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Rev Cubana Salud Pública 2006;32(4)

Hospital Psiquiátrico de La Habana

Humanismo y gestión de salud: pasado, presente y futuro

Ricardo González Menéndez1

Resumen

Luego de una breve mención introductoria de la enfermedad de Tomás, se valoran las situaciones que explican la tendencia mundial al deterioro de las relaciones interpersonales en la gestión de salud. Se exponen criterios sobre el desglose de lo psicosocial en los nuevos niveles cultural y espiritual. Se insiste en la gran imbricación de estratos en la condición de integral del ser humano, así como en el significado de identificar el salto cualitativo que se produce cuando se logran asumir como propias las necesidades de otros, aspecto que se considera la médula de la vocación de servicio y de su variante en el campo de la salud: la vocación médica. Se comenta la relevancia del humanismo, la espiritualidad y la ética en todos los trabajadores de la salud, así como su alto significado para pacientes y familiares. Se proponen algunas medidas a tomar para evitar que el humanismo involucione y desaparezca como marco inexcusable de la gestión de salud.

Palabras clave: Humanismo, espiritualidad y ética, gestión de salud.

Introducción

Una trágica epidemia se expande por los países industrializados, con posibilidades de convertirse en endemia y trascender en breve al tercer mundo. Este flagelo, de carácter emergente, todavía parcialmente oculto, de pronóstico catastrófico, tiene como mecanismo patogénico la erosión progresiva del marco interpersonal de la gestión de salud y afecta tanto a los profesionales y técnicos, como a los pacientes, sus familiares y otros usuarios .

El trastorno, ha recibido la denominación clínica de burnout, síndrome de agotamiento, y menos felizmente, fatiga de compasión,1,2 pero cuando alcanza rango epidémico e incorpora el conflicto de identidad profesional junto a la indiferencia ante las responsabilidades integrales, deviene enfermedad de Tomás, (recuadro) como acertadamente proponen Mariano Hernández y Luis Gérvas,3-6 psiquiatra e internista españoles, pioneros en la descripción de la afección que denominaron así en alusión al médico frustrado de la novela de Milan Kundera “La insoportable levedad del Ser”.7

 La enfermedad de Tomás

       
Tomás es el personaje central en el libro “La insoportable levedad del ser “ de Milan
        Kundera
. Se trata de un neurocirujano de limitada vocación médica y con serios
        conflictos de identidad profesional, que luego de una etapa de apatía abandona su
        profesión para convertirse en camionero.

        Ref: RBA Editores, Barcelona. 1993.

Este hallazgo clínico-sociológico es la más cruda expresión actual de la repercusión del neoliberalismo sobre la praxis médica y de la consecuente tendencia de los profesionales y técnicos a subvalorar el significado del humanismo, la espiritualidad y la ética en la gestión de salud.

Cientos de milenios antes del surgimiento del hombre, resulta esperable que algún australopiteco avanzado sintiera compasión ante la enfermedad de otro prehomínido y optara por sentarse junto a él, para protegerle, alimentarle y esperar su curación o su muerte. Este sentarse junto al enfermo o herido, era el único medio a su alcance para expresar, mucho antes de que aparecieran la conciencia, el pensamiento abstracto y la palabra, su alta sensibilidad “australopiteca” y su incondicional disposición de ayuda.

En este esbozo de lo que hoy denominamos gestión de salud, estaban ya presentes las tres condiciones indispensables para el desarrollo exitoso de la trascendente misión preventiva, curativa y de rehabilitación que descansa en los hombros de los que integran el equipo de salud, ellas son: el humanismo, la espiritualidad y la ética.8

Cuando José Martí expresó su aspiración a que “... la primera ley de los cubanos fuese el culto a la dignidad plena del hombre”, y en el transcurso de su corta vida demostró cuanto se preocupó por el bienestar y desarrollo de los que integran esa gran patria que para él fue la humanidad y ofreció con su vida ejemplar los elementos suficientes para que se pudiera identificar el humanismo en la conducta de aquel prehomínido, quien además, con su actitud compasiva, disposición solidaria e involucración ante la tragedia, hizo incuestionable sus potencialidades para asumir como propias las necesidades de un semejante, un millón de años antes de que dicha virtud se identificara como la esencia conceptual de la espiritualidad en el ser humano. Y que decir del contenido ético de un comportamiento pautado por la bondad, la justicia y sobre todo por el principio de tratar a otros como quisiéramos ser tratados de estar en su situación.

