de 1920, para inundar nuestras librerías poco después fueron devorados en desvelo y ampliaron el horizonte político internacional del médico Aldereguía quien se preocupó metido en el campo como andaba, de comentar aquellas sus lecturas en grupos pequeños y forma compartida; sus libros, por los demás, circulaban generosos y difundidores en contagio de ideas y doctrinas, entre las manos ágiles y mentes despiertas capaces de aprender y asimilarlos". Como podemos apreciar quien esto hacía no era un médico privado en ejercicio en un central azucarero, era un verdadero higienista social de su zona en lucha contra todos los males médicos y sociales.

En marzo de 1921 escribe su artículo "La crisis de un sistema político," que queda entonces inédito y publica muchos años después en el periódico El Mundo. En él deja ver ya nítidamente su pensamiento político que será definitivo:

"¿Francia? Es el republicanismo decadente, la antorcha que vacila[...] es la negación actual de los principios que sentó como mejores. Rusia es el mañana, la eterna esperanza, la afirmación más rotunda de la humanidad hacia mejores destinos, es la `obra gigante cumplida por gigantes'; es la ruta a seguir en medio de la noche puestos los ojos en la fraternidad humana[...] Europa rehuye la república histórica y la degrada. América la pervierte y desvía; los constructores en tanto, se prestan a levantarla pujante y remozada, liberándola del capitalismo, dándole por base el universo con la socialización de los medios de producción y de cambio". Y que lo que escribía no eran meras palabras lo demuestra que el año anterior había fundado en unión del joven revolucionario Eusebio Adolfo Hernández, la Asociación de Amigos de Rusia y que logró colectar y mandar dinero en ayuda de la naciente Revolución de Octubre.

También en Santa Gertrudis el 15 de abril de 1922, escribe un artículo en contestación a la conferencia pronunciada en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana por el sacerdote jesuíta español Pelegrín Franganillo Balboa, quien tenía publicados estudios valiosos sobre artropodología y que sobre ellos basaba su prestigio científico, pero que en dicha conferencia que tituló "Las maravillas del cuerpo humano en la luz de la biología," publicada en el Diario de la Marina el 31 de marzo de ese año y después en los Anales de la Academia de Ciencias, se trataban de explicar los fenómenos biológicos por medio de las concepciones metafísicas mantenidas por la Iglesia Católica.

En este artículo que títuló "Comentarios a una conferencia. El anti-Franganillo," refuta una por una todas las ideas en que el sacerdote biólogo apoyó su tesis y demuestra un conocimiento tan acabado del desarrollo histórico del pensamiento científico, materia de la que no le enseñaron nada en ninguna de las cátedras de la Facultad de Medicina habanera, que nos lleva a pensar que estos estudios los realizó por propia orientación en su casa de Banagüises.

Es muy interesante también su carta en que le pide al presidente de la Academia de Ciencias que se publique en los Anales de la institución su artículo de respuesta al de Franganillo, en que al presentir, como lo fue, que no se lo publicaran, le dice: "Si mañana un apóstol del pensamiento libre, solicitase la Academia, para proclamar la necesidad inmediata de la socialización de las fuerzas productivas, en nombre de la justicia y en nombre de las ciencias, la igualdad humana y el derecho de todos los hombres a vivir plenamente su vida material y moral; si esto sucediera, acaso la Academia le cerraría sus puertas en nombre de principios conservadores y caducos, sin embargo, este hombre representa el mañana, y acoge en su seno a quienes hablan en nombre del pasado milenario y de sanción ultraterrena".

En esta etapa de su vida va a ocurrir otro hecho familiar que a nuestro juicio es también determinante en su elección de la especialidad médica que va a seguir. El 25 de noviembre de 1920 se casa con la compañera de toda su vida, Agustina Valdés-Brito Carreras y su primer hijo muere de meningitis tuberculosa. El higienista social del central Santa Gertrudis dedicará el resto de su vida a estudiar y a luchar contra una de las más importantes enfermedades médico-sociales, la tuberculosis pulmonar, de la que dijera el gran Maestro de la medicina interna inglesa y mundial, profesor William Osler, que era "un gran problema social con un solo aspecto médico".

