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Cuaderno de Historia No. 84, 1998
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La obra científica y docente del Profesor José E. Fernández Mirabal*

* Discurso leido en homenaje al profesor José E. Fernández Mirabal en el teatro Onicaginal de Melena del Sur el 25 de mayo de 1985.

Introducción

Hace cinco años, la noche del 3 de abril de 1980, las organizaciones políticas, de cultura y el pueblo de Melena del sur en general, le rindieron un inolvidable y merecido homenaje al profesor José E. Fernández Mirabal, una de las figuras más importantes de la medicina cubana en la hora actual e hijo queridísimo de la localidad, con motivo de haber obtenido de manera brillante el grado científico de Candidato a Doctor en Ciencias Médicas.

En aquella oportunidad tuve el honor, como ahora, de ocupar la tribuna en el acto central para hacer el elogio de nuestro admirable y querido coterráneo en nombre de todos los meleneros y en esa ocasión afirmamos que Melena le debía el homenaje no por su último triunfo científico, sino por su vida toda entregada al estudio de la medicina con resultados sobresalientes en el campo de la docencia y de la investigación y por su amor entrañable a su pueblo, al que supo permanecer fiel con su ciencia y con su ejemplo en los momentos de mayor grandeza y peligro de su historia contemporánea.

Le pedimos que se cuidara para que le siguiera dando días de gloria científica a la Patria agradecida y aunque no nos atendió el ruego en la medida en que hubiéramos deseado, hoy, a sólo cinco años de aquel acto, vuelve su pueblo a reunirse para homenajear a su hijo eminente al alcanzar de manera brillante también el grado científico más elevado que es posible lograr en nuestro país, el Doctorado en Ciencias.

En la noche de hoy nos proponemos trazar a grandes rasgos, junto a la tradición científica y revolucionaria de los médicos meleneros, cómo se formó cultural y científicamente el profesor Fernández Mirabal y cómo ha desarrollado su importante obra docente e investigativa en el campo de las ciencias médicas.

La tradición científica y revolucionaria de los médicos meleneros

A pesar de haber sido siempre Melena del Sur, en el pasado, un humilde pueblo de campesinos y trabajadores azucareros, cuya economía dependía exclusivamente de los tres meses de zafra, sus hijos voluntariosos e inconformes con su destino manifestaron en todo momento su rebeldía, al participar activamente en los movimientos políticos y sociales que en el país determinaron cambios históricos, al dejar sembrado de mártires el largo camino de su historia, que van desde Serafín Cantón en las guerras independentistas contra España a Rogelio Perea y Gregorio Arlees Mañalich en la oposición armada contra la dictadura de Batista o al luchar a brazo partido para abrirse paso en los campos de la cultura o de las ciencias.

Por eso no es de extrañar que a raíz de la frustrada revolución de los años treinta, a pesar de su fracaso y como resultado de factores contradictorios, se produjera en Melena un curioso movimiento cultural que tuviera como centro principal el central azucarero Merceditas, actual Gregorio Arlees Mañalich, y como impulsor a su administrador José Cabrera Díaz, persona singular, muy culta, que había profesado en su juventud ideas anarquistas que lo llevaron a la cárcel; que se fundara el club de dicha institución laboral, donde se impartieron conferencias por los más renombrados intelectuales del momento, se ofrecieron conciertos musicales y recitales poéticos; se inaugurara una nutrida biblioteca y se editara una revista, Cúspide, de extraordinaria calidad literaria y modelo de buen gusto en el formato, cuyo jefe de redacción, Félix Muñoz Gilbar, para satisfacción de su pueblo todavía nos acompaña, la cual circularía por todo el país conjuntamente con el periódico de la localidad, "Heraldo de Melena", en el que como en la revista colaboraron importantes figuras de la literatura y de la historiografía nacionales.