El propósito de esta ponencia es invitar a la reflexión sobre:

Una aproximación histórica

Una valoración retrospectiva permite establecer que después de la llamada etapa de compañía, posiblemente presente desde el prehomínido, vino la etapa mágica en la que el shaman pretendió usar poderes sobrenaturales en su primitiva gestión de salud y sumó a los efectos placebo implícitos en su role social, recursos como la sugestión y la catarsis, muchos milenios antes de que fueran descritos como “herramientas” psicoterapéuticas.

El desarrollo del animismo, con el consecuente politeísmo, condicionó la aparición de la etapa mística donde se invocó la ayuda de los dioses y proliferaron las ofrendas y sacrificios. Posteriormente, la areola mágico-mística de la relación fue progresivamente atenuada, y se produjeron aportes científicos relevantes de Hipócrates, Galeno, Avicena, Maimónides y otros, pero en el medioevo, cuando todo era visto en razón de Dios, se estableció la etapa clerical al ser los sacerdotes quienes asumieron el rol médico.9

Fue finalmente con el renacimiento que se reestablece el carácter científico natural de la gestión médica y se delimita la etapa profesional . Durante un proceso de transición que duró siglos, se atenuó el halo mágico-místico y se reafirmó el rango científico del ejercicio de la medicina, con el prototipo del médico de familia del siglo XIX y principios del XX, período durante el cual sus concepciones fueron sucesivamente somatistas, psicologistas y psicosomatistas hasta la cristalización -mediada por los aportes de psicoanalistas culturalistas y filósofos marxistas- de la etapa integral.

Este médico, que ejercía en pequeños poblados era un ejemplo en relación con la integración que lograba en su labor, pues tenía en cuenta los aspectos biológicos, psicológicos, sociales, culturales y espirituales, de sus usuarios e influía positivamente sobre ellos haciendo gala de una brillante inteligencia emocional.10 Pese a su énfasis en el diagnóstico y tratamiento, esbozaba ya acciones promocionales-preventivo-protectoras, y como característica central de su gestión social estuvo como norma el priorizar las gratificaciones vocacionales sobre las materiales. Estas virtudes, junto a su proverbial bondad y sabiduría lo hicieron erigirse, sin proponérselo como un paradigma de humanismo, espiritualidad y ética en la profesión médica. La involucración incondicional en las problemáticas de sus pacientes y familiares, alcanzó su clímax histórico.

Después vino la industrialización acelerada, la migración a las grandes ciudades y la centralización e institucionalización de los servicios médicos con el consecuente alejamiento del paciente y su familia, así como con la reducción extraordinaria del caudal de información y potencialidades integrales de los profesionales. La comunicación médico-paciente redujo notablemente su profundidad y el profesional comenzó a ser influido por la ola creciente de tecnificación que al ser mal incorporada, lo condujo a pensar que sus objetivos se limitaban a la atención de los problemas que sus sofisticados equipos detectaran y a utilizar para su solución, igual “aparataje” instrumental. La concepción del hombre involucionó hasta asumirse como “un conjunto de órganos” y en las motivaciones para abrazar la profesión se apreció en algunos futuros profesionales, la peligrosa tendencia a priorizar lo económico sobre lo compasivo humanístico. En increíble paso de retroceso, el objetivo médico fue otra vez tratar enfermedades y no enfermos.

En esta etapa de alto tecnicismo, se produjo la primera gran crisis de humanismo de la profesión médica, proliferaron las súper especialidades, y se expandió el equipo de salud; pero en el trayecto hacia lo multidisciplinario se quiso prescindir del clínico coordinador e integrador, por lo que la relación profesional, despersonalizada y dispersada, resultó sepultada por toneladas de papeles con gráficas e informes de exploraciones cada vez más complejas, orientadas al nivel molecular en detrimento de la integración humana.