Regresa a La Habana en 1922 y participa, ya instalado en la capital de la república, en el VI Congreso Médico Latinoamericano que se celebra en La Habana, al final del cual le pide al jefe de la delegación argentina, el eminente cirujano y Rector de la Universidad de Buenos Aires, doctor José Arce, que pronuncie una conferencia sobre la reforma en las universidades argentinas y el 4 de diciembre de ese año lo presenta con un formidable discurso en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Esta conferencia se ha dicho que fue la chispa que produjo el gran incendio de la revolución universitaria de 1923.

Sacadas a oposición nuevas plazas de ayudantes graduados, primer escalón de la docencia médica de la época, obtiene una de las correspondientes a la cátedra de Clínica Médica No. 8 y tiene la gran oportunidad de trabajar con quien será su maestro en estos años, el eminente clínico y tisiólogo profesor Luis Ortega Bolaños. Durante los cursos 1923-1924 y 1924-1925 ocupa esta plaza, es elegido por sus compañeros presidente de los ayudantes graduados de la Facultad de Medicina y Farmacia y forma parte de la Asamblea Universitaria.

En estos dos años junto al profesor Ortega Bolaños va a echar las bases de sus conocimientos de clínica médica en general y de tisiología en particular y a desarrollar su extraordinaria habilidad como semiólogo médico.

Pero el luchador social no se detiene tampoco. Desde su llegada a La Habana establece una íntima amistad con Julio Antonio Mella que durará hasta la muerte del líder estudiantil. Junto a él participa en la organización y desarrollo del I Congreso Nacional Estudiantil, al que asiste, a pesar de ser graduado, como delegado de la Asociación de Estudiantes de Manzanillo y por la revista universitaria Juventud, fundada y dirigida por Mella.

En estos momentos históricos de Cuba la atención del doctor Aldereguía estaba puesta, aparentemente, sólo en los problemas universitarios, no obstante estar viviendo la salud pública cubana los momentos de mayor crisis de toda su historia republicana.

Al quedar instaurada la república liberal burguesa el 20 de mayo de 1902, ese mismo día fue nombrado Secretario de Gobernación el eminente médico y patriota, profesor Diego Tamayo Figueredo. En esta secretaría de despacho figuraban los organismos sanitarios y de beneficiencia pública a excepción de la sanidad marítima. El doctor Tamayo tuvo el gran acierto de nombrar al doctor Carlos J. Finlay como Jefe Nacional de Sanidad, Jefe del Departamento Municipal de Sanidad de La Habana y presidente de la Junta Superior de Sanidad de la Isla de Cuba. De esta forma al médico ultrajado en su gloria científica durante la ocupación norteamericana se le reconocía como genial higienista social y se llevaba, en un gesto de reafirmación nacional del doctor Tamayo, a ocupar los cargos más importantes de la sanidad cubana.

Con una austera política, eminentemente científica y fuera de todos los rejuegos politiqueros de la época, condujo el doctor Finlay la sanidad nacional durante la primera república (1902-1906) y la segunda ocupación norteamericana (1906-1909) para acogerse a retiro por edad, cuando dejó constituida el 28 de enero de 1909 la Secretaría de Sanidad y Beneficencia, donde quedaron agrupados todos los organismos de la sanidad terrestre y marítima y las instituciones de atención asistencial médica y de beneficencia pública estatales. Esta fundación reviste además una importancia extraordinaria en la historia de la medicina social, pues fue nuestra Secretaría de Sanidad y Beneficencia el primer ministerio de salud pública creado en el mundo.

Comienza a partir de entonces para la salud pública cubana la que ha sido llamada su "época de oro", pues a pesar de todas las quiebras de la república burguesa supo mantenerse fuera de la poliquitería y realizar una labor valiosa a pesar de los pocos recursos conque siempre pudo contar.

