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Rev Cubana Salud Pública 2003;29(3):285-6

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Salud, crecimiento económico y reducción de la pobreza

OPS. Informe del Grupo de Trabajo 1 de la Comisión sobre Macroeconomía y Salud. Washington DC; 2003*

Un pueblo sano sirve de motor para el crecimiento económico. El informe más contundente nos lo ofrece el trabajo de Fogel, según el cual "el aumento de la cantidad de calorías disponibles para el trabajo, a lo largo de los últimos 200 años, ha debido contribuir en grado nada desdeñable, a la tasa de crecimiento del ingreso per cápita en países como Francia y Gran Bretaña". Fogel estima el efecto que tuvo el aporte adecuado de calorías sobre la tasa de crecimiento anual en el Reino Unido entre 1780 y 1980, así como sobre la productividad de quienes integraban la fuerza laboral. La suma de esos 2 efectos, de acuerdo con Fogel, indicaría que la nutrición contribuyó con 30 % al crecimiento per cápita del Reino Unido. Robert Barro, entre otros, mostró que la esperanza de vida está significativamente correlacionada con el posterior crecimiento económico. Basándose en datos de los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, Barro estima que el 10 % de aumen-to en la esperanza de vida fue capaz de aumentar 0,4 % por año el crecimiento económico. Algunos estudios más modestos han hecho el seguimiento de conjunto de niños que se podían agrupar según el aporte de calorías recibidas durante sus primeros 3 años de vida; estos estudios mostraron que los niños con un régimen alimentario de mayor valor calórico tenían ingresos más elevados y, por tanto, se puede suponer que fueron más productivos económicamente unos 30 años más tarde.

La salud solía verse como un producto final del proceso de crecimiento: la gente con ingresos más elevados es más sana, porque posee mayores bienes y servicios que ayudan a tener buena salud. Pero el nuevo pensamiento -que la salud ayuda al crecimiento económico- complementa y, en cierto grado, reordena las ideas que justifican el gasto en materia de salud y se funda en argumentos humanitarios y de equidad. La riqueza, sin duda, conduce a una mejor salud, pero la salud también debería verse como una forma de capital humano y, por ende, como un insumo y como un producto del proceso de crecimiento; los países con una población sana y con mejor educación tienen mayores posibilidades de prosperar, en especial en un contexto de políticas favorables.

Como una imagen invertida de los beneficios de la buena salud, examinamos en este Informe el número de muertes que han provocado la tuberculosis, el paludismo, los trastornos mentales y el VIH/SIDA en los países aquejados por esas enfermedades. La relación que va de la salud a la riqueza parece operar a través de un número de mecanismos distintos. En el Informe nos concentramos primordialmente en las siguientes 4 cuestiones críticas:

1. El nexo demográfico

Una transición demográfica satisfactoria de una alta a una baja tasa de fecundidad depende en gran medida de las mejoras de salud. Una caída de la mortalidad infantil resulta en una caída de la fecundidad; con menos hijos, los padres tenderán a invertir más en la educación de cada niño. Una esperanza de vida en aumento significa un mayor horizonte temporal para cosechar los beneficios de las inversiones en educación. Por lo tanto, el aumento de la esperanza de vida actúa como propulsor del crecimiento económico y el desarrollo humano. El retraso entre el descenso de la mortalidad y la fecundidad, cuando hay una respuesta lógica, resulta en un auge de la natalidad, lo cual tiene como consecuencia una generación numerosa que impulsa un período de crecimiento económico, cuando se incorpora a la fuerza laboral. Este efecto es lo que se llama dividendo demográfico, cuya materialización, no obstante, depende en gran medida de la instrumentación de políticas que permitan la incorporación de mayor cantidad de trabajadores a la fuerza laboral.

2. La salud como un activo para la producción

Los trabajadores más sanos son más fuertes y activos, física y mentalmente; por consiguiente, es menos probable que pierdan el trabajo por enfermedad (propia o de su familia). Son más productivos y ganan mejores sueldos; también ayudan a atraer inversiones extranjeras directas. Un mal estado de salud puede significar una menor productividad, una vida laboral más corta y un mayor número de días perdidos por enfermedad. La salud y los logros educativos también están estrechamente vinculados. Los niños sanos aprenden mejor y se convierten en adultos mejor educados, capaces de ganar mejores sueldos. Es muy poco probable que un niño de una familia sana deba interrumpir sus estudios por problemas de salud, propios o de otros miembros de la familia. Las consecuencias de la anquilostomiasis y la anemia concomitante es otro clásico ejemplo de mala salud que interfiere en la actividad productiva.

3. Salud y pobreza

La creciente preocupación por la salud de los pobres se debe, a que se ha constatado que en todo el mundo la mala salud aqueja mucho más a los pobres. Las causas de la mala salud de los pobres son múltiples y están relacionadas entre sí. Una nutrición deficiente, por ejemplo, debilita las defensas del cuerpo que protegen de la infección, y la infección, a su vez, disminuye la eficaz absorción de los nutrientes. El principal activo de los pobres, su cuerpo, queda así sin seguro. La mala salud implica, entonces, un mayor nivel de riesgo para los pobres que para quienes tienen más activos. Cuando la mala salud, en cualquiera de sus formas, ataca el principal activo de los pobres, esos individuos se ven imposibilitados de ganar el dinero que les permite obtener para sí, y por lo general también para otros, tanto el alimento como los medicamentos. En otras palabras, es muy probable que una crisis de salud tenga resultados catastróficos. Los hallazgos de un estudio basado en datos de Indonesia muestran que el aseguramiento incompleto, incluso de situaciones de enfermedad extremas, entraña costos nada desdeñables para la economía de ese país.

4. Salud y desigualdad

Analizamos también la relación entre salud y desigualdad. Sin duda resulta muy atrayente la idea de que antes de la "transición epidemiológica" el ingreso determina la mortalidad, mientras que, pasada esa transición, lo que determina la mortalidad, es la desigualdad del ingreso. En los países pobres, el ingreso es un seguro contra muchas de las causas de en-fermedad, mientras que en los países ricos la desigualdad del ingreso indica la calidad del régimen social, el estrés y la mortalidad en la sociedad. Sin embargo, no necesariamente hay que dar por sentado que la relación entre el ingreso y la mortalidad cambie con el desarrollo económico, dado que sería la pobreza, no las desigualdades, la que impulsa la mortalidad y, además, el efecto de las desigualdades habrá de perdurar, pues incluso en las economías ricas siempre hay quienes no son tan ricos.

*Resumen (por los autores).

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