Ese médico súper tecnificado pero deshumanizado, se erigió en antítesis del médico de familia hasta que el renacer del médico generalista contemporáneo, posibilitó la esperada síntesis derivada del rescate de los recursos psico-socio-espirituales de su antecesor y del uso racional de los formidables avances diagnósticos, farmacológicos e instrumentales, implícitos en la revolución científico-técnica.11

El actual médico de familia es el prototipo de esta relevante fase que proponemos llamar etapa del generalista equipado, capaz de un ejercicio regionalizado y sectorizado, que posibilita el reencuentro humano con los usuarios, de los que deviene guardián permanente de su salud, en una relación profundamente humana sólo factible en un contexto macrosocial diametralmente opuesto al neoliberal, por ser la salud un derecho fundamental del pueblo, a la vez que responsabilidad priorizada del Estado. Un medio social donde el hombre deja de ser lobo del hombre gracias a un sistema de producción social, donde la ayuda mutua y la preocupación por “los humildes de esta tierra” -con los que echó su suerte José Martí- deviene pauta de conducta y manantial inagotable de la espiritualidad humana.

No fue igual, sin embargo, la suerte corrida por la gestión integral de salud en otros medios, pues pocas décadas después, aparecieron en el primer mundo nuevos factores -esta vez predominantemente socioeconómicos- que comenzaron a incidir negativamente tanto sobre los facultativos como sobre los pacientes y familiares.

De una parte, las corrientes neoliberales que con sus concepciones de que los estados son ineficientes y corruptos, los libera implícitamente de una de sus mayores responsabilidades, que es el garantizar la salud de la población. Surgen las empresas intermediarias privatizadas y mercantilizadas, los servicios médicos se hacen inaccesibles para grandes sectores de la población cada vez más olvidados y víctimas del nuevo orden social mundial matizado por el ¡Sálvese quien pueda!, entra en escena la prensa sensacionalista, y la relación profesional tradicional comienza nuevamente a deteriorarse en su segunda crisis de humanismo, pero esta vez caracterizada por afectarse tanto las potencialidades interpersonales de los integrantes del equipo, como la de los pacientes y familiares.

Por otra parte, el desarrollo de la ingeniería genética, la trasplantología, el estudio del genoma humano, la fertilización in vitro, y la aparición de nuevos fenómenos como el alquiler de úteros, el tráfico de órganos, la compra de sangre, la definición de muerte cerebral, las técnicas de resucitación y de mantenimiento de las funciones vitales, hacen surgir nuevos dilemas éticos.12 La relación profesional se afecta todavía más, se incrementan los errores médicos -que ahora se difunden y aprovechan por abogados especializados en reclamaciones- y los usuarios, abandonados a su suerte por los estados y también expoliados por los monopolios privatizadores de la salud, se hostilizan ante los facultativos al responsabilizarlos erróneamente por el caos asistencial existente en muchos países, con independencia de su poderío económico.

Todavía más trágico es que, la ancestral actitud de escrutar las acciones del médico en busca de mensajes pronósticos extraverbales, comienza a ser sustituida por una vigilancia hostil -a veces asesorada por “expertos” en reclamaciones- orientada a la detección de errores médicos que pueden ser demandados como mala práctica. Esta situación desafortunadamente nada excepcional, implica el riesgo de que la relación profesional se transforme en el futuro en “relación médico-demandante en potencia”, donde las actitudes compasivas del “prestador de ayuda” se reducirían por sus defensas ante usuarios recelosos e hipervigilantes sobre su actuar médico, por motivaciones ajenas al tradicional y comprensible propósito de inferir su pronóstico.

De no ser superada esta tendencia, la cautela ante cualquier práctica riesgosa se exageraría en el facultativo hasta conducirlo a la abstención, el consentimiento informado alcanzaría rangos burocráticos y extramédicos con la consecuente distorsión de sus encomiables objetivos, todo ello en detrimento de las potencialidades compasivas del facultativo, así como de sus actitudes de beneficencia, justicia y de interés por profundizar en el contacto humano. Dejaría de gratificarse así a nivel emocional y moral la vocación médica de servicio, la hostilidad recíproca sería cada vez mayor, y la crisis ético humanística y espiritual llegaría a ser insalvable.

Es importante, a continuación, dedicar unos párrafos a resaltar la importancia de la espiritualidad en el sujeto-objeto de la misión social y sobre todo en los que se honran con el calificativo de trabajadores de la salud.

La pregunta a debate podría ser: ¿es realmente necesario ir más allá de la actual concepción bio-psico-social del hombre? La respuesta que proponemos sería NO, excepto en el ámbito de la formación de recursos humanos para la gestión de salud.