En los momentos que el doctor Aldereguía vuelve a La Habana la crisis económica mundial de posguerra azotaba a Cuba con toda su fuerza y la injerencia norteamericana en nuestros asuntos políticos se producía a diario.

La salud pública cubana sufre entonces una nueva afrenta de la política norteamericana, esta vez en la figura excelsa del patriota y sabio higienista social doctor Juan Guiteras Gener, quien al enfrentarse como Secretario de Sanidad y Beneficencia a las imposiciones del Enviado Especial de los Estados Unidos, general Enoch E. Crowder, hizo que éste presionara al presidente de la república, doctor Alfredo Zayas Alfonso, para que decretara su destitución, la que se produjo en forma de renuncia, que el ilustre sanitario nunca presentó y que desconocía cuando la misma apareció publicada en la prensa.

El doctor Aldereguía sufrió la afrenta en carne propia y tres años después, el 24 de octubre de 1925 al constituirse la Federación Médica de Cuba, estará presente en su primera asamblea plenaria en el Teatro Payret para elegir como su primer presidente, con el voto unánime de más de dos mil médicos cubanos puestos de pie, a quien era un símbolo de la dignidad nacional, el doctor Juan Guiteras Gener y oírle pronunciar con los últimos alientos de su vida, ya que cuatro días más tarde fallecía, que en aquel mundo de mentiras sólo la verdad los haría libres.

Recién terminado el I Congreso Nacional Estudiantil y estrechamente unido a Mella, fundan la Liga Anticlerical, la Liga Antiimperialista y la que será la obra más querida del líder estudiantil, la Universidad Popular José Martí. Y entonces se produce un hecho de extraordinario valor en la historia de la higiene social en Cuba, cuando a sólo tres años de haber fundado el profesor Alfred Grotjahn la primera cátedra de Higiene Social en el mundo, en la Universidad Humboldt de Berlín, funda el doctor Aldereguía en La Habana, en la Universidad Popular José Martí, una semejante con el nombre de Medicina Social la cual imparte durante toda la existencia de la institución de 1923 a 1927.

Es lamentable que el doctor Aldereguía no conservara el programa de la asignatura, ni los apuntes de sus conferencias de todos esos años, pues hoy constituirían documentos de un valor histórico-médico extraordinarios.

En 1925 no concurre el doctor Aldereguía a nuevas oposiciones para conservar su plaza de ayudante graduado de la cátedra de Clínica Médica No. 8, porque ya está fija su atención en una de las plazas de profesor de la recién creada cátedra de Patología, Clínica e Higiene Terapéutica de las Enfermedades Tuberculosas, que demorarán tres años más en sacarse a oposición. Sin embargo, en octubre del propio año 1925 concurre a las oposiciones que se convocan para cubrir una plaza de especialista en tisiología de la Casa de Salud Covadonga del Centro Asturiano de La Habana y la obtiene brillantemente. El profesor Federico Sotolongo Guerra, que las presenció siendo estudiante, me ha contado de la elocuencia y sabiduría de su exposición oral y de la certeza del diagnóstico clínico realizado por el doctor Aldereguía en aquellos ejercicios.

En esta institución permanecerá durante siete años. En ella tiene la oportunidad de aplicar sus conocimientos sobre tisiología y de ganar experiencia en el mutualismo médico. Como representante de dicha casa de salud concurre a la Convención Anual Número Veinticinco de la Asociación Nacional de Tuberculosis Americana que se celebra en la Ciudad de Atlantic City, del 28 al 31 de mayo de 1929 y después asiste al curso de la Escuela del Trudeau Sanatorium y tiene oportunidad además de conocer el funcionamiento y la terapéutica aplicada en los sanatorios de Ray Brook, Stony Wold, Saint Gabriel y Recepción Hospital de Saranac Lake.

La influencia provechosa que recibe de la obra creada por el Maestro de la tisiología norteamericana y continental doctor Edward Livingston Trudeau lo marca definitivamente como tisiólogo, la atención sanatorial del enfermo tuberculoso y su rehabilitación vocacional serán desde entonces los pilares de su pensamiento en el campo de la tisiología. A dicha escuela regresará para graduarse en 1931.

