<<Ultimos Números Números Anteriores>>

<<Artículo Anterior <<Tabla de Contenido Artículo Siguiente>>

Facultad De Ciencias Médicas

“Jose Assef Yara” Ciego de Avila

 

Papel de la mujer cubana como enfermera en las guerras de independencia.

Main role of the cuban woman as a nurse in our independence wars.

 

Kenia Téllez Frandín(1), Grisell Maria Gutiérrez(2), Susana Maria  Hernández Rodríguez (3), Hilaria Benítez Díaz(4)  

Resumen

El siguiente trabajo demuestra de forma clara y sencilla el papel desarrollado por la mujer cubana en labores de enfermería en nuestras guerras de independencia, evidenciado a través de algunas de las principales figuras. Las mujeres mambisas a riesgo de sus propias vidas prestaron de forma abnegada la asistencia médica sanitaria, cuidaron y alimentaron a los heridos y enfermos en los hospitales de sangre, brindando consuelo y prodigando cuidados esmerados a los bravos combatientes de la patria, desafiando toda clase de peligros, con entereza y gallardía imponderables. Se utilizaron algunas fuentes bibliográficas que abordaron este tema.

Palabras clave: ENFERMERAS, HISTORIA.

 

1.      Especialista en Medicina General Integral. Profesor asistente.

2.      Especialista en Pediatría. Profesor asistente.

3.      Especialista en Medicina Interna.

4.    Licenciada en  Enfermería  

Introduccion

La tradición de lucha de la mujer cubana arranca desde los primeros brotes de rebeldía surgidos en nuestra tierra frente a la crueldad del conquistador y al látigo de los esclavistas. La mujer cubana ha jugado un  destacado papel en las distintas esferas de la vida social y ha demostrado firmeza, valor y abnegación en las luchas de nuestro pueblo por conquistar una vida mejor. Nuestras mambisas en las guerras de independencia mostraron un valor, una decisión y una abnegación dignos del mayor elogio y no pocas dejaron su vida en campo insurrecto, incluso fusiladas por el ejército español.

Se calcula que una veintena de luchadoras alcanzaron los grados de capitán del Ejército Rebelde, la mayoría otorgados por dos de nuestros más exigentes jefes del Ejército Libertador: Máximo Gómez y Antonio Maceo, lo que significa que verdaderamente fueron merecedoras de tan elevado rango militar. 

Fueron nuestras mambisas en la gesta libertadora la voz alentadora, el corazón enérgico, el patriotismo intachable, la mano fiel y tierna dispuesta a empuñar un machete, a llevar un mensaje por los lugares más intrincados sin tan siquiera sentir el más mínimo temor y de ser en la manigua la enfermera o el médico.

En las guerras de independencia la mujer supo sufrir con estoicismo todos los dolores para prestar servicios de enfermera y que muchos heridos y enfermos no solo tuvieran una abnegada asistencia sino también una noble mano que cerrara los ojos de nuestros mártires.

La mujer cubana va creciendo a cada paso con las transformaciones que advierte este siglo logrando atravesar barreras y darse a ocupar un lugar en la historia, viéndose ante todo en su lucha por la esclavitud, el colonialismo español y el propio imperialismo. Muchas con un espíritu de amor y de lucha, inspirados en el ejemplo de Rosa La bayamesa, Concha Agramante, María Cabrales, Bernarda Toro, Isabel Rubio, Mercedes Sirvén, entre otras, las cuales han sido fuente de inspiración para la realización de este trabajo.  

Desarrollo

En la guerra de los diez años cada patriota pensó en el mejor modo de servir a la causa redentora, las mujeres partían con sus esposos e hijos a los campos insurrectos. El jefe del Estado Mayor de la república en armas General Federico Fernández Cavada a principios de 1868 dijo: “Nuestras mambisas merecen el aplauso y la simpatía de todo corazón sensible y generoso, escondidas en lo más oscuro de los bosques, sufriendo hambre, desnudez y enfermedades, expuestas a la cólera brutal de una soldadesca inhumana que las persigue sin tregua y las maltrata sin piedad. Por alguna razón se ha dicho que ésta es la guerra de las mujeres” (1, 4,6).