En esa época un melenero, Gregorio Delgado Fernández, lograría alcanzar un sillón académico que era junto con la cátedra universitaria las dos posiciones más elevadas de la cultura del país y abriría sus puertas el colegio "La Escuela Nueva", del profesor Agustín Álvarez Ocete, verdadera fragua de espíritus, como pedía José Martí que debían ser los colegios, donde la juventud melenera estudiosa encontró ayuda y aliento a sus ansias de superación y constituyó el puente necesario para llegar hasta el entonces recién fundado Instituto de Segunda Enseñanza de Güines, escalón intermedio para conquistar la tan ansiada y soñada colina universitaria habanera.

Pero de antes, mucha sería la tradición científico-revolucionaria en nuestros médicos. Cuando la Guerra Independentista de los Diez Años estaba en su apogeo, un estudiante de derecho guarero José Ricardo Fresneda, publicó en la prensa habanera un poema que contenía un acróstico en el cual con la primera letra de cada verso se formaba la frase revolucionaria "Hijos de Cuba libertad vuestra patria", que le costó primero la cárcel y después el exilio.

Recién graduado de médico, con brillante expediente académico, vino a ejercer su carrera a Melena el doctor Eugenio Molinet Amorós, donde fundó la sociedad de instrucción y recreo El Liceo, verdadero centro de conspiración revolucionaria, para partir tempranamente a la Guerra Independentista de 1895 de la que regresó con el grado de General de Brigada y el cargo de segundo jefe de la Sanidad Militar Mambisa. Este médico notable, con la huella en su piel de tres años de vida inclemente de guerrillero mambí, desempeñó por breve tiempo, lamentablemente, la cátedra de Anatomía y Disección en la Universidad de La Habana, donde introdujo como libro de texto la célebre Anatomía del profesor Testut, que llegó hasta nuestros días.

Siguiendo las huellas de Molinet partió también para la manigua redentora el doctor Gustavo Pérez Abreu, que ejercía su profesión en Guara y que alcanzó en la guerra el grado de Coronel. Este patriota de limpia vida escribiría años después un libro formidable sobre sus recuerdos en campaña del Generalísimo Máximo Gómez.

Al pasar por las cercanías de Melena la columna invasora del Lugarteniente General Antonio Maceo, otro médico de nuestro pueblo, el doctor Máximo de Zertucha y Ojeda, que había sido alcalde municipal, se incorporaría a ella para llegar a ser hombre de confianza del Titán de Bronce, al que acompañó, con los grados de Teniente Coronel, otorgados por él, en sus campañas de Pinar del Río, con la que se coronó en Mantua la increíble epopeya militar de la invasión desde Baraguá y en las de regreso a la provincia habanera, donde caería el legendario revolucionario cubano en el combate de San Pedro, en Cacahual, teniendo a su lado al médico de Melena, quien tuvo en medio de la fiera lucha la dolorosa tarea de reconocer el cadáver, para más tarde certificar su muerte para la historia.

Terminada la guerra vendría a ejercer su carrera de médico en nuestro pueblo, luciendo sobre sus hombros la estrella de comandante mambí, el doctor Modesto Gómez Rubio, hijo de Isabel Rubio, figura prócer de la enfermería mambisa que pagó con su vida la defensa de sus enfermos en un hospital de sangre de la Cordillera de los Órganos.

En Melena también ejerció por aquella difícil época el doctor Mario García-Lebredo y Arango, quien realizó entre nosotros una extraordinaria labor humanitaria y patriótica, cuando fue decretada la cruel reconcentración de campesinos en los pueblos por el sanguinario gobernador militar español Valeriano Weyler y Nicolau. Este médico llegaría a ser, años después, uno de los investigadores más profundos que dio Cuba en los campos de la Parasitología y la Medicina Tropical, miembro de aquella pléyade de médicos eminentes que como Carlos J. Finlay Barrés, Juan Guiteras Gener, Jorge Le Roy Cassá, Arístides Agramonte Simoni, Antonio Díaz-Albertini Mojarrieta, Diego Tamayo Figueredo, Enrique B. Barnet Roque de Escobar, José A. López del Valle y otros fundaron la Escuela de Higienistas Cubanos de principios de siglo, de renombre internacional.