En 1928 se frustra uno de sus sueños más queridos como higienista social. Cerrada la Universidad Popular José Martí y con ella su enseñanza médico-social aspira a la plaza de profesor auxiliar de la cátedra de Patología, Clínica e Higiene Terapéutica de las Enfermedades Tuberculosas de la Facultad de Medicina y Farmacia.

Posee todo lo que debe reunir un profesor de enseñanza superior: conocimientos bien cimentados y actualizados de la materia que va a explicar; cultura general amplia y profunda penetrada de las ideas y de las concepciones de su época; memoria feliz que le facilite exponer con claridad y facilidad sus ideas y una conducta moral, pública y privada, que ayude con el ejemplo a formar ciudadanos en el más alto sentido de esta palabra.

Pero la Universidad de La Habana dominada por la reacción, en plena dictadura machadista y en el propio año en que su profesorado le otorgó al tirano el doctorado honoris causa, por el voto de todos sus miembros menos uno, no podía permitir la entrada del doctor Aldereguía y le aplicó lo que él consideró una zancadilla en forma de un tema inconexo y absurdo, en aquel momento de las ciencias médicas, como era "Lipoides y tuberculosis" para ser desarrollado como clase magistral, haciéndolo denunciar la maniobra en el propio acto del ejercicio y retirarse dignamente, sentando un precedente, que no tuvo semejantes en estas actividades.

En 1930 publica en La Habana su libro Estudios sobre Tuberculosis, precedido de una dedicatoria, en la que se lee: "Al recuerdo de todos los míos que fallecieron tuberculosos." La obra consta de un volumen de 267 páginas en el que se recogen ocho importantes trabajos.

En él están vertidas todas sus ideas sobre tuberculosis en aquel momento, en las que predominan las concepciones más modernas de la terapéutica y la observación clínica. Dos de los trabajos tratan sobre neumotórax artificial que era en esos tiempos el más actual de los procedimientos terapéuticos y en el que llegó a ser un verdadero experto; uno sobre las indicaciones y técnicas del oleotórax o bloqueo oleoso de la pleura; otro en que actualiza todo el tratamiento de la tuberculosis pulmonar del adulto; dos estudios, uno sobre un caso de micosis pleuropulmonar con abscesos múltiples en la piel y otro sobre un caso de linfogranulomatosis; incluye además el informe sobre su estancia en los Estados Unidos en 1929 y las experiencias ganadas y por último su programa de la asignatura de Patología, Clínica e Higiene Terapéutica de las Enfermedades Tuberculosas que presentó en sus oposiciones de 1928 y que había publicado en folleto ese año.

En este último trabajo expone sus ideas médico-sociales sobre la enseñanza de la tuberculosis pulmonar. Allí señala:

"Toda enseñanza médica especializada debe facilitarse y exigirse que su objeto constituya una necesidad social y para ser efectiva, debe capacitar suficientemente al estudiante, frente al problema médico-social que aspira a resolver o mejorar". Afirma después que la enseñanza de la tuberculosis debe ser como un todo y para que sea científica y objetiva requiere "la organización de un Dispensario Laboratorio, necesita las salas de un Hospital General y debe completarse con una etapa de preparación sanatorial, bien mediante internado rotatorio o por asistencia al sanatorio de grupos del alumnado de la Cátedra".

Pero no cree que todo esto dé una visión real del enfermo tuberculoso al estudiante de medicina, "para completar sus conocimientos y hacer profilaxis, debe visitar la casa del enfermo y el taller u oficina donde aquél trabaja" y agrega "así el dispensario se ofrece al alumno como observatorio cientifico y mirador de amplia visión, que permite abarcar todas las perspectivas; así enfocado el caso individual se nos presenta tal y como es, con todos sus contornos y ramificaciones, y en la medida de nuestro adiestramiento va perdiendo la precisión de sus contornos, que lo destacaba desarticulado, personal, para reintegrarlo a su verdadera posición, en el medio social donde actúa y más especialmente en el hogar; así surge a nuestra vista, a la visión dolida del novel higienista, en toda su descarnada realidad la verdadera concepción de la unidad tisiológica; el hogar tuberculoso". Por sobre la concepción sanatorial y dispensarial del tratamiento de la tuberculosis pulmonar el doctor Aldereguía propone como fundamental llevar a la visión del futuro médico la tragedia social del hogar tuberculoso.

