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Un dia especial

Reinaldo Verona Bonce

Desde muy pequeño, escuchaba a mi abuelita decir: “Se está casando la hija del diablo”, cuando la lluvia retoza caprichosa con los rayos del sol y colorea el atardecer.  Acá, donde vivo desde hace unos meses, esto ocurre todas las tardes. Lo agreste de la naturaleza, lo remoto del lugar y el sofocante calor, simulan una caldera en ebullición. Los días lucen interminables, amanece bien temprano y llega la noche acompañada de niebla; el lomerío de graciosa mezcla tornasol que se vislumbra en el horizonte, desde mi ventana, se torna entonces digno de admirar.
Este paraje de la Guyana Británica, se llama Mabaruma, en el  río  Barima–Waini, fronterizo  con el Delta Amacuro  venezolano, es de difícil acceso y no existen salidas por carreteras; la comunicación es a través del río utilizando botes o avionetas, sobrevolando extensas selvas y pantanos. No tenemos fluido eléctrico, obtenemos la energía de una planta local, que nos suministra  la corriente durante cuatro horas diarias en días normales y que se extiende hasta las doce de la noche en los fines de semana  o en días festivos.
Como en el cuento de hadas de la Cenicienta, a medianoche, se rompe el encantamiento, cesa la bendición de la luz y sólo nos acompañan en lo adelante los sonidos típicos de las campiñas, rugidos de animales salvajes o el sonido  lejano de algún bote de motor,  deslizándose por el delta, en la tranquilidad de la noche.

La estancia en región uno, de extrema pobreza, se hace titánica, la población  es predominantemente de amerindios y negros, el idioma con sus dialectos y el no tener señal de radio o televisión, hacen el medio de por sí  adverso, casi intolerable.
Soy el único médico en esta extensa área, de diferentes etnias, que asciende a unos veinticinco mil pacientes. Esta es una noche distinta, tensa, aprovecho las horas escasas de corriente para escuchar música grabada, disfrutar la dicha de un ventilador y leer, privilegio  del que no puedo gozar a menudo.

Mañana es Día de las Madres, segundo domingo de mayo  y en esta fecha significativa, la lejanía de los seres queridos  y el no poder enviar tan siquiera un mensaje o realizar una breve llamada, hacen que nos invada la nostalgia. Tocan a mi puerta insistentemente y se aguzan mis sentidos, los golpes y la hora inapropiada, me regresan a la realidad, salvo rápidamente la distancia que me separa de la puerta de entrada y encuentro tras el umbral, la ya familiar cara de uno de nuestros porteros, que en noches como esta, cuando me visita, es regularmente portador de malas noticias.

Afuera está oscuro y llueve, debo  ir al hospital, del que me separan unos cuarenta metros. Calzo mis botas de agua y recojo mi inseparable linterna, pues en  el camino nos puede sorprender una rana gigantesca, arañas o serpientes venenosas, que acechan  por doquier.
Las enfermeras obstétricas me localizaban, desde hace un  rato se enfrentan a un parto complicado, una nativa  malnutrida, procedente de río abajo, llegó en  canoa de una comunidad amerindia llamada Yarakita. Lleva varias horas en trabajo de parto, presenta hemorragias profusas, la cosa es seria.
Aquí no contamos con servicios de laboratorio, ni ultrasonidos para apoyar nuestro pensamiento médico. Al entrar al pequeño saloncito, veo una adolescente que yace en una mesa de partos, es de baja talla, su complexión es escuálida, sus  ojos se muestran  vidriosos. Las gotas de sudor perlan su frente y  su cuerpo desnudo es el resultado de una infancia dura, la miseria en la que le ha tocado crecer, ha dejado honda huella, sus costillas andan cargadas de mucha hambre y malos tratos. Su tez  pálida denota gravedad, habla en mal inglés, mezclado con dialectos indígenas, por lo que el interrogatorio aporta poco.
Al chequear sus signos vitales, encontramos ya establecido el shock hipovolémico, al examen ginecológico se observa un bracito exánime, de color violáceo que emerge  a través de la vulva, la altura uterina es  considerable y hallamos dos focos fetales, con latidos fuertes y rítmicos, lo que nos agrava la situación.
Estamos enfrentando un parto  gemelar, acá no se detectan pues no cuentan con asistencia primaria  y no existe el control prenatal, la posibilidad del ultrasonido diagnóstico o el rayos- x es para ellos, una quimera.