Con el triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959 al abrirse la posibilidad de desarrollo ilimitado para los científicos cubanos, dos meleneros, el ingeniero José Altshuler, quien ocupara la vicerrectoría de la Universidad de La Habana y la vicepresidencia de la Academia de Ciencias, notable investigador en el campo de la teoría de redes eléctricas y sistemas y el doctor Roberto Hernández Corvo, Profesor Titular de Anatomía y uno de los científicos que confeccionó el programa de investigaciones en el cosmos para el histórico viaje del Coronel Arnaldo Tamayo, primer cosmonauta latinoamericano, fueron los dos primeros cubanos que alcanzaron el grado científico de Doctores en Ciencias, ante tribunales estatales europeos.

Al instaurarse en Cuba la Comisión Nacional de Grados Científicos, en el primer grupo de notables figuras de las letras y las ciencias a quienes se les otorgó el grado de Doctores en Ciencias se encontraba otro melenero, el doctor Arnaldo Tejeiro Fernández, y digo melenero porque a pesar de no haber nacido en nuestro pueblo, a él llegó muy niño, aquí se formó culturalmente y lo unen a nosotros lazos de tan entrañable cariño que lo hacen tan melenero como las palmas de nuestro parque más que centenario, como nuestra vieja Iglesia, como el mausoleo o como la antigua Quinta de los Bernal.

Este epidemiólogo y bioestadístico notable, premio internacional de la Organización Panamericana de la Salud, dos veces especialista de II Grado, Profesor Titular e Investigador Titular, tiene el honor de haber estado entre los científicos que dirigió la campaña antipalúdica que libró a nuestro pueblo del azote malárico, una de las páginas más gloriosas de la medicina en América Latina y logro extraordinario de la Revolución Cubana.

Estos tres científicos y el profesor Fernández Mirabal han colocado a Melena en el primer lugar entre las pequeñas poblaciones del país, en cuanto a número de Doctores en Ciencias, superada solamente por algunas pocas importantes ciudades.

Pero no sólo en el campo puramente científico de la investigación o la docencia se ha movido el médico melenero, cuyo número es cada vez más elevado en la etapa socialista de nuestra historia. No ha habido tarea revolucionaria nacional o internacional por difícil que ésta sea, planteada por nuestra dirigencia, en que no halla estado presente el médico melenero y paradigma de ellos es el inolvidable y querido compañero doctor Raúl Currás, que ofrendara su preciosa vida, llena de ilimitadas posibilidades en el campo de la medicina interna, por la libertad del hermano pueblo de Angola y para quien pedimos en estos momentos de recordación y exaltación de valores, puestos de pie, el callado homenaje de un minuto de silencio.

Dr. Josť Emilio FernŠndez Mirabal (1926-1994)
Figura 14. Dr. José Emilio Fernández Mirabal (1926-1994).

Seguros estamos que el pueblo de Melena que conoce y se siente orgulloso de esta tradición de sus médicos, ve en el profesor José E. Fernández Mirabal, melenero de profundas raíces, por sus méritos científicos, por su labor formadora de generaciones de médicos cubanos y por su firmeza revolucionaria, un modelo ejemplar de esa tradición y en su persona le rinde a ella su más entrañable homenaje.

Y al profesor Fernández Mirabal, a su obra científica y docente, orgullo de todos, es a quien dedicaremos nuestras palabras centrales de esta noche.

Formación Cultural

Muy pocos fueron los meleneros que pudieron completar su educación hasta el escalón universitario en las tres primeras décadas del período republicano burgués de nuestra historia. La única posibilidad de recibir instrucción estaba en la tan sufrida y esquilmada Escuela Pública Cubana que se mantendría en sus funciones por el esfuerzo heroico de sus maestros, que con escasos sueldos y sin recursos materiales para la enseñanza, suplían esto con su vocación y sus sacrificios personales.

A esta Escuela llegaría Fernández Mirabal como tantos otros niños meleneros en medio de la crisis económica de inicios de la década de los años treinta y en ella forjaría las bases de su cultura y de su carácter. Allí comenzó a hilvanar esa larga cadena de sobresalientes, que no se detendría hasta el final de sus estudios universitarios y que comprendió todas las asignaturas de la enseñanza primaria.