Es ésta sin dudas la culminación de su pensamiento médico-social en esta etapa de su vida que se cierra con la caída de la dictadura del general Machado el 12 de agosto de 1933, el hogar del enfermo como verdadera concepción de la unidad de la enfermedad.

Polemista médico-social y dirigente de la salud pública revolucionaria cubana

Con la caída de la dictadura machadista se cerraba en Cuba una de las etapas más cruentas del período republicano burgués. En ella el doctor Aldereguía había empuñado las armas para combatirla, recibido herida de bala en el combate de El Palmar y sufrido prisión y exilio.

Como miembro destacado de la Federación Médica de Cuba, que sostenía una larga lucha contra las instituciones mutualistas desde 1926 por mejoras laborales, renunció su plaza de tisiólogo de la Casa de Salud Covadonga en 1932 en desacuerdo con la solución dada, por el momento, al conflicto y ese mismo año funda con otros médicos, como accionista, la clínica mutualista Instituto Clínico de La Habana, en el que laborará hasta 1958.

Resulta muy interesante conocer el pensamiento del doctor Aldereguía sobre la función social del mutualismo médico en Cuba, estudiarlo en detalle es tarea futura, por ahora basta decir que cuando el conflicto era mayor entre estas instituciones y la Federación Médica de Cuba, el doctor Aldereguía propuso a la Federación como una solución que atenuara el peligro que corrían los enfermos, a la vez que daba salida a la situación laboral de los médicos, la creación de una "Mutualidad Nacional de Asistencia Médica", de la que formaran parte la totalidad de los facultativos federados para darle servicio a todos los socios mutualizables, que pudieran corresponder a una gran parte del pueblo cubano por lo módico del precio de la cuota. Este proyecto fue uno de los primeros intentos por socializar la medicina en Cuba, pero en este caso no por el Estado.

Cuatro días después de la huida del tirano, es nombrado el 16 de agosto de 1933 director del Sanatorio Antituberculoso "La Esperanza", el mayor de Cuba. Es allí donde va a tener posibilidad de aplicar, aunque sea en escala limitada, sus ideas de higienista social. Pero el sabe también por experiencia ganada en las luchas estudiantiles junto a Mella la razón que éste tenía al decir que los males de la universidad eran el reflejo de la sociedad a la que pertenecían y que era inútil por lo tanto tratar de mejorar aquella sin cambiar ésta y que esa solución era la misma para la tuberculosis y no en balde, para cambiarla, había empuñado hasta las armas y estaba en cada momento exponiendo su vida.

Pero no podía perder aquella oportunidad y la supo aprovechar en la medida que se lo permitieron las mínimas posibilidades con las que pudo contar durante todo el tiempo de su gestión. Lo que él encontró en el sanatorio lo dejó plasmado en un artículo que escribió, para que nada se perdiera para la historia, con el título de "El infierno y La Esperanza" y que publicó en la revista Bohemia el 24 de diciembre de 1933.

Con escasos recursos todo lo mejoró en poco tiempo. Se realizaron obras de reparación en la totalidad de los pabellones y casetas, se instalaron servicios para neumotórax artificial, cardiología, metabolismo basal y bacteriología y llegaron los ingresos hasta la cifra de 420 a principios de 1935.

Es interesante conocer en situaciones precarias de la institución la salida que les dio el doctor Aldereguía. En cierta ocasión ante la notificación del acueducto de Calabazar de que le cortaría el suministro de agua al sanatorio por los adeudos del Estado a la compañía, amenazó el doctor Aldereguía con ocupar el acueducto con sus enfermos e inutilizarlo al echar a la taza del mismo un crecido número de escupideras portátiles con su contenido de esputos de los pacientes y lo mismo hizo con el Secretario de Hacienda, coronel Manuel Despaigne, a quién amenazó con desalojar los locales de la Secretaría con la tos y expectoración de sus enfermos, si en un plazo de 48 horas no hacía llegar al sanatorio el presupuesto que estaba aprobado y que demoraban sin causa justificada.