La cesárea es inminente y la remisión debe ser rescatada por avioneta, las coordinaciones se hacen  con las oficinas del Viceministro de Salud, en la capital, a través de la  planta de radio. Allá  valoran la magnitud de la urgencia, las posibilidades reales de supervivencia y entonces tras el diálogo, aprueban o no, el rescate aéreo.
Se canalizan dos venas periféricas  y se administran soluciones cristaloides, seguidas de expansores del plasma, para reponer el volumen necesario. Utilizamos aminas presoras, para elevar la tensión arterial, y le colocamos las piernas  por encima del nivel de la cabeza, lo que favorece la  irrigación cerebral, el retorno venoso al corazón y por tanto compensamos el déficit de oxígeno. Con la ayuda de las enfermeras, ora un pie, luego un hombro, la mitad del cuerpo, vamos avanzando en nuestros propósitos de extraer el feto, antes de que sobrevenga la muerte por asfixia. Nos sorprende en esta tarea el consabido apagón, desde este momento, al filo de la medianoche, Desmond y Salvador, los porteros del hospitalito, diligentes se unen  al grupo, con sendos faroles de carretero y una lámpara recargable de 40 W que se coloca detrás de nosotros para mejorar la visibilidad.
Tras dos horas de esfuerzos, que me resultaron una eternidad, logramos el alumbramiento, de una hembra de más de cuatro libras de peso, deprimida, a la que envolvemos en una camisola aportada por una de las familiares, tras las mensuraciones iniciales. La hemorragia se ha controlado, aún se nota deteriorada, pero sus parámetros hemodinámicos han mejorado notablemente. Unos minutos más y habría tenido un desenlace fatal, el río turbulento y las intensas lluvias retrasaron la travesía  y prolongaron el sufrimiento de la chiquilla.
Quedaba otra criatura y el tiempo estaba en contra nuestra, ya habíamos hecho todo lo humanamente posible, teníamos una preciosa niña, las medidas de apoyo vital eran efectivas y teníamos una buena respuesta al shock, le estábamos ganando la batalla a la muerte

Se autorizó por el Ministerio  de Salud enviar una avioneta Cesna, pequeña, parecida a las del turismo, equipada con una incubadora y oxígeno, entre otras cosas. Viajaban una  enfermera profesional y un piloto experimentado, para realizar el aterrizaje de emergencia. El  aeropuerto de Mabaruma es un campo de entrenamiento de las fuerzas armadas guyanesas, completamente a oscuras, bordeado por un abismo. Otro elemento adverso se interponía: las condiciones climáticas imperantes, la lluvia vespertina se había hecho dueña y señora de la noche, desde temprano la pista se encontraba anegada en agua, en estos momentos era un pantano y la visión era casi nula, lo que aumentaba el riesgo de accidentes.
Jamás olvidaré la delgada y fría mano  de la joven, estrechando la mía, aferrándose a ella como si se sujetara a la vida  que la abandonaba, sus ojos suplicantes y su voz en un  susurro, pidiendo por Dios que no la dejaran morir, que la salvaran. Luchaba contra mis sentimientos para no flaquear  y perder el control de la situación. Tratábamos de tranquilizarla con frases de cariño, mientras seguía la batalla contra el shock.

Eran cerca de las tres de la madrugada, el ruido inconfundible de un avión, devolvió a los presentes la confianza, hubo sonrisas en los rostros del personal de guardia. Decidimos que acompañaría a la paciente hasta la capital una de las enfermeras más hábiles, calificada en obstetricia y perinatalogía, que manejaba  un perfecto inglés y los dialectos.
Colocamos  a la paciente en una camilla, cubierta con sábanas y una lona para protegerla  de la lluvia torrencial y evitar  así la hipotermia, pues el trayecto hacia el improvisado aeropuerto, lo haríamos en una camioneta pickup, sin techo.

Estábamos temblando por el frío y la humedad, hicimos el recorrido en silencio, loma arriba, unas dos millas. Durante ese  tiempo, podíamos ver las lucecitas del avión  que hacía maniobras volando, en círculos sobre Barima Hill. Las autoridades locales  colocaron dos camiones y un tractor en el terreno, los cuales alumbraban con sus focos el  centro del campo, varios soldados que sostenían  linternas en su diestra, se colocaron bordeando la pista, para realizar señales y de esta forma  ayudar a la  orientación del piloto.