 

Concha Agramonte: Nacida en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy ciudad de Camaguey. Brindó desde un inicio una valiosísima ayuda a los cubanos comprometidos en la lucha, en su hogar se conspiraba, protegía y daba aliento a los patriotas. En ella encontraron albergue los comprometidos que desde La Habana acudían con la intención de ir al campo insurrecto. Entre ellos se encontraban los hermanos Sanguily, Rafael Morales, entre otros. Sumado Camaguey al grupo separatista de Céspedes con sus hijos acompañó a su esposo a la manigua. Con sus labores de enfermería investigaba y curaba a los heridos y necesitados de su atención muchas veces puso en peligro su vida en el campo de batalla rescatando a los heridos. Sorprendida por las fuerzas españolas obtuvo un salvoconducto y logró exiliarse con sus hijos pequeños dejando a los mayores en la manigua. Regresa a Cuba luego de la muerte de su esposo Francisco Sánchez Betancourt. Se incorpora a la manigua, sigue su labor, sirve de intermediaria entre los mambises y los familiares. A los 65 años de edad fue encarcelada y trasladada a la casa de recogidas. Muere el 24 de agosto de 1992, en la ciudad de Camaguey, después de haber pasado a la historia de Cuba como una de las mujeres que participo en nuestras guerras de independencia como enfermera de los hospitales de sangre, mensajera y conspiradora (1-3).

 

Rosa Castellanos y Castellanos:  En 1834 nace en Bayamo, mujer negra y esclava que al igual que su esposo José Varona se incorpora a la lucha insurreccional al estallar la guerra de 1868. Era verdaderamente diestra con el machete en la mano como arma agrícola ya que tuvo que ganarse el pan durante la época de falsa paz. También aprendió a usar armas de fuego y llegó a ser una certera tiradora. Por su inteligencia se hizo experta en el conocimiento de las propiedades medicinales de las plantas en lo que su investigación y curiosidad no tenía límites. No hizo de sus conocimientos un medio de lucro sino que los ofrecía para aliviar dentro de sus posibilidades las males o dolencias de los mambises. Se hizo muy querida por todos por administrar fórmulas con frase de bondad lo que reflejaba su humanidad infinita. Ella poseía valor para la pelea, pero reconocía ser más útil en la cura de heridos y enfermos. Fundó, administró y atendió personalmente durante esta década gloriosa el hospital cubano ubicado en la serranía de Najasa. Era llamada por todos “Rosa la bayamesa” esta mujer comenzó por seguir a las fuerzas cubanas y en los combates se hacía cargo del hospital de sangre, ayudaba a los médicos y sanitarios en la primera cura de los heridos. Al iniciarse la revolución de 1895 se establece en Sierra de Najasa en Camaguey donde estableció hospitales ambulantes para la curación de los heridos y finalmente logró levantar un magnifico hospital el San Diego del Chorrillo, donde hospitalizaba a los libertadores. Tenía que hacer de médico, sanitario, forrajero, cocinero, químico para manipular los medicamentos criollos, lavandera, explorador y escolta del hospital.

Al terminar la guerra ya había cumplido los 65 años de edad, muy orgullosa de haber podido combatir sin tregua durante 30 años al enemigo español que oprimía a su amada patria. La infatigable enfermera fallece en Camaguey el 26 de septiembre de 1907 exhibiendo con honor los grados de capitán del Ejército Libertador. Por toda su historia es Rosa La Bayamesa el símbolo por excelencia de la enfermera militar cubana (1-3).

 

Caridad Bravo y sus hijas: De ellas dejara escrito el coronel Fernando Socarras al referirse a una acción cerca de la Bahía de Nipe: El teniente general Juan Ruiz Rivera herido quedó a cargo de Caridad y de sus hijas  verdaderas hermanas de la caridad, mujeres de color, ansiosas de prestar sus servicios a los patriotas cubanos husmeaban por decirlo así en el lugar de los combates, las bravos supieron enjugar más de una lágrima y a riesgo de sus vidas vendar muchas heridas. Ruiz parecía de agudos dolores y la sangre había corrido de su herida, ellas ayudadas por el teniente Pedro Colas operaron al herido con una magnífica bolsa de cirugía cuyos instrumentos se reducían a una tijera de costuras y a una horquilla de peinados, logrando así extraer una bala de la palma de la mano, librando al herido de agudísimos dolores, de la hemorragia y tal vez de la muerte (1-3).