Allí también va a convertir en realidad el sueño que la Universidad le había negado llevar a cabo, enseñar tisiología a los médicos cubanos. El verdadero virtuoso de la semiología y la patología del aparato respiratorio tuvo entonces la oportunidad de crear discípulos aunque fuera por muy corto tiempo.

Su presencia destacada en la huelga de marzo de 1935 le costó su cargo de director del sanatorio, casi perder la vida y un nuevo destierro. De su estancia en "La Esperanza" dejaría dicho:

"Trabajé todo el tiempo como si fuera a ser director toda la vida y viví como si tuviera que irme todas las mañanas, con las manos limpias y la frente alta satisfecho de haber cumplido con mi deber". A pesar de que no regresó jamás a él, su ejemplo perduró siempre y muchos años después uno de aquellos médicos que iniciaron su formación a su lado diría: "Gustavo continuó siendo una sombra benéfica para el Sanatorio".

No ocupó el doctor Aldereguía nuevos cargos de dirección hasta después del triunfo de la Revolución Socialista. Pero desde entonces se convertiría en el más temido panfletario de la medicina social en Cuba.

Como uno de los males más agudos que habían surgido dentro de la organización de la salud pública estatal cubana con el ascenso al poder absoluto de la nación del dictador Fulgencio Batista, estaba la creación de los organismos autónomos, los que permitieron posibilidades infinitas de malversación de los fondos públicos.

A partir de 1936 se fundan el Consejo Nacional de Tuberculosis, la Corporación Nacional de Asistencia Pública, el Instituto Técnico de Salubridad Rural, el Centro de Orientación Infantil y el Patronato para la Profilaxis de la Sífilis, Lepra y Enfermedades Cutáneas, los que se agruparán junto con otros organismos educacionales en el tristemente célebre Consejo Corporativo de Educación, Sanidad y Beneficencia.

Contra los desmanes de estas instituciones, pero muy principalmente contra el Consejo Nacional de Tuberculosis, la pluma de panfletario médico-social del doctor Aldereguía no descansaría durante los siguientes veinte años. Sus artículos, aparecidos principalmente en la revista Bohemia y en el periódico Alerta, frenaron en muchas ocasiones maniobras deshonestas por temor a ser desenmascaradas públicamente. Medio centenar de esos artículos he reunido en estos momentos para ser publicados bajo el título de Letra de Combate.

En 1945 el doctor Aldereguía publica en Bohemia su artículo "A luchar tuberculosos de Cuba", en el que en mi opinión adopta la postura más valiente y radical asumida por un higienista social en toda la historia de nuestro país y muestra la tragedia que entonces vivían los enfermos de tuberculosis en Cuba. En ese artículo antológico les dice:

Nos resta más que una esperanza a mi juicio y descansa, toda entera sobre las espaldas macilentas y rotas de los propios enfermos. Son los enfermos, los tuberculosos, quienes tienen que luchar contra un estado de cosas que no pueden tolerarse por más tiempo; tienen que luchar contra una sociedad abúlica y egoísta que no quiere aprender a preservarse, que protestará lagrimosa y se negará a pagar seguro social; tienen que luchar por su pan, por sus vidas y contra la enfermedad que los agota, que amenaza la vida de sus hijos, que destroza sus hogares. Tienen que luchar contra el Consejo Nacional de Tuberculosis, y no para hacerlo desaparecer, sino para trasformarlo en un organismo que responda a sus finalidades esenciales, luchar contra la tuberculosis sin tregua ni desviaciones politiqueras, a ciencia y conciencia; es decir, con criterio cerradamente científico y honradez absoluta".