El Hombre COMO UNIDAD BIOLóGICA, PSICOLóGICA, SOCIAL, CULTURAL Y ESPIRITUAL

Los argumentos para justificar este nuevo desglose serían:

En efecto, aun cuando el más desarrollado de los seres vivos, puede identificarse indistintamente mediante las definiciones de “ser social” o “bio-social”, diferentes necesidades socio-histórico-conceptuales, acusadas sobre todo en el campo de la formación médica y de las gestiones preventivas, curativas y de rehabilitación, determinaron denominaciones más complejas, orientadas a destacar con objetivos didácticos, aspectos a veces peligrosamente subvalorados.

Surgieron así términos cada vez más diferenciados como: unidad “bio-psico-social” que destaca lo psicológico pese a considerarlo implícito en lo bio-social, y finalmente las concepciones que ponen en relieve otros aspectos como la “bio-psico-socio-cultural” y la “bio-psico-socio-espiritual”, que pretenden subrayar especificidades incluidas en lo psicosocial. Lo cultural y lo espiritual han sido empero, reflejados en la literatura internacional como sinónimos, sin afectar realmente las necesidades formativas en campos del saber ajenos a la medicina, donde lo cultural y lo espiritual se usan indistintamente, para designar ideologías, creencias, conocimientos, convicciones, creatividad científica y artística, tradiciones, necesidades, intereses, valores, motivaciones, virtudes, actitudes, emociones, sentimientos, costumbres, apreciación estética, preferencias, habilidades y hábitos, parcial o totalmente desvinculados de las necesidades personales mas perentorias en los niveles biológico, psicológico y social.

Creemos sin embargo, que la nueva escisión, que también responde a objetivos didácticos es actualmente imprescindible en el campo de la salud y la enfermedad.

En la definición martiana de lo espiritual se induce a las personas a comportamientos ajenos a sus necesidades corporales y en el hombre primitivo se puede reconocer que durante su desarrollo filogenético se superponen, a partir de sus necesidades corporales -de absoluta perentoriedad- otras necesidades personales, que delimitan un espectro cuyos polos extremos son las necesidades biológicas -seguidas, en orden de exigencia decreciente, por las psicológicas, sociales, culturales- y espirituales.

Para la delimitación conceptual de las necesidades propiamente culturales y las nítidamente espirituales, el aspecto más importante es el salto cualitativo expresado cuando las necesidades personales llegan a subordinarse a las necesidades de otros, condición esencial para caracterizar la vocación médica y también la acepción del polo espiritual en la condición de integral del ser humano.

La formidable imbricación de estos dos niveles, cada vez mas alejados de las necesidades primarias, se hace cierta cuando se reconoce en lo cultural el preámbulo inductor de lo espiritual, aunque en forma no excepcional pueden existir trabajadores de la salud dotados de una vasta cultura y carentes de esa empatía que posibilita la compasión, la disposición solidaria y el alto nivel de involucración interpersonal indispensables para el pleno y exitoso cumplimiento de la gestión de salud.

Este desglose necesario dentro de la categoría psicosocial, permite también identificar la más pura condición de la interacción de ayuda en materia de salud: una relación interpersonal de servicio que no debe aspirar a reciprocidad alguna. La profunda vocación permite sentirse pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, o con la paz de un moribundo a quien se oculta la llegada de la muerte, y estas virtudes -destacadas por Esculapio- son las que matizan el comportamiento de los profesionales de la salud internacionalistas, de las monjitas cuyo estoico trabajo tantas veces ha destacado el Comandante en Jefe, y es lo que inexcusablemente hacen todos los que se consideran dignos de haber abrazado la profesión médica. ¿Cabría entonces alguna limitación para reconocer la identidad conceptual entre espiritualidad y vocación médica? ¿O para aceptar que los paradigmas de espiritualidad en otros ámbitos de la vida en sociedad, son los héroes y los mártires, donde el sacrificio de sus necesidades personales -subordinadas a necesidades ajenas- alcanza su clímax?