 

María Cabrales de Maceo: Nace el 20 de marzo de 1842 en la finca San Luis, Oriente, cerca de las propiedades de Maceo Grajales. El 10 de octubre estalló el levantamiento armado de Céspedes en La Demajagua. Antonio y sus demás hijos se unieron al Ejército Libertador, quedando ella al cuidado de su suegra y de su hija menor. Al ser destruidas todas las propiedades de los cubanos que habían empuñado las armas parte rumbo al campamento mambí. Allí muere su pequeña hija ante las privaciones y dura vida de combates y manigua, un segundo hijo murió de tétanos siete días después del nacimiento. María se dedicó a curar heridos y pronto aprendió bien su oficio, aprovechando las ricas tradiciones campesinas. Estuvo en los bancos de sangre y llegó a ser la más diestra curandera de la tropa. María era de absoluta confianza para el general, con ella debatía las tácticas de las pasadas batallas y de las acciones futuras. Acompaña a Maceo como esposa y enfermera en todas las heridas sufridas en los encuentros con las tropas españolas, en todo momento corría por la manigua cruzada por las descargas de la fusilería española, las fuerzas mambisas acuden en su auxilio sin dejar de disparar en  una improvisada camilla y bajo el fuego enemigo retroceden en busca de lo más intrincado del bosque, en algún lugar curará de las heridas del Titán. Después de 10 años de heroísmo, luchas y penalidades partió junto a otras mujeres al exilio el 9 de mayo de 1878 en el crucero español Fernando el católico, que zarpó de Santiago de Cuba con destino a Jamaica. Cuando los jefes de la sublevación comunicaron que las mujeres quedarían en el exilio ocupadas con las labores de aseguramiento, la voz de María fue la primera en alzarse en protesta ¿y si no van las mujeres quién cuidará a los heridos?, pero el acuerdo se mantuvo. Tras la muerte de su esposo y la irrupción del imperialismo norteamericano, regresa a Cuba a mediados de 1899 donde se hace cargo del asilo de huérfanos de la patria, ubicado en Santiago de Cuba. Fallece el 28 de junio de 1905(1-4).

 

Mariana Grajales Coello: Nace el 26 de junio del 1808 en Santiago de Cuba, madre de los Maceo. Al iniciarse la guerra de los diez años se incorpora a la manigua con su esposo e hijos. Recibe a Antonio herido de seis balazos, ella misma lo atiende y lo cura, diciéndole a su hijo menor :“ ¿y tú qué esperas muchacho?, empínate y ve a pelear con tus hermanos”. Martí dijo de ella una vez: “ vi a la anciana dos veces y me acarició y me miró como a un hijo y la recordaré con amor toda la vida”. Animaba a sus compatriotas a pelear y luego a cubanos o a españoles les curaba las heridas (1,3).

 

En nuestra provincia la mujer cubana también dijo presente como enfermera en los campos de batalla, ejemplo de ella tenemos a Emilia González Echemendía(Doña Emilia), la cual nació en la finca Ojo del Agua, Guayacanes en 1850, hija de una familia campesina. Al estallar la guerra del 68 marcha a la manigua a luchar por la libertad de su patria, conoce de hierbas medicinales por lo que presta servicios como enfermera a los mambises. Fallecen sus tres primeros hijos a causa de de la miseria y de las enfermedades. Cuando la tregua fecunda se incorpora a su vida hogareña, llena de privaciones. Se trasladada a Morón con su familia y posteriormente se instala en La Vega, finca a 5 Km. al norte de Majagua, allí  le nacieron seis hijos. Al producirse el levantamiento armado el Las Villas en 1895 va de nuevo al monte a ocupar su puesto, esta vez en un lugar conocido, como Paso Viejo, cerca de la Vega, allí el general Máximo Gómez le envió unos heridos, desde ese momento su casa se convierte en un verdadero hospital de sangre  y es ella la jefa y enfermera del mismo. En una ocasión fue descubierta y destruido el hospital por los españoles teniendo que trasladar el mismo para Ojo del Agua, Guayacanes. Luego volvió con su hospital  al lugar original. Al concluir la guerra regresa a la finca La Vega junto a su familia donde muere el 20 de julio de 1929 en este lugar tan querido por ella escenario de su participación activa y de lucha por la libertad.