Y termina su artículo recalcando sus conceptos:

"La última esperanza de un futuro mejor en la lucha contra la tuberculosis se afirma sobre hombros débiles y enfermos, sobre los débiles hombros de los enfermos tuberculosos y a ellos va mi llamado, mi grito angustiado de cubano, de hombre revolucionario, de médico que les ha dedicado los mejores años de su vida. La palabra de orden es esta ¡A juntarse tuberculosos de Cuba! ¡A organizarse sobre la marcha cubanos tuberculosos! La consigna inmediata: El Consejo Nacional de Tuberculosis a manos de los ex-enfermos y enfermos en capacidad de manejarlo, y, por lo menos, representación paritaria en su constitución y dirigencia, con todos los derechos de voz y voto y prioridad efectiva en todos sus empleos y nombramientos". Este artículo que hoy leemos con verdadera emoción le costó al doctor Aldereguía una acusación ante la Audiencia de La Habana (causa 1296 de 1945).

En 1948 hace un nuevo llamado de unidad a los enfermos con su artículo "Mensaje a los enfermos tuberculosos" y al siguiente año logra fundar la Unión Nacional de Enfermos Tuberculosos y Ex-enfermos (U.N.E.T.E.), la que contará como órgano oficial con la revista mensual UNETE, cuyo primer número apareció en septiembre de 1949.

Este empeño que alcanzó corta vida tuvo un lejano antecedente, también propugnado por el doctor Aldereguía cuando en 1929 creó en la Casa de Salud Covadonga con sus pacientes la Fraternidad de Enfermos Tuberculosos J.G., estas últimas letras las iniciales de José García nombre del pabellón que ocupaba su servicio.

La Fraternidad ilustró a sus miembros en los conocimientos necesarios sobre la tuberculosis, organizó una biblioteca, dió los primeros pasos en Cuba en la terapia ocupacional del enfermo tuberculoso y pudo contar con una pequeña revista.

Pero no sólo su lucha fue contra las instituciones oficiales, lo fue también contra todo aquél que trató de engañar a los enfermos. A finales de 1949 sostuvo una sonada polémica, que hizo época, con el profesor José Chelala Aguilera que defendía el supuesto descubrimiento de un nuevo tratamiento de la tuberculosis y a su autor. El tono del debate se hizo tan violento que la revista Bohemia se negó a publicar el último artículo del doctor Aldereguía, el cual no obstante, fue publicado en folleto por su autor con el título de "La explotación de los tuberculosos. Mi respuesta al profesor Chelala".

En uno de sus artículos en esta polémica el doctor Aldereguía hace una dramática confesión que no podemos dejar de transcribir:

"Me duele la tuberculosis, doctor Chelala, muy hondamente y desde la más temprana infancia; me arrebató a mi madre a los diez meses de nacido y llevo, llevaré siempre, clavada la dolorosa espina, de que fue mi nacimiento la causa determinante de su muerte; me arrebató a mi primer y único hijo entonces, hace veintiséis años, sin diagnóstico posible a su muerte; pero cuya filiación retrospectiva pude establecer más tarde, meningoencefalitis tuberculosa, asistiendo impotente a la muerte de tres personas, dos manejadoras y una cocinera que habían tenido contacto íntimo con él, hasta infectarlo. Me crié y crecí en hogares donde siempre floreció, letalmente, la maldita planta, y, paradojas del contagio, no he sido nunca enfermo, aunque debí morir bien temprano tuberculizado. Después, de hombre y de médico, por vocación, me di a la especialidad con decoro y honradez; jamás me cuidé del contagio, y, cuando acepté por devoción y por deber, la Dirección del Sanatorio "La Esperanza," con un sueldo miserable de noventa y seis pesos, me fui a vivir con mi familia, esposa y dos hijos pequeños en la entraña del Sanatorio." Para agregar más adelante: "He luchado como nadie, por sacar adelante de la podredumbre ambiente y de la politiquería, hedionda y ramplona, que nos asfixia, la lucha antituberculosa, por situarla en los caminos de universalidad, de prestigio y ciencia, que hoy recorre en los países mejor organizados. He denunciado, sin fatiga, con palabra afilada y el látigo restallante de mi pluma, a todos los bribones que se han enriquecido con los dineros de los enfermos, que el pueblo paga para que se inviertan en la atención de los tuberculosos, y no en nombramientos imaginarios que ayuden a politicastros sin escrúpulos, a ganar reorganizaciones mentirosas y a peores menesteres de baja ralea. No le sorprenderá a usted, doctor Chelala, mi posición inquisitiva y limpia, frente a los asuntos que se refieren a la enfermedad tuberculosa; nada que toque a la tuberculosis en nuestra Cuba me es ajeno; todo lo que perturbe, desoriente, lastime o tienda a explotar a los enfermos, más aún de lo que son explotados, humillados y ofendidos, por quienes vienen obligados oficialmente a defenderlos, a velar por el mejoramiento de sus condiciones de vida, me desata en mi condición de hombre, en mi calidad de médico, de revolucionario; en la intimidad de mi fibra cubana". No es extraño que a este luchador formidable lo invitara el Comandante en Jefe doctor Fidel Castro en 1958, por intermedio del doctor Carlos Rafael Rodríguez, cuando ya pasaba los sesenta años de edad, a acompañarlo en la Sierra Maestra. No era al combatiente de Gibara a quien llamaba, era al símbolo de cuarenta años de rebeldía cubana.

