Hospital Provincial Docente “Saturnino Lora”
Dr. C. Reynaldo
Roca Goderich 1
Como es de conocimiento de muchos de ustedes, hace poco hube de publicar un pequeño libro titulado Mi vida como médico. Por cierto, ese no es exactamente el nombre que le propuse a la casa editora, sino el de Algunas anécdotas de mi vida como médico, porque como es fácil de comprender, no se pueden describir en apenas 85 páginas, que son las que tiene el libro, todo lo acontecido a un médico durante 50 años de ejercicio; pero por razones técnicas fue preciso cambiarle el título.
El motivo por el cual decidí escribir estas anécdotas lo expongo
en el propio libro: alguien de mi
confianza se me acercó un día y me propuso la idea de escribir mis memorias, y
sorprendido ante tal proposición le dije que yo no era nadie para andar
escribiendo memorias, que yo simplemente había trabajado como muchos otros lo
han hecho y hacen todavía, igual o mejor que yo y que simplemente por ser el
más viejo me habían notado más; pero que además, esto de escribir memorias
corresponde a gente con un verdadero y sobresaliente AVAL de trabajo, por encima de lo habitual en un
trabajador, en este caso un profesional, y ese no me parecía que era yo. Como es sabido, el hombre me convenció de
hacerlo con un sencillo razonamiento: “Roca, me dijo, cuéntale a la gente cómo era todo lo relacionado con el trabajo
médico antes del triunfo de la Revolución, pues me parece que es bueno
refrescar algunas cosas a algunos y
enseñarles otras a muchos, sobre todo viniendo de quien como tú, las vivió; o sea, que fui convencido con un razonamiento lógico para escribir sobre
mi persona, que de una manera u otra obliga un tanto a uno a contar más lo
bueno que lo malo y hasta a alabarse un poco.
Y aquí vino de
nuevo el embate por mi supuesto mérito, esta vez en forma de algo muchísimo más
serio que referir anécdotas de la vida de uno. Hace unos días, el Rector me
comunicó que se había decidido otorgarme la categoría de Doctor Honoris Causa y
eso sí eran ya palabras mayores; recuerdo que le contesté sin pensarlo mucho: “No creo que lo merezca, pero lo
acepto”. Me sentí un poco confundido,
pues esta información me llegó en público, delante de todos los compañeros que
acabábamos de tener una reunión, pero les confieso que para mis adentros pensé
un poco más que enorgullecido: ¡“Vamos, hombre, déjate de falsas modestias y
acepta las cosas como son, pues a lo mejor tienes más méritos que los que tú
mismo crees”!. Y de ahí en adelante, hasta el mismo momento cuando me senté a
escribir estas líneas, no he cesado de pensar y meditar en todo lo que esto
significa y me obliga y cuánto o no merezco tan alto honor.
Mi mente
retrocedió muchos años atrás y como se dice popularmente, empecé a proyectarme
la película de mi vida médica en el casi olvidado Plan Santiago, heroicidad con
la cual se inició la docencia médica en los hospitales de nuestra ciudad hace
ya más de 40 años y en todo lo que tuve que hacer para responder a lo que se me
pedía y exigía: ser nada más y nada
menos que el fundador y profesor Jefe del Departamento de Medicina, con sus 2
asignaturas: Propedéutica y Medicina
Interna, tarea ingente aun con el
concurso inapreciable que tuvimos de los profesores de la Escuela de Medicina
de La Habana, cuando yo a lo sumo era un médico joven que trabajaba mucho y estudiaba
más, pero con una limitada experiencia; además, hubiera preferido que se me
asignara un cargo de menor categoría, como el de estar al frente de un grupo
básico de trabajo, con lo cual hubiera cooperado con el plan y al afrontar
menos responsabilidades, hubiera dispuesto de un tiempo mayor para estudiar más
y, sobre todo, tener con posterioridad la satisfacción que han experimentado
otros: quedar más en la memoria de
sus estudiantes al haberlos podido atender y enseñar personalmente. Yo apenas
pude disfrutar eso y hube de conformarme con atender a todos. Pero ya ven cómo es la vida, pues a pesar de
no haber tenido la satisfacción de mantener contacto y relaciones docentes
directas con distintos grupos de educandos, salvo durante la impartición de las
conferencias, lo cual consideré como un inconveniente. En realidad, he estado un poco equivocado
en mis valoraciones, puesto que más respeto, más admiración y más cariño no
pueden ni han podido mostrarme mis alumnos, dado que a veces me da la impresión,
y perdonen la falta de modestia, de que soy para ellos como algo sagrado.
Estoy obligado a
mencionar en este momento, como prueba de lo anterior, que recientemente y por
vía de la editorial que publicó el mencionado libro Mi vida como médico,
tuve un encuentro con los estudiantes de la Facultad de Medicina No. 2, que
inundaron con su presencia un anfiteatro de una Facultad que no es la mía,
conversaron conmigo cuanto quisieron y me hicieron pasar un momento
verdaderamente inolvidable, pues tuve a fondo la satisfacción de sentirme como
en casa, con gente que me apreciaba. Y
en cuanto a mis compañeros de trabajo, igual los jóvenes como los más viejos, y
con la mayoría de los cuales he contribuido en alguna medida en su formación,
me expresan la misma deferencia y consideración. Prueba de ello fue que en mi
último cumpleaños, recientemente celebrado y al igual que en todos los
anteriores, me colmaron de múltiples e infinitas atenciones.