Las maniobras se prolongaron por aproximadamente veinte minutos hasta poder contemplar  la avioneta, alejándose con su preciada carga. Se recortaba su figura contra el cielo adornada por lucecitas parpadeantes, mientras el tiempo mejoraba paulatinamente. Ahora  el amanecer era hermoso, yo permanecía  allí de pie, calado hasta los huesos por el agua, disimulando la humedad de mis  mejillas, lágrimas que no podía evitar y que limpiaba con el dorso de mi mano, evitando las miradas indiscretas. Ya estaban los pobladores entonando sus cantos, comenzando sus rutinas diarias cuando regresamos al hospital, al fin pude respirar tranquilo, era domingo.
Recordé que era Día de las Madres, me sentía cansado. Al filo del mediodía, al terminar la misa en la iglesia del poblado recibimos la noticia  de que la cesárea fue exitosa. La otra gemela pesó casi cinco libras y estaban ambas en perfectas condiciones de salud, mientras la madre  permanecería unos días recuperándose, pues requirió transfusiones de glóbulos rojos, su condición era estable y el pronóstico favorable.
Una de las enfermeras de nuestro hospital y  que venia en el grupo de feligreses, comentó en voz alta, que era un milagro de Dios: ¨El Señor había salvado sus vidas.” Yo dije en tono serio, pero no hiriente: ''Es verdad, no soy cristiano y no voy a entrar en discusiones de teología, pero por acá llegaron los médicos cubanos, sin cobrarles un centavo, para cumplir con un hombre al que no le podemos fallar y por el sueño de alguien, médico también, argentino y de todas partes...
Ella me miró asombrada, tal vez no todos los asistentes comprendieron, pero reconocían el esfuerzo  realizado durante horas para salvar aquellas criaturas. Todos callaron y ninguno sostuvo la fuerza de mi mirada. En ese Día de las Madres, Vanitta, la amerindia, no tendría postales, ni ramos de flores, pero tuvo el mejor regalo que podía recibir en su aun corta existencia, la dicha de  tener unas hermosas hijas, que alegrarían su vida de ahora en lo adelante.
Han pasado varios días, hoy en la mañana  recibí una agradable  e inesperada visita. Era la muchacha de aquella noche, con su  hermosa prole y la anciana madre. Vestían sus mejores atuendos, la formalidad de la visita al doctor, propia de las gentes de campo; se notaba aun débil, pero su aspecto era totalmente diferente, ella podrá en un futuro tener nuevos niños. Ahora volvió a apretarme la mano, pero de otro modo, si antes fue con desesperación, en esta ocasión, por  agradecimiento. Ella les contaría a sus hijas cuando crecieran de lo sucedido, del milagro de contar con un médico en aquel lugar, lo más parecido al Macondo, de García Márquez, que ustedes puedan imaginarse. Sus ojos ahora expresaban ternura infinita  y me dijo con dicción excelente: ''Gracias doctor”, sobran las palabras.
Me llenó de emoción conocer que una de las niñas lleva por segundo nombre Gabriela, el  mismo que el de mi  princesa, que me espera en mi Cuba, feliz, llena de esperanzas, sin la más mínima  preocupación por su salud o su futura escuela, con todas las garantías de una  infancia plena. Recorrí lentamente todo el largo pasillo, que separa  la puerta trasera del hospital hasta  mi casa dentro del compound.
Me sentía satisfecho, como el hombre nuevo caminando hacia el porvenir. Vino a mi mente el título de un libro ruso bien asimilado en mi ya lejana pubertad  ''Así se forjó el acero''. Mi misión apenas comienza, por acá estaremos  un buen tiempo enfrentando situaciones inusuales, diversos peligros, dando lo mejor de mí.

Tanto mis colegas como  yo nos hemos convertido en embajadores de la ternura y el consuelo, en cualquier punto de la geografía, por remoto que este fuere..... Estas cosas ayudan a superar la nostalgia, el calor sofocante, la oscuridad. Todas las mañanas al levantarme hago un breve balance de lo vivido y me digo: '' Vale la pena'', respiro hondo y salgo  a caminar. A encontrarme con lo desconocido, siempre alegre, con mi estetoscopio como única arma, mientras en el medio Oriente, otros blancos de piel, como yo, empuñan un fusil y ponen una bala o un misil donde nosotros ponemos amor. Estamos convencidos de asumir cualquier tarea, por dura que esta sea, sin miramientos; porque sólo en una sociedad como la nuestra, que nos ha enseñado a pensar, se aprende a curar… con el corazón.