Este aprovechamiento general tan elevado no era suficiente para poder alcanzar el ingreso en la segunda enseñanza, era necesario recibir los conocimientos preparatorios que permitieran poder vencer el examen de ingreso sin necesidad de cursar la Enseñanza Primaria Superior, que por otra parte no se brindaba en Melena.

Un joven maestro melenero, enamorado de su profesión, que ejercía en una escuela rural de nuestro municipio y que ya había alcanzado el doctorado en Pedagogía en la Universidad de La Habana, nuestro querido maestro Agustín Álvarez Ocete, vino a llenar con su colegio La Escuela Nueva, ese vacío, punto menos que insalvable, para continuar los estudios secundarios.

Allí, con métodos pedagógicos modernos y dinámicos se cursaba la enseñanza primaria, la preparatoria y se repasaban materias del bachillerato sin que mediara interés económico alguno y eso bien lo sabe la juventud melenera de esa época.

Fernández Mirabal, "Millo", para todos, cursó en él la preparatoria sin costo alguno, e inició con el profesor una relación de padre e hijo que todavía en estos momentos, más de cuarenta años después, aún se mantiene.

La Segunda Enseñanza sería para él continuación ininterrumpida de triunfos académicos. Sobresaliente en todas las asignaturas y tres premios ordinarios sería el balance final de la misma, pero además le abriría el horizonte de la cultura general que le permitiría adentrarse por su cuenta en el conocimiento de la mejor música y la mejor literatura.

A la Universidad de La Habana llega en el año 1945 para emprender la larga carrera de medicina con la perspectiva de que los sacrificios realizados hasta ese momento no eran nada, comparados con los que tendría que realizar en el futuro.

Con libros ajenos o con los de la biblioteca de la Facultad de Medicina, sin profesores repasadores, tan necesarios por lo insuficiente de la docencia universitaria de la época y recorriendo a pie la larga distancia desde la casa de familiares pobres, donde vivía, hasta la Universidad, cursó Millo los cinco primeros años de la carrera.

Pero su expediente de estudios, que tan brillante fuera, le permitió alcanzar sucesivas matrículas gratis y una de las escasas plazas de alumno interno del Hospital Universitario General Calixto García, entonces uno de los dos hospitales docentes del país y para lo que se necesitaban las más altas calificaciones en el expediente.

Esta plaza que se podía perder en el séptimo año, si no se mantenía un alto aprovechamiento académico, fue conservada por Fernández Mirabal los dos cursos finales de su carrera, para terminar en uno de los primeros lugares de su promoción, con treinta sobresalientes en treinta y ocho asignaturas, cinco premios ordinarios y sobresaliente en los ejercicios para el grado de doctor.

La tesis que presentó, "Fisiopatología de la ictericia", una completa revisión de ese tema, no sólo bibliográfica sino también de historias clínicas, mereció que el tribunal que juzgó sus ejercicios recomendara su publicación, lo que se realizó en la revista Medicina Latina en los meses finales del año de su graduación, 1952, y que al año siguiente viera la luz en forma de monografía.

Este expediente le ganó también la difícil plaza de médico interno del primer hospital docente del país y es bueno decir que todos estos honores, ganados con tantos sacrificios, era la primera vez que los lograba un estudiante melenero en la Facultad de Medicina.

Dos años después, en 1954, vencía el tiempo de su internado hospitalario, tan necesario en la formación de todo médico, que en aquella época sólo podían disfrutar los primeros expedientes y que hoy lo obtienen todos los estudiantes de medicina en el último año de su carrera, y se presentaba ante él la prueba más difícil a que podía ser sometido un joven graduado de medicina en aquel entonces, que eran los ejercicios de concurso-opisición para la plaza de médico residente del hospital universitario, lo que le permitía completar plenamente su especialización.

Conocedor de la magnitud del esfuerzo que debía realizar, se preparó Fernández Mirabal concienzudamente para aquella prueba de la que salió victorioso, y en la que tuvo que competir contra los mejores médicos internos de su promoción. El cierre de la Universidad de La Habana a finales de 1956 le mantendría en esa plaza hasta el triunfo revolucionario en 1959.