Algunos pensamientos vinculados con la profesión médica permiten también expresar la importancia de lo cultural y lo espiritual en la formación del facultativo, así como la trascendencia de lo cultural en el desarrollo de la espiritualidad. El “no sólo de pan vive el hombre”, “ser culto para ser libre” y el célebre aforismo de Letamendi “El que sólo medicina sabe, ni medicina sabe” hablan por si solos de la relevancia de lo cultural, mientras que el “haz bien y no mires a quien”, “el sentir la bofetada en la mejilla ajena” y “el estar junto al deber y no junto al provecho” expresan la sensibilidad, compasión, e involucración desinteresada de los integrantes del equipo de salud, mientras que “el saber dar sin recordar y recibir sin olvidar” pudiera aplicarse como pauta espiritual en la relación maestro-discípulo desde Hipócrates a la fecha.

En el campo de la filosofía, lo estrictamente cultural estaría más vinculado a la teoría de la información, a la lógica y la estética, mientras que lo conceptuado como espiritual se acercaría más a la ética, la deontología y axiología.13

El reconocimiento de que el humanismo, la espiritualidad y la ética resultan términos intimamente relacionados y que en muchos casos abarcan campos superpuestos, sería tan justificado, como aceptar que el desarrollo de estas virtudes en los miembros del equipo de salud resulta una tarea tan trascendente como esforzada y permanente.14

LA RELACION DEL PERSONAL DE LA SALUD CON SUS USUARIOS

Treinta años atrás se publicó el trabajo titulado: “Las relaciones con el paciente en el marco institucional”15 donde se enfatiza la relevancia de perfeccionar las relaciones interpersonales de servicio de todos los integrantes del equipo institucional que se considera integrado por el chofer de ambulancia, el jardinero, el portero, el camillero, el personal de admisión, archivo e información, así como ascensoristas, trabajadores del pantry, auxiliares de limpieza, estudiantes de nivel técnico y superior, técnicos diagnósticos y terapéuticos, trabajadores sociales, enfermeros (as), médicos, residentes, profesores, vicedirectores y directores, se destaca -y se ratifica ahora - que estos y muchos otros trabajadores de la salud que se proyectan hacia la atención primaria, deben desarrollar cada vez más sus potencialidades interpersonales ya que la ampliación del espectro de gestiones derivadas de concepciones promocionales, preventivas, protectoras, curativas, diagnósticas, terapéuticas rehabilitadoras, docentes, investigativas, periciales, gerenciales y editoriales, condicionan que todos los participantes en las diferentes tareas, deben ser capaces de ubicarse en cada momento de la vida laboral en la situación de los usuarios de los servicios de salud.

En el terreno asistencial es importante también el efecto “terapéutico” implícito en la amabilidad y solidaridad de un camillero, del personal de admisión e información, en fin, de todos aquellos, que en representación de las instituciones de salud son conscientes del alto significado del cumplimiento de sus tareas, de su trato respetuoso y solícito con pacientes, familiares o usuarios presuntamente sanos. Los colectivos morales a cuya generalización se aspira, son actualmente la mas nítida expresión de la cristalización de estos conceptos y la piedra angular de la ofensiva por la excelencia en los servicios de salud.

Sin embargo, es necesario reconocer que el nivel de involucración -en base a la formación recibida y el rol desarrollado- es significativamente mayor en aquellos con rango técnico o profesional y que el cumplimiento estricto de los preceptos de la ética médica es por ello su responsabilidad fundamental. Los restantes trabajadores deben empero responder a los principios generales de la ética interpersonal y tener conciencia de sus potencialidades espontáneas de ayuda, implícitas en el desarrollo de su espiritualidad, en el cumplimiento estricto de sus funciones y deberes, en la superación constante de su educación formal y cultural y de su disposición solidaria incondicional, todo ello a la medida de sus posibilidades en cada perfil de trabajo.

Unos diez años atrás se aplicó como actividad práctica en psicología médica, una encuesta a 30 pacientes hospitalizados en el servicio de medicina interna de un hospital clínico quirúrgico de La Habana. Los resultados del instrumento termómetro aplicado -con el diez como más alta valoración- se exponen en la tabla.