Y si una intervención quirúrgica le impidió estar en la guerrilla, la Revolución triunfante contó con sus servicios incondicionalmente desde los primeros momentos, hasta el instante mismo de su fallecimiento.

El 7 de enero de 1959 fue nombrado Presidente Director del Consejo Nacional de Tuberculosis, a finales de ese año Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la República Socialista Federativa de Yugoeslavia, en 1961 Jefe del Subdepartamento de Tuberculosis del Departamento de Control de Enfermedades Trasmisibles, en 1963 Jefe del Departamento de Tuberculosis de la Subsecretaría de Asistencia Médica y más tarde, hasta su muerte, igual cargo en el Viceministerio de Higiene y Epidemiología.

Desde estos puestos podrá hacer realidad su concepto compartido con Etienne Burnet sobre la higiene social y que expone en su trabajo "Epidemiología y Tuberculosis," leído en la I Reunión Nacional de Directores de Hospitales, Dispensarios Antituberculosos y Jefes de Servicios de Tisiología celebrada en La Habana en 1961:

"A la enfermedad social -y lo es la tuberculosis- le corresponde la higiene social que es: 1° una higiene de masas, cuya aplicación no puede ser asegurada por el individuo ni por la familia; 2° una higiene que teniendo en cuenta la desigualdad económica de las clases, en una palabra, el hecho de que hay ricos y pobres, compense las desigualdades desde el punto de vista de la higiene. Se ha podido afirmar que la Higiene Social consiste en la igualización de las clases en relación a la salud". Su labor de dirigente de la salud pública revolucionaria cubana no le impidió realizar su formidable trabajo "Estudio fotoradiográfico del Ejército Guerrillero Cubano," que comprende veinte mil fotoradiografías; publicar su libro en colaboración Estudios sobre tuberculosis pulmonar (1963); escribir artículos polémicos, como entre muchos: "Camagüey y su Tuberculosis," "Con mi nombre no... ¡Granujas!," "La ausencia de La Esperanza," "Del profesor Lipschutz y los estudiantes ausentes," "¡Tú que tal dijiste... a los médicos!," "Biografía mínima de un canalla" o artículos transidos de emoción revolucionaria como: "Pinceladas y ajustes, Cándido Mañana y Mañana," "Girón, símbolo y estrella," "Guevara, comandante de los pueblos" y fundar su obra más querida de esta etapa de su vida, el Instituto Mella de la Universidad de La Habana, institución dedicada al estudio de la vida y obra de su entrañable amigo Julio Antonio Mella.

El 7 de septiembre de 1970, un día como hoy hace veinte años, fallecía en La Habana el más valiente y radical de nuestros higienistas sociales, como un verdadero símbolo de medio siglo de rebeldía cubana.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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