Con el reinicio de la lucha armada por la independencia de la patria el 24 de febrero de 1895, la mujer cubana hace nuevamente acto de presencia en las labores de enfermería de campaña, estando al cuidado de los heridos  en los hospitales de sangre y defendiendo con sus vidas a los enfermos, como lo hizo.

 

Isabel Rubio Díaz: Nació en Paso Real de Guane, Pinar del Río, el 8 de julio de 1837 del matrimonio formado por el médico Enrique Rubio y Prudencia Días. Su hija mayor contrae matrimonio con un veterano de la guerra del 68 yendo a radicar a
Cayo Hueso, esto le permite a Isabel ponerse en contacto con la emigración, entrevistándose en una ocasión con José Martí. En 1896 penetran en la provincia las fuerzas invasoras dirigidas por Antonio Maceo, visitando la casa de Isabel donde conoció sus actividades y prestigio revolucionario. El general nombró a la heroica mujer capitán de sanidad del Ejército Libertador. Isabel decidió ir al la manigua a pesar de su avanzada edad y a la oposición de familiares y amigos.

Junto a un grupo de amigas preparó un hospital de campaña, utilizó para éste todo lo que tuvo a su alcance y ella y sus compañeras convirtieron finas sábanas y prendas femeninas en vendas y curas. Isabel y su hospital atravesaron las más duras pruebas realizando largas marchas atravesando ciénagas y altos lomeríos con un sin fin de penalidades. En un lugar conocido como ¨ La Gallarda ¨ estuvo dos días a la intemperie, alimentándose sólo con agua de bejucos y plantas silvestres, no por ello la atención y cuidado de heridos y enfermos fue menor. En el campamento de Aguaditas atendió a muchos virulentos sin vacilación ni escrúpulo alguno. El 12 de febrero acamparon en “Los Palacios”, dos mambises habían trasladado  un buey para la alimentación de heridos y enfermos, las fuerzas enemigas al encontrar las huellas del animal comenzaron a seguirlo, perdiendo luego el rastro entre la tupida maleza. En ese preciso momento en el hospital mambí sacrificaban al animal y el cercano bramido orientó a los enemigos hacia el campamento. Al aparecer, Isabel bloqueó con su cuerpo la entrada de la tienda y gritó:¡ no tiren que somos mujeres, niños y enfermos¡ a pesar de ello los españoles dispararon contra la anciana que  cayó al piso con una pierna destrozada. La mayoría de aquellos indefensos heridos fueron acuchilleados a mansalva. Petra Ríos compañera de  Isabel la recogió del suelo para evitar que fuera rematada. Fue  trasladada a San Diego en penosa caminata. Durante el trayecto le negaron hasta el agua y solo al llegar al destino recibió algunas curas. La pérdida de sangre, la larga travesía y la deficiente atención médica provocaron la gangrena en el cuerpo de la anciana, la cual al día siguiente murió contando con 61 años de edad (5- 7).