De esa manera lograba este humilde estudiante melenero no sólo graduarse de médico, carrera que había sido calificada en esa época por un célebre Decano de la Facultad como exclusivamente para ricos, sino que la alcanzaba entre los primeros lugares de su promoción a fuerza de sobresalientes, pasando por el internado y la residencia por oposición, para convertirse en un formidable especialista en medicina interna. Y esto, repito, lo alcanzaba sin tener que viajar al extranjero a pagarse cursos de post-grado, como solían hacerlo los jóvenes graduados de la alta burguesía.

Aquí esta noche se encuentran entre nosotros algunos médicos, compañeros suyos de aquellas jornadas, que lograron también triunfos semejantes y que son hoy brillantes profesores del Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana, como los doctores Fidel Ilizástegui Dupuy, Adolfo Rodríguez de la Vega, Luis Rodríguez Rivera, Mario Escalona Reguera y Roberto Sollet Guilarte.

Son ellos herederos de la vieja escuela de clínicos cubanos que comienza a hacerse sentir a finales del siglo XVIII con el doctor Tomás Romay Chacón, iniciador del movimiento científico en nuestro país y maestro del interrogatorio dirigido, la inspección y la palpación, quien abandonara la enseñanza teórica de la patología en la Universidad para fundar la primera cátedra práctica de clínica médica en el hospital militar de San Ambrosio; el doctor Nicolás J. Gutiérrez y Hernández, introductor del estetoscopio en Cuba a mediados del siglo XIX, y con él la enseñanza de la auscultación, así como el perfeccionamiento entre nosotros de la palpación; los doctores Félix Giralt Figarola, Raimundo de Castro Allo y Francisco Cabrera Saavedra, que brillaron en la clínica a finales del siglo pasado y el último de ellos hasta principios del actual; los doctores Juan Guiteras Gener y Federico Grande Rossi, verdaderos maestros del arte clínico en el primer tercio de este siglo y los doctores Luis Ortega Bolaños y Pedro Castillo Martínez, que consolidaron la Escuela de Clínicos Cubanos en las décadas anteriores al triunfo revolucionario, por no citar sino algunos nombres en la larga lista de las grandes figuras de la historia de la medicina interna en nuestro país.

El espíritu de superación constante que ha guiado siempre a Fernández Mirabal, lo ha llevado en años posteriores y ante nuevos requerimientos de su carrera a tomar siete cursos de post-grado, varios de superación profesoral, perfeccionar su conocimiento del idioma inglés y completar el de idioma francés, para llegar a poder hablar, leer y escribir correctamente en estas lenguas, así como a cursar los dos años de enseñanza superior de Filosofía Marxista-Leninista, al final de lo cual presentó como tema de referat la interesante tesis El origen de la vida en la tierra, que apareció publicada en varios números del Boletín de Avanzada del Hospital General Calixto García en 1977.

Por todo esto no es de extrañar que al crearse en Cuba las categorías de especializados, estuviera él entre los primeros a quienes se les otorgó la más alta, o sea, la de segundo grado.

Labor Docente

Su estancia completa de alumno interno, de 1950 a 1952, la va a realizar Fernández Mirabal en la Sala Clínica Altos, del pabellón Gutiérrez del Hospital Universitario General Calixto García, sede de la Cátedra de Patología General No. 6 y allí va a iniciar su labor docente junto al profesor Raimundo Llanio Navarro, su verdadero maestro en la clínica, que entonces era profesor adscripto de esa cátedra.

Con su plaza de médico interno le llega su nombramiento de instructor de Patología General en 1952 y desde entonces puede dar rienda suelta a lo que constituye quizá su vocación más profunda, la enseñanza de la medicina, y allí comienza modestamente a iniciar a los alumnos de medicina en el fascinante estudio de los signos y síntomas de las enfermedades, junto a la cama del enfermo.

El obtener por oposición la plaza de residente en 1954 lo consolida como instructor y en esas funciones llega al triunfo revolucionario de 1959, en que terminada su larga estancia de cuatro años de residente se le nombra médico asociado a la cátedra de Patología General, con funciones docentes.

