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Comentarios finales

Desde los inicios de las concesiones del Premio Nobel de Fisiología o Medicina el comité encargado de otorgarlo en el Real Instituto Médico-quirúrgico Carolino de Estocolmo valoró el descubrimiento del doctor Carlos J. Finlay como un seguro merecedor de tal galardón, pero por una insuficiente información se nominaron en 1903, a los miembros sobrevivientes de la IV Comisión del Ejército Norteamericano para el Estudio de la Fiebre Amarilla, entre ellos al doctor Agramonte.

El doctor Ronald Ross con un mayor conocimiento de la historia del descubrimiento propuso a los doctores Finlay y Carter para el premio de 1905 y se mantuvo la nominación hasta 1907. En ella quedaba fuera la Comisión Americana.

A partir de 1912 se propuso al doctor Finlay con el doctor Agramonte en representación de la Comisión Americana y se excluyó al doctor Carter. Esta nominación se mantuvo hasta la muerte del sabio cubano en 1915 sin que lograra el premio, a pesar de que el ponente lo era el doctor Laveran, una de las cumbres de la medicina mundial y desde París, el centro de las ciencias médicas en aquellos momentos.

Tengo la convicción de que de haber vivido el doctor Reed en 1903 se le hubiera concedido a los tres miembros sobrevivientes de la Comisión Americana y así se hubiera agregado un nuevo baldón a los premios Nobel y cometido una injusticia más con el genial investigador cubano. De haber vivido un miembro norteamericano de la IV Comisión, es muy posible que a partir de 1912 lo hubiera recibido compartido con los dos médicos camagüeyanos, con mayores posibilidades que de haber estado solamente los dos cubanos.

Éstas desde luego, son sólo conjeturas, pero la realidad dolorosa para todos los cubanos es que el doctor Finlay constituye una de las grandes ausencias del Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

Sobre los doctores Castellanos y Pereira es evidente que a juicio de los miembros del Comité para el Premio Nobel de Fisiología o Medicina la importancia de su descubrimiento quedó comprendida en el lauro otorgado en 1956 a los doctores Forssmann, Cournand y Richardson por el inicio y desarrollo de la exploración instrumental intracardíaca.

En el caso de Alejo Carpentier dolorosamente la muerte le jugó una mala pasada, como pudo haber ocurrido a Ernest E. Hemingway si hubiera fallecido en el accidente de aviación que sufrió en 1954 sobre el territorio de la actual República de Uganda en África Oriental, unos meses antes de que se le concediera el premio ese mismo año.

Por último no creo que la fundamentación que avala la propuesta de monseñor Boza Masvidal tenga el peso suficiente como para merecer el Premio Nobel de la Paz, en un mundo tan necesitado de algo más que buenas intenciones para lograr una paz real en conflictos regionales o a escala internacional, basada en la justicia social y en el respeto absoluto a la libre determinación de los pueblos.

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