 

También en esta última guerra por nuestra independencia participa la única profesional de las ciencias médicas que perteneció a las filas de nuestra sanidad militar mambisa en ambas guerras, la doctora Mercedes Sirvén y Pérez, graduada en licenciatura en Farmacia en junio de 1895 en Holguín. Se alzó junto a su hermano el doctor en medicina Faustino Sorrén el 1 de octubre  de 1896 llevando consigo los medicamentos que habían comprado para establecer una farmacia en la ciudad. En la toma de Las tunas, los medicamentos por ella llevados a la manigua fueron trasladados y distribuidos a los campamentos y hospitales que lo requerían según fueran solicitados por los médicos o facilitadores a los que por orden de ella  venían personalmente a buscarlos. Se utilizó mucho la quinina contra el paludismo que atacó no solo a los combatientes del ejército libertador sino también a campesinos y a sus familiares, causa por lo cual este medicamento se extinguió y agotó, por lo que Mercedes se vio en la obligación de aplicar los conocimientos del campesinado usando un extracto de hierbas silvestres y hacer píldoras semejantes. Esta fue una idea muy alentadora pues le dio muy buenos resultados. Muchas veces fue ella quien administraba  personalmente los medicamentos ya que los médicos se encontraban en labores de campaña y debía cuidar a los enfermos. En 1897 fue ascendida al grado de comandante de sanidad con el que terminó la guerra (4- 5).

 

Adela Ascuy Labrador: Nació el 18 de marzo del año 1861 en la finca Ojo del Agua perteneciente al poblado de San Cayetano del municipio de Viñales en la provincia pinareña. Provocaba constantemente a los elementos oficiales al llevar el pelo suelto con el significativo adorno de la cinta azul, el cual era símbolo de simpatía hacia las ideas independentistas además de llevar escondidas entre sus ropas un revólver de pequeño calibre. Contrajo matrimonio dos veces, primero con un licenciado en farmacia y luego al morir este con un empleado de la farmacia, por lo que adquirió algunos conocimientos farmacéuticos que pondría luego al servicio de la patria. Se internó en la manigua el 12 de febrero de1896, su decisión inquebrantable y vastos conocimientos farmacéuticos decidieron su alistamiento como miembro de la sanidad militar, a pesar de la resistencia inicial de admitirla por su condición de mujer. Rápidamente por su coraje y valentía es ascendida al grado de capitán. El 4 de octubre de 1896 bajo las órdenes del general Antonio Maceo Adela participó en el combate de Loma Blanca contra una concentración de fuerzas enemigas procedentes de Viñales, durante trece horas la indómita mambisa se mantuvo combatiendo y atendiendo a la vez a los heridos. Muchas veces en plena pelea “la capitana” como todos la llamaban, se bajaba del caballo para curar a los heridos en el momento más peligroso. En una ocasión fue llevado al campamento el corneta de la tropa con una herida de bala en la sien considerada mortal, a pesar de ello aquel joven de solo 19 años recibió de Adela una dedicación constante que contribuyó a su total recuperación. Al terminar la contienda y ser licenciada por la comisión liquidadora del Ejército libertador el 1 de diciembre de 1898, le negaron el pago afirmando: la promovente por razones de su sexo no ha podido prestar servicios en el ejército, por tanto se desestima la presente solicitud. Al enterarse Gómez de tal arbitrariedad dijo: ¿Así que dicen que por ser mujer no ha podido prestar servicios militares?. Seis meses después al fin expiden los diplomas de teniente y capitán de sanidad a nombre de Adela, por el jefe superior de sanidad general. En 1912 muy enferma se traslada a la Habana a la casa de un amigo donde fallece el 14 de enero de 1914. Sus restos fueron depositados en el cementerio de Colón (7).

 

Los hospitales de sangre del Ejército Libertador estuvieron enclavados en lugares intrincados del monte o de la Sierra, cerca siempre de algunas prefecturas. Consistían en unos colgadizos rectangulares techados de guano para proteger a los pacientes de la intemperie, bajo los cuales se colocaban unas tarimas hechas con cujes, sostenida por unas horquetas clavadas en el suelo y sobre las que se colocaban colchones de espartillos. Aunque los hospitales de sangre tenían su escolta militar, los custodios y los propios heridos estaban siempre alertas contra cualquier ataque por sorpresa, guiados por el cantío de los judíos que no silenciaban nunca la presencia de una persona cualquiera por los matorrales y caminos.  Las propiedades de algunas plantas cubanas que tienen principios medicamentosos, tales como la guajaca y la aguedita entre otras se usaron frecuentemente en los hospitales, fue práctica corriente el empleo de la miel de abejas para curar las heridas, por contener la misma ácido fórmico puro, lo cual constituían una solución antiséptica(2-4).