Allí será testigo y actor en la lucha ideológica que se entabla dentro del claustro de la Facultad de Medicina en los primeros años de la Revolución, que tendrá sus momentos culminantes a principios de febrero de 1959 cuando se produce el llamado "colinazo universitario" y a finales de julio de 1960, cuando más de setenta profesores reunidos en claustro se declaran en rebeldía contrarrevolucionaria y son suspendidos de empleo y sueldo primero, y separados definitivamente después, por la Junta Superior de Gobierno de la Universidad, lo que unido a las renuncias que se venían produciendo desde los primeros meses de 1959, dejó a la Facultad de Medicina con sólo diez y nueve profesores de los ciento sesenta y uno con que contaba al cerrarse la Universidad en 1956.

Alrededor de dieciséis de esos viejos maestros, pues tres de ellos abandonarían después sus funciones y el país, se gestaría el grupo de nuevos profesores que llenos de entusiasmo y de fe en los destinos de la patria socialista y con la experiencia docente ganada en largos años como instructores, adscriptos o asociados a las antiguas cátedras, forjarían la reforma universitaria de 1962, primer paso en firme en la creación del nuevo tipo de médico revolucionario cubano.

A finales de 1960, cuando tantos abandonaban sus puestos en horas de grandeza y peligro, Fernández Mirabal presenta su documentación y obtiene por concurso la plaza de profesor agregado interino de Patología General, verdadero primer escalón en el profesorado universitario de la época. Un año después, cambiado el nombre de la asignatura, primero por el de Semiología y después por el de Propedéutica Clínica, ascendía a profesor auxiliar.

Integradas todas las materias de clínica en el Departamento de Medicina Interna, su labor docente en éste será verdaderamente agotadora. En su sala de Clínica Altos, del Hospital General Calixto García, enseñaba, al lado del enfermo, semiología a los alumnos de tercer año y medicina interna a los de cuarto y quinto, y en el salón de clases, con sus conferencias magistrales, los informaba de la materia del programa de ambas asignaturas.

No sólo se circunscribía su enseñanza a esta labor. Dado el nuevo profesorado a la tarea de confeccionar textos actualizados, más acordes con los objetivos de los programas encaminados a la formación de un médico distinto, Fernández Mirabal colabora con el profesor Raimundo Llanio en la confección del Manual de Historia Clínica y de los dos tomos de Propedéutica Clínica, aparecidos en 1963, primeros libros de texto escritos por la entonces nueva generación de profesores revolucionarios; lo mismo hará después con la segunda edición de ese último libro y dos años más tarde con el nuevo texto de Propedéutica Clínica y Fisiopatología.

Pero era necesario llevar la enseñanza de la medicina a otras universidades para facilitar su estudio en toda la isla. El entonces ministro de salud pública, comandante doctor José R. Machado Ventura, el hombre que dirigió la transformación de la medicina cubana burguesa en nuestra actual medicina socialista, pidió a la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana que sus profesores colaboraran en el desarrollo de la recién fundada Facultad de Medicina en la Universidad de Oriente.

Entre los que prontamente se incorporaron a la docencia en la segunda Facultad del país, en lo que se llamó Plan Santiago, estuvo el profesor Fernández Mirabal, allí como en La Habana, no se circunscribió a la enseñanza práctica y teórica de su asignatura, sino que fue colaborador en la primera edición del libro del profesor Reinaldo Roca Goderich, Temas de Medicina Interna, y años más tarde en la edición definitiva, en tres tomos, de este mismo libro.

En 1978 llevaría también su enseñanza durante seis meses a la Facultad de Medicina de la Universidad de Pinar del Río, en el Hospital Clínico Quirúrgico de esa ciudad, para ser de los que iniciaron esas labores en el joven alto centro docente.