Tabla. Significación conferida y calificación otorgada por los pacientes, a las relaciones humanas de miembros del equipo institucional  

Categoría laboral
Significado conferido

Calificación otorgada

Porteros y camilleros
7,6

6,0

Información y admisión
7,8

6,4

Pantry y auxiliares generales
8,0

6,4

Técnicos laboratorio y rayos x
8,3

6,6

Personal de enfermería
9,1

7,4

Personal médico
9,5

8,1

Las gestiones para elevar a nivel mundial la espiritualidad, el humanismo y la ética de todos los implicados en la atención a la salud resultan por tanto fundamentales, como también lo es lograr en el trabajo cotidiano esa cascada de actitudes positivas inexcusablemente originada en la ejemplaridad interpersonal-ético-humanística y en la expresión consistente de la vocación de servicio, desde los niveles de mayores responsabilidades y desarrollo profesional, vale decir, desde el director, vicedirectores, y los más experimentados profesores, hasta el más modesto de los técnicos y alumnos, cascada que permita incorporar dichas actitudes -por la vía del ejemplo-a los restantes trabajadores del centro.

Para ser fieles al aforismo martiano de sentir la bofetada en la mejilla ajena y reflexionando sobre el problema a escala internacional, se destaca que la elección de la profesión médica es primordialmente determinada por mecanismos vocacionales de servicio, pero a ellos se agregan motivaciones vinculadas a la comprensible aspiración de prestigio y estatus, inherentes a una misión de altas exigencias y notable significado social, mecanismos motivacionales cada vez más perentorios, que se frustran en países donde la formación médica, lejos de ser gratuita, requiere la inversión de grandes sumas monetarias y donde profesionales y usuarios sufren las consecuencias de una praxis cada vez más sometida a la trágica y estresante exposición a los medios masivos de comunicación, frecuentemente carentes de ética, rebosantes de sensacionalismo y responsables en alto grado, del creciente fenómeno de las demandas por mala práctica, determinante de la fatídica transformación de la relación médico-paciente en “relación médico-demandante en potencia”. Esta situación interpersonal resulta nada facilitadora de la imprescindible compasión y disposición de ayuda ante el sufrimiento del enfermo.15

El ejercicio actual de la medicina tiende peligrosamente en dichas latitudes, a obstaculizar tanto la gratificación vocacional como las de tipo socioeconómico en los trabajadores de la salud y dicha situación es ya caótica en los medios neoliberales donde la enfermedad de Tomás es cada vez mas frecuente, con el triste vaticinio de que si se fracasa en su enfrentamiento, el resultado será, de una parte la universalización del conflicto de identidad profesional en los facultativos, y de otra, la masificación catastrófica de pacientes y familiares frustrados en su aspiración de ser atendidos por profesionales que respondan a sus expectativas científicas y ético-humanísticas.

A estos factores se suma la angustiosa conciencia de ser asfixiados por la red de un injusto sistema de servicios de salud que afecta en grado progresivamente trágico al médico y sus usuarios, como destacan en su magnífico libro titulado “People versus Managed Care”, Rodrigo Muñoz y Harold Eist, expresidentes de la Asociación Psiquiátrica Americana.16

Estas cruentas realidades son también consecuencias en muchos medios, de la enseñanza profesional para enfrentar un ejercicio sometido a las leyes del mercado, lo que implica la tendencia a priorizar la información sobre la formación, la técnica sobre la compasión, la instrucción sobre la educación, y la habilidad sobre la sensibilidad. Egresan así, médicos cada vez más actualizados pero menos compasivos, cada vez más técnicos pero menos involucrados, cada vez más entrenados pero menos disponibles, cada vez más equipados pero menos integrales, cada vez más automatizados pero menos humanizados y cada vez mas ocupados pero menos sacrificados.

¿Qué hacer para evitar el cataclismo que se avizora en el presente siglo? Vale decir ¿cómo impedir que a nivel mundial, el ejercicio de la profesión médica se convierta en una batalla entre el equipo de salud y sus usuarios? ¿Qué hacer para evitar que se desaprovechen los formidables efectos terapéuticos de las relaciones interpersonales positivas con pacientes y familiares? ¿Cuál debe ser el aporte para reforzar el marco humanitario de las gestiones, situación que conduciría a una frustrante atención robotizada? ¿Cómo impedir que se desdibujen las fronteras entre la medicina humana y la veterinaria? ¿Qué hacer para lograr que el humanismo, la espiritualidad y la ética en la atención médica no se conviertan en virtudes museables?