En ocasiones realizaron curas tan dolorosas como lo fue la cura japonesa, aplicación de ácido fénico a las heridas y cuando éstas supuraban emplastos hechos con ceniza o borras de café, aprovechándose como vendajes las tiras de majagua o simplemente pedazos de bejucos. La yagua fue otro elemento valioso en los casos de fractura por su flexibilidad y adaptación para entablillar los miembros fracturados. Las fibras de guajaca les suministraba vendajes, la guajaca reemplazaba al algodón, la yanagua se utilizaba como hemostático  y por último la miel de abejas y el polvo de café y del tabaco se empleaba como antiséptico en la curación de heridas y úlceras. Otras plantas y árboles de las que se hacían uso corriente eran la aguadita y los limones como febrífugos el fuafuasí, el manzanillo, purgante de saúco, piñón de botija, frailecillo, salvadera y nogal de la India como purgantes, es extracto de cedro como astringente, si se necesitaba un vomitivo usaban el yaracoco o lirio y además el ictamo real.

Además. en diversas formas también se utilizaba la guayaba, el guayacán, la guásima, el guamá, la yagruma, el ocuje, el copey y ciertos frutales que gozaban de gran predicamento en nuestra medicina folklórica como el mango, la guanába y el mamey, El limón se usaba además junto con la miel de abejas y la guira cimarrona para la gripe. De las plantas herbáceas, la yerba mora, la retama, el llantén, el saúco y el caisimón.

 Cuando escaseaba la quinina, empleaban el aguardiente en extracto de hoja o corteza en infusiones (7- 9).


Conclusiones

 Es bueno referir que además de los médicos, estudiantes y farmacéuticos en la historia de nuestras guerras de independencia en 1868 y 1895 la mujer prestó múltiples servicios, estando su actividad siempre presente en cada momento de la vida y en cada etapa de la lucha, resultando un factor de gran importancia e el sostenimiento del ejército libertador de Cuba. Las mujeres mambisas a riesgo de sus propias vidas prestaron de forma abnegada la asistencia médica sanitaria, cuidaron y alimentaron a los heridos y enfermos en los hospitales de sangre, brindando consuelo y prodigando cuidados esmerados a los bravos combatientes de la patria , desafiando toda clase de peligros, con entereza y gallardía imponderables. No obstante, en los solitarios bohíos, perdidos entre las malezas y sitios oscuros del monte cientos de mujeres colaboraron eficientemente con el cuerpo de Sanidad Militar, cuidando de los enfermos, de los convalecientes y hasta de los heridos, sin más recompensa que la satisfacción del deber cumplido.  

Abstract

In the following paper we show in a precise and simple way the role that played by the cuban woman in nursery during our independence wars, using some examples of the main figures.  The cuban women took a risk to offer medical assistance, they fed and took care of the ones who were sick or wounded in the blood hospitals, the also gave hopes and cares to the brave soldiers or our nation, facing all kind of problems with  strength of character and        bravery. There were used some bibliographic sources that undertook this topic.  

Referencias bibliograficas

1.      Caballero O. La mujer en el 68. La Habana: Editorial Gente Nueva; 1982.

2.      Horrego L. Patriotas cubanas. Bohemia, Habana, 1968.

3.      Gómez Báez M. Diario de campaña. La Habana: Instituto del libro; 1968.

4.      Sección de historia de las FAR. Las mujeres en revolución. La Habana: Editorial Ciencias Sociales; 1978.

5.      Guerra Sánchez R. Guerra de los Diez años. La Habana: Ciencias Sociales; 1972.

6.      Figueredo Socarrás F .La revolución de Yara: 1868- 1878. La Habana: Instituto Cubano del Libro; 2000.

7.      Caballero O. La mujer en el 95. La Habana: Editorial Gente Nueva; 1982.

8.      Roa R. Pluma y machete. Ciudad Habana: Instituto Cubano del Libro; 2001.

9.      Kelly J. La tierra del mambí. La Habana: Instituto Cubano del Libro; 2001.