Su actividad incansable dentro de este campo en los últimos veinticinco años incluye además de lo dicho: quince cursos de pre-grado sobre "Coagulación de la sangre" y diez sobre "Agua y Electrolitos", todos en el Hospital Calixto García, más de treinta de post-grado impartidos en distintas instituciones científicas del país para médicos residentes, especialistas y profesores; la publicación por la Editora Universidad de La Habana de sus monografías, Agua y Electrolitos (1966) y Trastornos del sistema hidromineral (1969) y por el Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana su libro Trastornos del sistema hidromineral y del equilibrio ácido-básico (1977); ha asesorado dieciséis trabajos de investigación estudiantil y doce tesis de especialización, formando parte desde su creación de numerosos tribunales de estado, anualmente, para los exámenes de especialistas.

Esta brillante carrera docente se vio coronada desde 1977 con la más alta categoría de la enseñanza superior en Cuba, la de Profesor Titular.

Labor Investigativa

Si brillante ha sido su labor como profesor, no menos lo ha sido como investigador y publicista médico.

Como ya se dijo antes, el mismo año de su graduación apareció publicada en la revista Medicina Latina su tesis de grado y al siguiente verían la luz sus tres primeros artículos científicos productos todos de su naciente labor investigativa: "Ulcera gastroduodenal e insuficiencia coronaria" y "Neumonía por aspiración de gasolina", ambos en la revista Archivos del Hospital Universitario, de la que era miembro de su comité editorial y "Adenocáncer con cirrosis" en la Revista Cubana de Gastroenterología.

Estos trabajos así como las decenas que publicará después en revistas nacionales y tres en revistas extranjeras llevarán las características que le pedía el sabio histólogo español don Santiago Ramón y Cajal que debía reunir todo trabajo científico: tener algo que decir producto de la observación o la experiencia del autor, decirlo con concisión y claridad y no decir nada más.

A partir de 1954 en que aparece en la Revista Cubana de Gastroenterología su trabajo "Las hemorragias digestivas como complicación de la cirrosis hepática", el tema de la coagulación de la sangre va a constituir el principal objetivo de sus investigaciones.

El producto de estos estudios aparecerá publicado en trece artículos científicos, en sus monografías Concepto de la coagulación de la sangre. Las discracias sanguíneas (1965) y Coagulación de la sangre, primera edición en 1967 y segunda en 1970 y en su libro La coagulación de la sangre (1975). De esta última obra se vendieron durante el IX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, celebrado en La Habana en 1978, varios miles de ejemplares en pocos días y algo después apareció a la venta en la Unión Soviética, Bulgaria, Perú, Venezuela, España y República Dominicana, anunciándose en revistas cubanas internacionales como Cuba y Prisma.

Esta enorme experiencia ganada a lo largo de veinticinco años de estudio de la coagulación de la sangre constituyó el tema de su tesis, para la Candidatura al Doctorado en Ciencias Médicas, modalidad libre, presentada con el título de Trastornos de la coagulación de la sangre el 27 de diciembre de 1979, ante un tribunal presidido en La Habana por el profesor Abelardo Buch López.

Un lustro más tarde el resumen de su experiencia alcanzada en treinta años en dichos estudios, presentado como una nueva tesis con igual título, lo llevaría el día 21 de diciembre del pasado año, 1984, a defender por primera vez en Cuba una tesis para la obtención del Doctorado en Ciencias Médicas, en el Anfiteatro del que ha sido escenario de estas investigaciones, así como de toda su brillante carrera médica, el Hospital Clínico Quirúrgico Docente General Calixto García, ante un tribunal presidido por el profesor Adolfo Rodríguez de la Vega.

Otro tema, el de los electrolitos y sus trastornos en el cuerpo humano, ha sido motivo también de sus investigaciones y al igual que el de la coagulación de la sangre ha ascendido por la misma escala, primero al dar a conocer sus estudios en numerosos artículos, después en monografías como Agua y electrolitos (1969) y Trastornos del sistema hidromineral (1969) y finalmente en el libro Trastornos del sistema hidromineral y del equilibrio ácido-básico (1977).

Al crearse en 1968 el Grupo Nacional de Medicina Interna en nuestro Ministerio de Salud Pública, Fernández Mirabal, fue escogido para integrarlo y en él ha figurado hasta el presente. Este grupo ha tenido como principales tareas la normación y fiscalización de los tratamientos en medicina interna.

