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Revista Cubana de Oncología, julio-diciembre, 1995

EDITORIAL

La morfina en el tratamiento del dolor moderado a severo por cáncer

El dolor crónico ocurre en la mayoría de los pacientes con cáncer avanzado. Se calcula que más del 80 % sufren de éste antes de su muerte.

Lamentablemente, durante muchos años el dolor y otros síntomas devastadores para el enfermo no fueron valorados adecuadamente.1

Hoy día el tratamiento del síndrome doloroso, así como el cortejo sintomático que acompaña al paciente con enfermedad avanzada, constituyen una de las mayores preocupaciones de los oncólogos y otros profesionales dedicados a la atención del cáncer.

En las últimas décadas no se han descubierto nuevas drogas, pero sí se han modificado e incrementado las vías de administración.

Aunque, estudios clínicos han demostrado que el dolor en el 80-90 % de estos enfermos, puede ser controlado con analgésicos orales. El cambio de la vía de administración puede producir beneficios clínicos, sobre todo en enfermos con naúseas y vómitos, con disfagia y odinofagia y los que presentan dolor refractario que no responden con el incremento de la dosis.2

Los opioides analgésicos como: codeína, fentanilo, hidromorfona, morfina y oxicodona, son los elementos fundamentales en la terapéutica de los pacientes con dolores de moderado a severo.2,3

En los Estados Unidos los productos aprobados por la Administración Federal de Drogas (FDA) incluyen formulaciones de morfina de liberación sostenida, el fentanil transdérmico y el butorfanol intranasal.2

La mayoría de la literatura sobre seguridad y eficacia ha establecido a los opioides orales como el tratamiento de elección para este tipo de enfermos.1-3

Una consideración especial queremos hacer al referirnos a la morfina, medicamento más usado en los países desarrollados para este tipo de dolor. Esto es debido a su amplia disponibilidad, sus características farmacocinéticas y farmacodinámicas bien conocidas, su bajo costo de producción y su evidente efectividad (costo-beneficio).

A pesar de lo antes expuesto, en nuestro medio existe una resistencia a la utilización de este producto, no por desconocimiento de sus efectos en relación con el dolor, sino por el temor a la adicción.

Vale la pena recordar que los tratamientos prolongados a base de opioides producen tolerancia y dependencia física, eventos que difieren y no deben confundirse con la adicción.

La tolerancia corresponde a la disminución progresiva del efecto analgésico de una dosis determinada que conlleva la elevación de la dosis para obtener la misma respuesta analgésica.

La dependencia física ocurre por la adaptación del organismo a la presencia del medicamento, produciendo una serie de síntomas y signos ante la supresión del fár- maco.

La adicción ya entraña otras implicaciones. El individuo siente un intenso deseo de experimentar las alteraciones psíquicas que produce la droga, así como una irresistible necesidad de obtener y usar ésta aun con fines no terapéuticos.3

Raramente estos pacientes llegan al estadio de adicción, por lo cual esto no debe influir en nuestra decisión para la prescripción racional de la morfina en estos enfermos.3-5

En cuanto a la dosis, dependerá del enfermo; baste decir que la ideal es aquélla que suprime el dolor sin llegar a la sobredosis o a la intoxicación. Un elemento de gran importancia es la periodicidad regular con que se administra, para que cada dosis comience su efecto antes de haber concluido la eficacia de la anterior.6

Tal consideración se le ha dado al empleo de la morfina en estos casos, que expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) utilizan el consumo de ésta en un país como indicador de los avances que se han conseguido en este campo.

La morfina se consume poco o no se usa en la mitad de los países del mundo; se limita su consumo principalmente a los países más desarrollados; a pesar del incremento observado en los últimos 10 años en que se aplica el Programa para el Alivio del Dolor de Cáncer por la OMS, en 1984.7,8

Aunque éste es un medicamento de control riguroso en nuestro país, con lo cual no discrepamos, pienso que simplificar los mecanismos burocráticos que lo controlan incrementaría su utilización. Cada día se manejan más los términos de calidad de vida, resultados clínicos contra costo y eficacia de un medicamento, lo cual nos obliga a pensar y buscar soluciones que satisfagan todos estos parámetros.

Si hemos llevado a ustedes lo útil de retomar el empleo de la morfina en los pacientes avanzados de cáncer con dolor crónico de moderado a severo, se ha cumplido el objetivo de este editorial.

Dra. Isabel Martínez Peñalver
Directora de la Revista Cubana de Oncología.
Especialista de II Grado en Oncología. Profesora del Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

  1. Bruera E, Watanabe S. New development in the assessment of pain in cancer patients. Support Care Cancer 1994;2:312-8.
  2. WHO (1990) Cancer pain relief and palliative care (Who Ser Tech Rep 804). World Health Organization, Genova.
  3. Cancer pain release. Publicación del Centro para la Evaluación de Síntomas de Cáncer de la OMS. Vol 7, No. 3, Mar 1995.
  4. El manejo del dolor de cáncer con opioides. Definición de adicción, tolerancia y dependencia física. Cancer Pain Release. Otoño, 1991. Hoja Informativa Vol. 7,(2) Feb 1995.
  5. Organización Mundial de la Salud. Alivio del dolor y tratamiento paliativo en el cáncer. Informe de un Comité de Expertos. Serie de Informes Técnicos 804, Ginebra 1990.
  6. Redondo B, Huerta E. El empleo de la morfina y de otros narcóticos en el dolor por cáncer. Rev Cubana Oncol 1993;9:(2):113-6.
  7. Martínez I. Dolor en el cáncer. Rev Cubana Oncol 1991;7(1):70-1.
  8. Centro Colaborador de la OMS para la Evaluación de Síntomas. JIFE, NU (Información Estadística, 1994).
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