Entre las acciones tomadas a nivel internacional para enfrentar la situación que amenaza a todos, se cuentan el reforzamiento de las normativas ético-deontológicas, la consolidación de las comisiones de ética médica, el desarrollo de asociaciones de usuarios, el surgimiento de pautas bioéticas para las decisiones de conciencia en campos de las ciencias biológicas -relacionadas con la vida en su origen o final y con las acciones sobre el medio- en gestiones que de no ser moralmente asesoradas mediante instrumentos y acciones precisas, implicarían grandes riesgos para las presentes y futuras generaciones.17

Faltan, sin embargo, las medidas orientadas a superar el marco neoliberal macroeconómico, y a combatir eficazmente el injusto orden social mundial que da la espalda a los más necesitados.

Resulta además, indispensable detener de inmediato la nefasta proliferación de las empresas privatizadoras intermediarias y garantizar la cobertura médica a la totalidad de la población, objetivo inalcanzable mientras los justos reclamos de estadistas conscientes del significado humano implícito en elevar la salud de sus pueblos, no sean oídos por la comunidad internacional.

Pero falta, además -y esto es también muy importante- educar a la población para que gane conciencia de la importancia de la voluntad política para resolver el abandono estatal de la salud y también para que comprenda que no son los miembros del equipo médico los responsables del caos asistencial, ni de la progresiva limitación de las prestaciones de servicios por los facultativos, igualmente “apresados y explotados” por las empresas tipo Managed Care o similares, a expensas del crudo enriquecimiento individual de sus directivos.16

Deberá también erradicarse totalmente la exposición del trabajo médico a los medios de difusión y controlar la proliferación de legistas que hacen su modo de vida estimulando demandas exageradas y finalmente resulta necesario utilizar todos los medios para desarrollar en los miembros del equipo de salud y en sus usuarios la conciencia plena de que el humanismo, la espiritualidad, y los comportamientos éticos en las relaciones profesionales exigen una interacción humana recíprocamente respetuosa, afable, de empatía y cortés. Así, para prevenir y erradicar la enfermedad de Tomás resulta imprescindible dedicar los mayores esfuerzos a luchar doblemente por mantener el estatus e imagen pública del facultativo, y por estimular cotidianamente la vocación médica y el desarrollo de los más altos valores espirituales del estudiante.

Como integrantes de sociedades científicas, colegios médicos, y comisiones de ética, hay que ser abanderados en el más enérgico enfrentamiento a la explotación mercantilista de los profesionales y usuarios de la salud y a la invasión del sagrado ejercicio por la prensa amarilla.

Como profesores, recordar a Letamendi, para formar médicos que sepan mucho más que “sólo de medicina”, que sigan siempre los principios éticos de “hacer bien sin mirar a quien” y que sepan “comportarse ante sus pacientes y familiares como si fuesen sus seres más queridos”; siempre estarán presentes los pensamientos de Bolívar y Martí sobre la imprescindible solidaridad internacional y se mantendrá -a toda costa- la ejemplaridad personal al recordar que cada uno de los actos médicos, además de pautados por valores espirituales, es continuamente observado y asimilado como ejemplo a seguir por los educandos. Finalmente, es importante no olvidar el célebre aforismo de José de la Luz y Caballero, “instruir puede cualquiera, pero educar, sólo aquel que sea un evangelio viviente.18

SUMMARY

Humanism and health management: past, present and future

After a brief mention of Thomas´ disease, the situation accounting for the world tendency to deteriorating interpersonal relations in health management was assessed. Criteria about the breakdown of psychosocial aspects at the new cultural and spiritual levels were expounded. The increasing overlapping of strata involved in the integrated condition of the human being as well as the significance of identifying the qualitative leap that occurs when one sees the other people´s needs as if they were own were underlined. The latter is considered the basis of the service vocation and its variant in the healthcare field, that is, medical vocation. Commments were made on the relevance of humanism, spirituality and ethics for all healthcare workers and on what they mean for patients and relatives alike. Some measures were suggested to prevent humanism from vanishing and no longer existing as a fundamental frame for health management.

Key words: Humanism, spirituality, ethics, health management, present and future situation.

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Recibido: 27 de abril de 2006. Aprobado: 30 de junio de 2006.
Ricardo González Menéndez. Avenida de La Independencia No. 26520. Boyeros. La Habana 19220, Cuba.

1DrC. Presidente de la Comisión Nacional de Ética Médica. Profesor, Facultad Universitaria de Ciencias Médicas “General Calixto García Iñiguez” y Hospital Psiquiátrico de La Habana.

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