Para lo primero, la colaboración de Fernández Mirabal ha sido decisiva en la confección del libro Normas de Medicina Interna (1968) y en la edición de 1976 se expone en el prólogo la importancia de su colaboración y revisión técnica y hasta estos momentos es ella una tarea permanente.

Para lo segundo, sus visitas a los hospitales y policlínicos de todo el país han sido constantes, porque es bueno decir que estamos en presencia no de uno de aquellos científicos y profesores encerrados en la "torre de marfil" de su laboratorio o de su cátedra, como abundaron en Cuba en el pasado, sino ante un hombre de ciencias que lleva sus conocimientos no sólo a encumbrados congresos científicos, sino hasta las jornadas científicas que se celebran en los más apartados lugares del país y esto lo prueba el saber que ha estado en más de cien eventos a lo largo de toda la isla, así como en diecisiete internacionales, que incluyen a Bélgica, Finlandia y Bulgaria.

Otros libros a cuya confección ha prestado su valiosa colaboración lo son Temas de actualización en medicina interna (1974); Manual de procedimientos de diagnósticos y tratamientos en medicina interna (1984), en este último como autor principal; Programa del médico general integral, ya terminado en estos momentos y de cuyo colectivo de autores forma parte, al igual que del Tratado del médico general integral, en proceso de elaboración. También es autor de varios capítulos para un nuevo libro sobre Agua y electrolitos, actualmente en preparación.

Pertenece a una sociedad científica internacional y a cuatro nacionales, entre ellas a la Sociedad Cubana de Medicina Interna, de la que ha sido vocal, vicetesorero, secretario y desde 1970, ininterrumpidamente su presidente por elección.

También ha sido el presidente del comité organizador de todos sus congresos científicos nacionales.

Valoración Integral

Abruma verdaderamente seguir, aunque sea a grandes rasgos, la extraordinaria labor científica de este profesor que ha abarcado a plenitud lo asistencial, docente e investigativo, que no ha descuidado en ningún momento su superación personal, que ha dicho presente a cuantas tareas científicas o administrativas le ha planteado nuestro Ministerio de Salud Pública, que ha viajado en esas funciones a numerosos países extranjeros y que ha dado siempre el ejemplo de alcanzar sus metas científicas por los caminos más incómodos, sin desentenderse de su completa integración a las tareas revolucionarias y políticas de su centro laboral y del país, a través de sus organizaciones sindicales, de masas y de milicias.

No podemos dejar de apuntar un hecho que retrata la voluntad inquebrantable de este trabajador de las ciencias médicas y es que a pesar de sufrir desde 1980 de grave dolencia cardíaca que lo ha obligado en varias oportunidades a ser hospitalizado, ha mantenido un ritmo de trabajo difícil de igualar y que en el último período de doce meses, en el que tuvo necesidad de ser atendido en una sala de cuidados intensivos, su labor docente en conferencias, cursos, asesorías, tutorías y tribunales, su presencia destacada en eventos nacionales e internacionales y sus publicaciones le han ganado la admiración de todos.

Melena del Sur ha hecho bien en repetir este homenaje de reconocimiento y cariño al hijo eminente, en quien ha visto siempre no sólo al científico que es orgullo de la localidad y de toda nuestra medicina, sino al hijo encariñado con su pueblo al que ha sido fiel en todo momento y que lo seguirá siendo hasta las últimas consecuencias, no importa las nuevas escaladas que los enemigos de la humanidad lleven a cabo contra él.

En nombre de todos los meleneros le pedimos al profesor Fernández Mirabal*, como hace cinco años, que cuide su salud para que le siga dando días de gloria científica a la Patria agradecida y le ofrecemos este homenaje como figura ejemplar de nuestra larga tradición médico-revolucionaria.

* El profesor José E. Fernández Mirabal falleció en su querido Hospital Clínico Quirúrgico Docente General Calixto García de La Habana, el 4 de marzo de 1994. Al siguiente día fue inhumado en el Cementerio de Melena del Sur y las palabras de despedida de duelo fueron pronunciadas por el doctor Gregorio Delgado García.

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