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Ante toda paciente con epilepsia y embarazo hay dos cuestiones de importancia:
1- El posible efecto teratogénico de los FAEs.
2- El efecto de las crisis convulsivas de la madre en el niño que no ha nacido.
Sobre el primer punto, en los últimos 20-30 años numerosos estudios han sugerido un aumento del doble de riesgos teratogénicos de malformaciones o anomalías congénitas. Debe decirse que el riesgo de las mismas en la población general es de 2 – 3 % y que en la paciente epiléptica aumenta a un 4 – 6%. Aún en la enferma embarazada existe un pequeño aumento de riesgo, sugiriendo la existencia de factores adicionales (genéticos, frecuencia de crisis, ambientales). La heterogeneidad de las epilepsias, el gran número de regímenes diferentes con FAEs, las interacciones entre los medicamentos y la escasa experiencia con los nuevos FAEs en este aspecto son limitaciones. Los factores de riesgo más conocidos son:
a) Uso de la politerapia.
b) Altas dosis de FAEs.
Se ha considerado que la severidad de la epilepsia (necesidad de más de un anticonvulsivante, dosis elevadas) es la responsable de los riesgos y no los fármacos. El labio leporino y las malformaciones cardíacas son las más frecuentes. No se conoce ningún anticonvulsivante que esté totalmente exento de riesgos teratogénicos, así se plantea un riesgo mayor de espina bífida con el uso de carbamazepina y valproato. El cierre del tubo neural se produce en el primer mes, así que cuando se sospecha el embarazo, ya el posible daño habrá ocurrido. El 95% de los niños nacidos de madres con epilepsia son normales, por lo tanto no es ético proscribir la procreación, sino advertir de los riesgos a que se somete.
Sobre el punto 2 se resume en:
a) Las crisis convulsivas tónico clónicas generalizadas pueden dañar el feto y producir aborto.
b) Durante el embarazo la epilepsia puede mantenerse igual, mejorar o empeorar, sin relación con la terapeutica con FAEs, por lo que se requiere vigilancia estrecha.
c) Se recomienda dosis bajas de ácido fólico a las gestantes (0,5 – 1 mg diario).
d) Se debe administrar vitamina K, 20 mg diarios a la madre en el último mes del embarazo y al feto recien nacido una dosis parenteral.
e) En caso de crisis no convulsivas y leves, se puede ensayar bajar dosis de anticonvulsivantes y previo al embarazo se puede ensayar suspender el tratamiento.