Desde aquellos
tiempos, hace casi medio siglo hasta ahora, he dedicado toda mi vida médica al
estudio y al trabajo, en particular en los últimos años más a la docencia que a
la propia asistencia, pues algo dentro de mí, y que no puedo evitar ni
controlar, me impulsa a enseñar a los demás todo lo que pueda saber de un asunto médico cualquiera. A veces pienso que
hay en mis adentros no un médico, sino un maestro o un pedagogo. Quizás esto tenga que ver con que mi esposa
sea maestra y pedagoga, de quien he aprendido mucho en este terreno. Por eso en ocasiones, cuando los compañeros
me alaban por alguna actividad docente que ellos han considerado muy buena y
algunas personas me tildan de pedagogo mayor, sonrío para mis adentros y me
digo: ¡Si ustedes supieran quién es
realmente la pedagoga mayor!.
Confieso con
satisfacción que he tenido el privilegio de participar directamente en la
confección de casi tocos los planes de estudios de Medicina que se han diseñado
en nuestro país después del triunfo de la Revolución. Por lo demás, he sido
miembro activo de no sé cuántas comisiones nacionales para distintos asuntos y
durante un tiempo, en sus inicios de constituido, Presidente del Consejo
Provincial de Sociedades Científicas; pero algo que formó parte importante de
mi trabajo médico fue la dedicación, durante unos 5 ó 6 años, al manejo del
riñón artificial para el tratamiento de los pacientes con insuficiencia renal
aguda, hasta que llegaron los tres compañeros de La Habana que fundaron el
Servicio de Nefrología y asumieron la responsabilidad de las diálisis; tarea
que desempeñaba a la par con mi trabajo de Jefe del Departamento de Medicina y
la atención a los pacientes ingresados en el Servicio de Medicina Interna. ¿Y
por qué no lo voy a mencionar? La
confección del libro de Medicina Interna, ya en 4 ediciones, me parece que ha
sido mi mayor aporte a la Salud Pública y a la enseñanza de la Medicina.
En este
encuentro falta algo que estimo muy importante, poco conocido u olvidado, y que
quizás sea más meritorio para mí que lo que ha sido simplemente: el cumplimiento de todas mis
obligaciones como cubano y revolucionario cuando la patria me ha
necesitado. Y le concedo mucha
importancia porque fue un verdadero reto que tuve que afrontar con todas mis
fuerzas y sobre todo con mi conducta y trabajo. Se trata de la situación en que me vi involucrado, sin querer, al
principio de la Revolución, entre mis antiguos colegas de trabajo, que por un
lado abandonaban el país en masa y me instaban a que yo hiciera lo mismo, y
algunos compañeros revolucionarios, que por opiniones subjetivas no confiaban
plenamente en mí en los aspectos políticos.
Es posible que mi manera de ser, que me hace aparecer apático, les
confundió un poco. Pero mi trabajo y el
tiempo hicieron que triunfaran la razón y la verdad, como siempre ha ocurrido
en toda obra de la Revolución, y aquí estoy disfrutando de la compañía y el
apoyo de ustedes, que son todo lo que vale y brilla entre nosotros, en
este acto que es para mí el más honroso
que jamás me hayan ofrecido.
Por último, si
todos piensan que merezco la categoría que se me acaba de otorgar, es porque
debe ser así, pues la mayoría siempre tiene la razón. Pero la duda razonable es permisible y no se la puede
evitar. Unas líneas atrás mencioné la
celebración de mi cumpleaños y todos los agasajos de que fui objeto por parte
de médicos y estudiantes. Cumplí una
buena cantidad de años y si quieren saber cuántos, hagan el cálculo como
aprendí de un vecino mío para decir la edad sin decirla: sesenta más diecinueve.
Naturalmente que
tengo instinto de conservación y quisiera vivir muchísimos años más, pero ahora
no solo por vivirlos, sino para tener más tiempo y poder seguir demostrando de
ahora en adelante con mi trabajo, sin la más mínima duda que pudiera existir,
que de verdad he acumulado los méritos suficientes, para exhibir con más
orgullo del que ya tengo, la categoría de Doctor
Honoris
Causa que ustedes me han otorgado hoy con tanta admiración y cortesía.
Dr.C. Reynaldo Roca Goderich. Avenida de los Libertadores y calle Cuarta, reparto Sueño, Santiago de Cuba
*Figura reproducida de: http://www.sld.cu/sitios/ecimed/temas.php?idv=14358
Hospital
Provincial Docente “Saturnino Lora”
CÓMO CITAR
ESTE ARTÍCULO
Roca Goderich R. Un testimonio de mi orgullo por la
condición de Doctor Honoris Causa [artículo
en línea]. MEDISAN 2007;11(4).
<http://bvs.sld.cu/revistas/san/vol11_4_07/san17407.htm> [consulta: fecha
de acceso].